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Manuel Montes Cleries
Manuel Montes Cleries
El programa MasterChef de la 1ª de TVE capta la atención de una gran parte del auditorio hispano

El pasado lunes se celebró la final de la presente edición de este programa, en este caso protagonizado por “famosos”. Un gran éxito debido en parte a la extraordinaria categoría como comunicadores de los cuatro finalistas. Si a eso unimos el saber estar de los que al final fueron elegidos como ganadores del concurso ex-aequo: Mike Nadal y Juanma Castaño, no tenemos más remedio que felicitar a la dirección del programa y a los vencedores.

   

Los momentos más emocionantes de la final se produjeron durante la descripción de los platos que componían el menú por parte de los concursantes. Recurrieron a sus mejores recuerdos familiares y aquellos que les acompañaron a lo largo de su vida. Afloraron sensaciones y sabores de la infancia y adolescencia.

   

Pienso que cada uno de nosotros tiene clavados en su mente y en su corazón platos especiales que vuelven a su memoria en los momentos de añoranza. Para mí, este programa me ha hecho despertar situaciones que se mezclan con lugares, olores que se entrecruzan con sonidos y una maravillosa sensación de retorno a un pasado ya lejano.

   

Comencé recordando el pollo en pepitoria de mi madre. Años 60 en mí viejo piso de calle Mármoles y el guiso de un pollo, matado en casa, cuyos muslos me parecían gigantes (y supongo que lo eran). Nada que ver con los pollos industriales de hoy. En aquellos años solo se comía pollo en las grandes y muy escasas ocasiones. La mesa puesta primorosamente en el salón que solo se usaba en Navidades. Los entremeses desparramados por el mantel primorosamente bordado en el ajuar por mi madre. El tinto de Rioja y los borrachuelos de la abuela Encarna. ¿Qué más podíamos pedir?

   

El otro plato que presentaría sería el guiso de callos de mi suegra. El momento: el día de mi Santo, el 1 de Enero. Lugar la casa que habito desde hace más de cuarenta años. Comensales: toda mi extensa familia, vecinos y agregados. Casi medio centenar de personas, dos ollas gigantescas de callos, un jamón, un queso y cinco docenas de huevos fritos. Que más se le puede pedir a la onomástica de un servidor. Pues sí. Mis callos sin garbanzos, por favor.

   

El tercer plato lo compartíamos tres matrimonios con cierta asiduidad, Pepe y Rosi, Valentín y Maribel (desgraciadamente fallecidos los dos) y Ani y yo. Unas buenas entradas que traían los visitantes y un rabo de toro que bordaba (y sigue bordando) mi esposa Ani. Esa carne que se deshace del hueso y ese sabor inmejorable aderezado con unas patatas fritas para completar.  Y de postre una larga partida de póker a cara de perro.

    

También se vive de recuerdos. Del pollo en pepitoria de mi madre, de la olla de callos de mi suegra y del rabo de toro de mi Ani. Mucho corazón y poca dieta Mediterránea. Pero no cambio estas sensaciones por todas las estrellas Michelín del mundo. ¡Viva la familia! Ellas son mis auténticas MasterChef.

Artículos del autor

Hoy empieza el tiempo de Adviento. Un tiempo de preparación para la venida del niño Dios a nuestras vidas. Una situación más que suficiente para replantearte por donde andan esas dos premisas: la fe o la razón. Decía el Papa Juan Pablo II que “la fe y la razón son las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”.

Las noticias difundidas por los telediarios están llenas de soflamas en las que nos vuelven a dividir en dos españas a aquellos que estamos hasta las narices del recuerdo de un turbio pasado y la vivencia de un asqueroso presente, lleno de escasa o nula habilidad para resolver los problemas actuales. A los miembros del segmento de plata se nos ha olvidado el franquismo y la lejanísima república, imaginaros lo que les importa a nuestros hijos y nietos.

No tengo el gusto de conocer a este señor. No pertenezco a su partido ni a ningún otro. Para considerar la eficacia de este malagueño en la política andaluza me baso en que sus hechos y sus palabras son para mí una buena noticia. Me da la impresión de que los andaluces tenemos un presidente que se preocupa más de nuestra tierra que de su propio partido; de servir que de medrar.

La columna semanal que vengo publicando desde hace más de diez años bajo el título de “el segmento de plata”, nació de la iniciativa  de un periódico digital que me la solicitó. Posteriormente, años después, decidieron eliminar ese apartado. Pero ya le había cogido “gustillo” al tema y sigo intentando cada semana, poner en valor (como se dice ahora) las capacidades de los pertenecientes a este segmento de edad.

Aunque algunos se empeñen en lo contrario, el año y medio que llevamos, ora acuartelados, ora en semi libertad, ora en libertad vigilada, -pero siempre un tanto “acongojados”-, ha conseguido recuperar en buena parte el sentido solidario, la amabilidad, lo mejor de cada uno de nosotros.

Cuando se llega a esa edad en la que te consideras perteneciente al “segmento de plata”, descubres la cantidad de posibilidades que tiene este estado de disfrutar de “la alegría de vivir”. Pertenecemos a una generación –por lo menos, este es mi caso- que ha vivido angustiada pendiente del porvenir.

Ya no sabemos a donde vamos a llegar, o que actitud debemos tomar, ante los constantes atentados a la lengua de Cervantes. Los españoles somos “o Juan… o Juanillo”. Nos estamos dejando invadir por la “modernidad” y nos parece que el castellano es un idioma de segunda división.

Estamos viviendo unas fechas que nos hacen cavilar especialmente en el más allá, sin dejar de preocuparnos por el más acá. Las nefastas influencias de la “nueva civilización”, procedente de allende los mares, nos hace sacar a la calle todo tipo de disfraces que nos hagan olvidar lo serio que es el transito de vivos a difuntos.

 
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