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George W. Hegel cuando alude en la lucha entre lo racional y lo real utilizó el término “la cruz del presente”. El tormento que la razón debe transitar. Claro que el posterior hegelianismo de izquierda, más precisamente el marxismo, lo aplicó, como era de esperarse, al círculo infernal de la sociedad capitalista donde la antropofagia económica conduciría al sacrificio de lo colectivo y, para evitarlo, eventualmente se requeriría una revolución.
Seguramente se habrán percatado que en redes sociales circula, a modo de meme, una afirmación de Friedrich Nietzsche que versa: “Sin música, la vida sería un error”. Más allá de la banalidad de la circulación de esta frase, lo que allí se está estableciendo es la diferencia de cualquier otro ser en la naturaleza como el único que es capaz de crear obras de arte, y dentro de esa creación, la música ocupa un lugar privilegiado y fundamental.
“Para trazar un límite al pensamiento tendríamos que ser capaces de pensar ambos lados de este límite, y tendríamos, por consiguiente que ser capaces de pensar lo que no puede ser pensado (…). Y lo que no podemos pensar tampoco podemos decirlo…” Wittgenstein, Ludwig (1889-1951), filósofo, matemático y lingüista austríaco.
No por mucho hablar se aclaran antes las cosas, quedan como antes o emponzoñamos la situación, son los gajes de dichos parlamentos. Si se dispone uno a pensar, las proyecciones se multiplican, no se atisban limitaciones a las excursiones mentales. Los conceptos abstractos (belleza, mal, bien, excelencia, arte, sentido de la vida, bien común) presentan la característica de no poder precisar su definición.
Necesitamos nuevos aires apaciguadores, sustentados en el respeto y en la alegría mutua, que es lo que realmente nos vivifica como genealogía. Hay que poner más corazón, pues, en todas las hazañas por aquí abajo. Destronada la justicia que es sujeción de las sociedades humanas, fenece también la libertad del reencuentro y aparta el vínculo de correspondencia, que es lo que nos acrecienta la relación de pulsos.
Introducen esa chispa dubitativa de obligada atención a la hora de tomar las decisiones. Salir de ese atolladero no siempre resulta fácil, las opciones se multiplican. La falta de resoluciones de carácter absoluto se convierte en un potente estímulo para continuar con la mente abierta en busca del verdadero progreso.
La última peste mundial de cuyo origen no ha habido mayores avances en la OMS, el Covid-19, provocó hace cinco años internaciones, muertes y consecuencias económicas globales. Poblaciones enteras afectadas en sus pulmones ponían en jaque a la Ciencia y a los gobiernos de distintos países.
La escritura es un acontecimiento ontológico o, lo que es lo mismo, una expresión de realidades y a la vez es una forma de fijar el pensamiento, el conocimiento, las sensaciones, las emociones, etc. También es una especie de archivo de la memoria, con todo lo que eso supone. En realidad, como se sabe ya desde la antigüedad es una extensión del lenguaje hablado. Además, es una forma de ser en el mundo.
Somos cajas de resonancias, reproducciones de músicas antiguas, lenguas dormidas, voces y palabras de cuerpos durmientes, sonidos guturales al cambio de posiciones; es un misterio dormir en compañía o velar sueños. Se abren portales al mirar, cantar, al lado, sentada a orillas de la cama amante y es un mundo extraño sentir en el regazo al recién nacido.
Como quiera que todo parte de nosotros, nos hallamos en una encrucijada de concurrencias, ante el inmenso efecto globalizador y los cambios generados por la revolución digital, impulsada sobre todo por la inteligencia artificial; atmósfera que ha de hacernos repensar sobre cuestiones existenciales, lo que nos demanda a meditar, con sentido responsable y discernimiento, el horizonte que vamos a tomar.
¿Es la Ciencia lo que fue, si es que llegó a ser como suponemos? Se advierte una mezcla de especialización y proletarización entre sus oficiantes, a los que llamamos científicos para otorgarles una apariencia de respetabilidad y asepsia. Los imaginamos con bata blanca, sesudos y despistados. La realidad es siempre más compleja y prosaica.
Para aquellos que nos interesa el estudio de las religiones en general, como es mi caso, y que además me defino como agnóstico, el campo reflexivo teológico presenta una gran dificultad: lograr desprenderse de la hegemonía cristiana. Paul Tillich, teólogo y filósofo protestante caviló sobre algunos problemas propios de estas disciplinas.
Para adentrarnos en la crítica a la tolerancia a la imbecilidad, es fundamental delimitar el concepto. El término “imbécil” proviene del latín “imbecillus”, que significa “débil”, “sin báculo” o “sin apoyo”. Se refería a una debilidad física o mental, a alguien que carecía de la fortaleza para sostenerse por su cuenta. Con el tiempo, su significado evolucionó para designar a una persona de entendimiento limitado, con escaso juicio, o que se comporta de manera necia.
Schopenhauer decía que el ser humano es un animal metafísico, condenado a interrogarse por el sentido de su existencia. Incluso en medio de la rutina, la prisa y el cansancio, late en lo más hondo la pregunta por aquello que trasciende lo inmediato. Esa sed de sentido es la que nos empuja a buscar algo más allá.
El apóstol Pablo escribe algo muy interesante relacionado con el título de este escrito. “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño, mas cuando ya fui hombre dejé de pensar como niño” (1 Corintios 13: 11). Cuando alguien nace, su mente es como una pizarra en blanco. Así como pasan los días, la semanas, los meses, los años en la mente del recién nacido se va añadiendo información adecuada a la edad.
El arbitrario y desolado planeta, adherido a la custodia del ser humano, requiere de nuestras pulsaciones conjuntas, no para abrir las puertas del abismo, sino para llamar a la solidaridad y a la auténtica justicia palpitante. Desde luego, urge reconstruir la confianza ciudadana y universalizarla en todos los abecedarios internos del ser humano, para reconstruir en este mundo más que fronteras y frentes, moradas abiertas a la vida y a la verdad.
Cada mañana, a primera hora, puedo observar cómo un tractor se ocupa de limpiar las playas de mi paraíso particular a fin de dejarlas tersas e impolutas. Coincide su paso por mis “dominios” con la caminata matutina que aprovecho para pensar. Su presencia y actividad, me da ideas que me invitan a imitarle. Me inspiran para intentar realizar en mi mente una labor similar a la que el tractor efectúa cada jornada.
Está claro que vivimos en un mundo donde la información fluye sin cesar y la opinión a menudo se confunde con el hecho, emergiendo así un fenómeno que, al menos a mí, me resulta inquietante: la mitomanía social, la creación y adhesión a realidades fabricadas, cimentadas en la mentira.
Aunque a veces nos encontramos acoquinados por las estrecheces, en las andanzas diarias registramos un sinfín de impresiones con curiosas repercusiones sobre aquello que entendemos de la vida; como es natural, se trata de experiencias individuales intransferibles.
Una cosa es la vida y cosa distinta la existencia, y cualquiera de nosotros sabe que lo primero es algo objetivo, como neutral. Lo segundo un atrevimiento, lo subjetivo, es decir, un querer lanzarse escalera abajo pero con contención y bajando dignamente, como explicaba don Torcuato Luca de Tena en 1958 en su libro “Edad prohibida”.
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