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Manuel Montes Cleries
Manuel Montes Cleries
Hoy en día nos movemos alrededor de las diversas aplicaciones que nos permiten acceder con más facilidad a la vida moderna

Nuestro ordenador personal, nuestro teléfono móvil e incluso nuestro reloj de pulsera, están plagados de accesos a las diversas aplicaciones que se han convertido en imprescindibles para movernos por la jungla en que se ha convertido nuestra sociedad.

Yo, que personalmente no soy muy proclive a estas dependencias, observo con pavor que “disfruto” de una decena de “apps” que me ponen en contacto con el médico, el banco, mi contabilidad o mi comunicación con mis familiares y conocidos.

Ayer me tope con una noticia que decía que, dentro de la multitud de aplicaciones que se utilizan para los “contactos” (que no se quedan en el tacto, buscan los encuentros esporádicos que pasan a mayores), ha aparecido una que se dedica con exclusividad a los “contactos” con personas que “gozan” de una de estas tres características (o de las tres a la vez): ser ricos-ricas, famosos-famosas o guapos-guapas. (No dice nada de los mediopensionistas-“mediopensionistas”). Lo que está claro es que se sale de las tres categorías con gran facilidad.

Para poder acceder a esta aplicación, hay que pasar por “un riguroso examen”, (no sé quien compondrá el “tribunal”, ni que autoridad tiene para ello). Como estas tres características son bastante variables, supongo que llevarán un control riguroso desde “el gran hermano”.

Una buena parte de los jóvenes actuales, aquellos que basan su futuro en el tener, no en el ser, están luchando, de la manera que sea, por adquirir este “nuevo bachillerato” que les permita integrarse en esos grupos que son la meta de cuantos equivocados buscan en los mismos la felicidad. Digo equivocados, porque la experiencia nos demuestra como, cuando se acaba la juventud, la fama o la belleza, se convierten en juguetes rotos a expensas de una sociedad cruel que los castiga severamente.

Hace años, la principal meta de los jóvenes consistía en formarse, encontrar un empleo y crear una familia. Esos valores se han trocado en un culto a la sexualidad sin sentido, el hedonismo y la belleza exterior.

Gracias a Dios todavía te encuentras de vez en cuando con la otra parte de la juventud. Aquella que se esfuerza en ser cada día más persona y servir a los demás. Cada día hay más jóvenes metidos en las actividades de voluntariado. Como aquella que motiva mi buena noticia de hoy.

Se produjo ayer cuando preguntaba por su situación a un amigo, periodista joven, que no encuentra un empleo consecuente con su formación. Lleva años preparando oposiciones con un gran esfuerzo.

El mundo de las oposiciones es muy lento y hace abandonarlas a muchos candidatos por aburrimiento.

Este hombre dedica su vida a estudiar, estudiar y estudiar. Su tiempo libre a trabajar por los demás desde la HOAC y la plataforma denomina CÍRCULO DEL SILENCIO, que pretende ser la voz silenciosa de los emigrantes y refugiados que carecen de posibilidades de hacerse presentes en una sociedad dedicada preferentemente al culto al egoísmo.

Espero que este mundo recapacite. Que volvamos a los valores básicos que permitan crecer en amor y solidaridad a esta sociedad que tanto lo necesita. Y ánimo a los opositores. Algún día se darán cuenta de que la burocracia entorpece la resolución de las oposiciones y las harán más rápidas y accesibles.

Artículos del autor

Se ha iniciado el año 2021 y parece que la cosa no pinta mejor. Menudo comienzo de año. La pandemia ha iniciado su tercer rebote con más virulencia si cabe. Los números no engañan. Cada día fallecen en España unos cientos de personas victimas del Covid-19. Es decir, un número similar al de un accidente aéreo de gran magnitud.

Los cristianos consideramos la Epifanía como la fiesta por antonomasia de los niños; esos locos bajitos que son una esperanza para nuestro futuro incierto. Ellos han vivido estos tiempos difíciles con una actitud ejemplar y no han necesitado de nada más que el cariño y la atención de sus padres.

Acabamos de iniciar un año con las mismas perspectivas que el pasado. Llenas de dificultades y bajo la incógnita de si vamos a desterrar definitivamente la pandemia de nuestras vidas. Esperamos que a lo largo del mismo podamos desprendernos de las puñeteras mascarillas y se nos permita volver a abrazarnos. Ojo, mucho más que antes, que nos estábamos volviendo un poco despegados.

Días atrás me llamó la atención un film del año 2000 protagonizado por Nicolas Cage (un actor que no me gusta demasiado), bajo el título de Family Man. A lo largo del desarrollo de la misma, su mensaje fue captando mi atención y, finalmente, me puso a cavilar.

Si nos centramos en la epístola de San Pablo a los Colosenses, que también leemos hoy, descubrimos un toque de atención a una sociedad que, en los años 60 de nuestra era, andaba un tanto “despistada”. En la misiva, el Apóstol analiza la convivencia diaria. Sus consejos amplían el campo de recomendaciones para cimentar la institución familiar.

No tengo más remedio que recurrir a los recuerdos. En este caso, los tiempos pasados fueron mejores. Las navidades de mi infancia fueron muy felices. Se me llena el alma de nostalgia, de lugares, de olores y de sensaciones.

La dejadez y los malos consejos nos estaban incitando a desprendernos de los valores que nos hacen diferenciarnos de los seres irracionales: la capacidad (y la necesidad) de amar y de sentir el contacto con los demás. Añoramos la posibilidad de reunirnos con la familia y de abrazarnos. De compartir el pan y la sal, las alegrías y las tristezas.

Los pueblos de la serranía de Ronda, abandonados a su suerte durante muchos años, están adquiriendo su verdadera dimensión como lugares de ensueño a través de la presencia de avispados foráneos (recuerden la famosa finca de Nakachian o la tremenda posesión “La baraka” de Khashoggi).


 
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