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Manuel Montes Cleries
Manuel Montes Cleries
Ha caído en mis manos un delicioso librito con este título. Me ha hecho pensar

Dios tambien juega al futbol


Ha caído en mis manos un delicioso librito con este título. Su autor es un viejo amigo mío, que ejerce su vocación de sacerdote en una parroquia malagueña. Es un gran poeta, teólogo, escritor y sobre todo cura, que une su extraordinaria capacidad intelectual con su sencillez para acercarse al Evangelio.

     

Ha redactado publicaciones de mucha altura que le han dado gran fama en la literatura especializada y que le han llevado a dar cursos y conferencias por todo el mundo y hasta en el mismo Vaticano. Pero a mí, personalmente, me apasiona su sencillez en el trato día a día y en sus pensamientos, que recoge en libritos como el que me ocupa hoy: “Dios también juega al fútbol”, o en aquél otro que comenté en su día como otra “buena noticia”: “Relatos familiares en tiempos de pandemia; propuestas para la “nueva normalidad”.

 

En el que quiero comentar en el día de hoy, Alfonso Crespo –que así se llama mi buen amigo- descubre que “Aunque no nos guste el fútbol, todos tenemos que jugar el partido de nuestra vida. La tierra en la que vivimos es un terreno de juego… en el que pasamos las horas y los días; pasamos las hojas de nuestro calendario al compás de las ligas de fútbol, ansiamos marcar el gol de la salud y evitar el gol de la enfermedad. Queremos prolongar nuestra retirada del terreno de juego lo más posible”.

     

El contenido de este corto y sabroso librito me ha sugerido “la buena noticia de hoy”. A lo largo de sus capítulos pasapor los partidos de los mundiales, los derbis y partidos clásicos, las rivalidades entre las aficiones y hasta el fútbol femenino al que dedica un capítulo.

     

En una hipotética visita de Dios al mundo, este descubre como se  comparan los estadios con los templos; las eucaristías con los partidos de fútbol; a Dios con los dioses terrenos (Messi o Ronaldo) –yo añadoa Maradona, que tiene su propia religión, templos  y ministros-. Recuerda frases como: “El Gran Poder es del Betis”; dice que “los abrazos de los hinchas cuando marca un gol su equipo son semejantes al abrazo de la paz”; observa asombrado como se compara el estadio de San Mamés con una catedral -así se le denomina-. Dice con mucha gracia, que Dios cuando vio entrar a muchos hombres en “la catedral” pensó que en este templo no pasa como en los demás: “en la que la mayoría son mujeres”.


En otros capítulos resalta la religiosidad y, a veces, la fe de jugadores y aficionados. Se arrodillan algunos al comenzar los partidos. Se santiguan al salir al campo, tirar o para un penalty, cuando marcan un gol, etc. Invocan a Dios, Yahvé o Alá en los momentos difíciles, en algunos equipos realizan una oración conjunta antes de salir del vestuario, etc.

    

En el capítulo el fútbol femenino recrea un equipo formado por las mujeres, que han llenado la Biblia de extraordinarios ejemplos de bien hacer. Todas ellas dirigidas y coordinadas por la Virgen María. La madre de Dios. Hace otro equipo con los padres en la fe que han perpetuado el seguimiento de Dios a lo largo de una vida de buen hacer.

     

No les revelo nada más. Ahora a eso se le llama “spoilers”. Tan solo les recomiendo que se hagan del librito. A mí me ha recordado la frase de Santa Teresa que decía que “entre los pucheros anda Dios”. También está entre los balones y los campos.

      

En el último capítulo de este libro Alfonso Crespo dice que “vivimos la vida en medio de un mundo que se ha convertido en una cancha de juego, a veces, hostil; en el partido de la vida, con frecuencia, jugamos en campo contrario. Pero este partido, todos los que hemos nacido, no podemos rehusar jugarlo”. “Pero Dios, con todo su poder, viene en tu ayuda”.

Una buena noticia adaptada al signo de los tiempos.

Artículos del autor

Creo que lleva toda la razón Don Pedro Sánchez. Los diccionarios recogen, en la primera acepción de esta frase, lo siguiente: Ser recordado [un acontecimiento, un hecho o una persona] por su gran importancia o por su carácter único. Más bien… por lo segundo. El Señor Sánchez es único e irrepetible. ¡Por cuántas cosas pasará a la historia!

Según dicen los expertos, la palabra ángel significa “mensajero”. Es más, curiosamente  la mayoría de las religiones, especialmente las monoteístas, consideran la presencia de los ángeles como intermediarios entre Dios y el resto de la humanidad.

Parto de la base de que no me refiero a ese tipo de “timados” que lo son por pasarse de listos. Aquellos que adquieren bienes de dudosa procedencia o inversiones con intereses desorbitados que de entrada “cantan la Traviata”. Trato de reflejar ese otro grupo de personas de buena voluntad que han llegado a ese maravilloso segmento “de plata” que acoge a los que, una vez acabada la vida activa, se disponen a disfrutar de los ahorros y de la merecida jubilación.

Tenemos que saber distinguir perfectamente las dos principales motivaciones que hacen llegar a un país esa riada de foráneos. Se trata de los que vienen por diversión y los que vienen buscando un trabajo que les permita disfrutar de una vida mejor.

¿Quién no ha participado en una función de navidades o de fin de curso en el colegio? ¿Quién no ha aprendido el “con diez cañones por banda”, la canción de moda o una obrita de teatro para declamar, cantar o bailar en alguna de las fiestas escolares o familiares?

A lo largo de toda mi vida, afortunadamente, he tenido un escaso y casi nulo contacto con los señores jueces. Que yo recuerde he pasado por un juzgado solo una vez. Por un tema de tráfico. Posteriormente, hace años, conocí a un juez que pertenecía a uno de mis grupos de amigos. Pero le traté muy superficialmente.

Sé que una serie de instituciones se están preocupando de solucionar esta carencia de formación, provocada por el rapidísimo cambio de los sistemas de comunicación y los nuevos soportes que conectan al emisor y los receptores de los mensajes. Pero las cosas de palacio van despacio. Para cerciorarse de esta nueva dificultad que sufren muchos mayores, basta con intentar hacer una gestión de cualquier tipo, personal o telefónica, en una entidad pública o privada.

 
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