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Manuel Montes Cleries
Manuel Montes Cleries
Cuando llega la primavera los templos se llenan de niños ilusionados

Los que acostumbramos a asistir a la misa dominical nos encontramos con la presencia de cientos de niños de alrededor de nueve años, que siguen con atención la misma acompañados por sus padres. El celebrante se esmera en hacerles la celebración más sencilla y adecuada a su edad. Lo cual nos viene muy bien a todos los demás. Hay que hacerse como niños para acercarse al Evangelio.


La Primera Comunión, además de su profundo sentido cristiano, se ha convertido en un acto social al que casi ninguna familia quiere renunciar. Una especie de mini-boda (por los gastos que conlleva) y que hace estrujar los bolsillos de las familias y acompañantes. Es lo que yo denomino como cristianismo sobre ruedas. Vamos al templo en coches especialmente adornados y condicionados para nuestro bautismo, comunión, confirmación, boda y al último y definitivo viaje.


Los españolitos de a pie no queremos renunciar a ese encuentro familiar alrededor de la celebración de la Primera Comunión. Lo hemos convertido en una tradición a la que no queremos renunciar. Gran parte de los celebrantes y sus familias no vuelven a pisar un templo hasta la celebración de su boda (si no se casan por lo civil u otras alternativas exóticas). Me parece que se pierde unas excelentes ocasiones de profundizar en el cristianismo.


Mi buena noticia de hoy se basa en las caritas de esos niños (este año tengo un nieto y una nieta) que celebran su Primera Comunión. Sus catequistas y los sacerdotes de su comunidad se han esmerado en formarles en la fe cristiana y en transmitirles los valores del Evangelio. Ellos han aprendido oraciones, han cantado juntos y conocido las verdades de nuestro Credo. Van con ilusión, amor y temblor, pero llenos de esperanza en un mundo maravilloso que se abre en sus vidas.


El problema surge en la “segunda comunión” y las sucesivas. Se producen muy pocas veces o casi ninguna. Se vuelve al cristianismo en fechas concretas (Navidad o Semana Santa) y a una fe cultural la mayoría de las veces.


De todas formas el comulgante queda marcado para siempre. Recuerda ese día a lo largo de sus vidas y, si se lo propone, continua cimentando su cristianismo en una formación continua y de encuentro con su comunidad.


Los padres y abuelos de los creyentes deberíamos insistir en la presencia junto a nosotros de nuestros hijos y nietos en las celebraciones dominicales. Sigo pensando que a los hijos no los educamos… nos imitan. Si ven que tú abandonas las prácticas del cristianismo, ellos hacen lo mismo.  


Mi buena noticia de hoy la transmiten esos niños felices dentro de sus trajes de ceremonia y acompañados por sus familiares que ven cumplido uno de sus sueños: verlos el día de su Primera Comunión. Personalmente recuerdo diversas etapas. Aquellas de mi infancia, escuchando el disco de Juanito Valderrama y la presencia de neo comulgantes saliendo de los templos y visitando a sus familiares y amigos montados en las capotas de coches de caballos. Las de mis hijos, rodeados de nuestra comunidad y sus compañeros de colegio, muy mentalizados y bastante bien preparados. Las de mis nietos, algunos ya fuera de Málaga; la última, la de Pablo, el pasado otoño en medio de la pandemia y sin ningún tipo de celebración. Las próximas,  ya en este año; celebraremos primero, la de Simón en mayo y después, la de Alejandra en septiembre.  


Aun me acuerdo con emoción de la mía. Año 1952, Iglesia de San Ildefonso de Jaén. Parece que fue ayer. Conservo mi traje de comunión.


Vineta montes

Artículos del autor

Los que nacimos entre los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo, hemos demostrado ser unos dignos representantes del “segmento de plata”. Creo que a lo largo de la historia hemos sobrevivido estoicamente a las diversas alternativas vitales, políticas, económicas y laborales que se nos han ido presentando.

A lo largo del año vivido en una especie de reclusión-confinamiento general, muchos de los sufridos habitantes de este mundo -que se nos ha vuelto bastante incómodo-, hemos aprovechado para reflejar sobre el papel las ideas y pensamientos que llevábamos almacenando en nuestras mentes.

Esperaba este momento como agua de mayo. A nuestra provecta edad cualquier circunstancia que elimine problemas añadidos a nuestra vida nos parece un gran acontecimiento.

Pero cuando llega el Domingo de Resurrección no tengo más remedio que ceñirme a la principal y gritar jubilosamente que Cristo ha resucitado. Sí, ya lo sé, esta es una noticia antigua. Uno noticia que se convierte en nueva cada vez que recordamos que resucita en cada uno de nosotros.

Hace más de un año que comenzamos a vivir este vía crucis particular. Se han ido sucediendo las etapas llenas de promesas incumplidas. La resolución de las mismas se ha ido disolviendo en el tiempo como si los compromisos jamás se hubieran realizado. Un montón de mentiras y de recomendaciones, cuando no imposiciones, totalmente contradictorias.

La Semana Santa del año 2019 se desarrollo como la de todos los años. Con la zozobra, propia del clima, por parte de las cofradías pendientes de la cambiante meteorología primaveral; las discusiones sobre la nueva ubicación de las tribunas; el nuevo recorrido de los desfiles procesionales o las diversas alternativas propias de cada Semana Santa. Las calles estuvieron llenas de turistas, de devotos y de participantes en los jolgorios de exaltación del alcohol, desgraciadamente cada vez más habituales. Se quedó sin salir alguna cofradía, algunos chaparrones y poco más. Como siempre.

Les recomiendo que procedan a realizar este ejercicio y su vida se volverá a llenar de encuentros con personas que les recibirán con agrado y un común sentido de culpabilidad por los años en que este familiar o este amigo se habían perdido en la vorágine de la vida.

Es muy fácil llenar páginas que recojan los errores que a diario cometen los responsables de estas crisis de todo tipo. Basta con mirar un poco a nuestro alrededor para identificar actitudes torpes, ineficaces, partidistas y malintencionadas. Pero no todo es así. Llevo años intentando resaltar situaciones, formas de ser y ejemplos palpables de realidades positivas que, sin duda, están a nuestro alrededor sin apenas hacerse públicas. Las buenas noticias no venden porque apenas exacerban el morbo. Basta ver un telediario, un programa del ¿corazón? o un reality show, para darse cuenta de lo que resaltan.

 
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