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Sentir la cercanía

Sin mano tendida/extendida y corazón dado/entregado, no habrá cercanía de pulsos
Víctor Corcoba
lunes, 19 de julio de 2021, 08:54 h (CET)

Por unas situaciones u otras nos hallamos viviendo contextos de emergencia, aislamiento y dolor. Estas vivencias, por un lado, han de impulsarnos a reconocer nuestra debilidad, y, por el otro, han de llevarnos a vivir nuestro paso por esta tierra de modo diferente, cuando menos intensificando nuestra relación entre análogos. 


Si las devastadoras inundaciones en Europa revelan la urgencia de actuar contra el cambio climático, el encuentro entre las diversas culturas en un mundo globalizado como el presente, también nos muestra ese obligado deseo de entenderse, sin grandes discursos y con más acciones concretas, para sentir la misteriosa y mística cercanía, que es lo que verdaderamente nos da fortaleza para proseguir el camino.


Debemos reponernos, ir al encuentro como seres de diálogo y comprensión, tratando de construir puentes en lugar de muros, haciendo hogar, reconciliando andares, invitando a los que siembran odio a repensar otras actitudes más confluentes, sabiendo que nada podemos hacer por sí mismos. Permanecer en el malestar que generan los enfrentamientos, es la mayor necedad que podemos cultivar. Sin duda, esta enfermedad es un opresor más terrible que la misma muerte.


Sea como fuere, nunca es tarde para reflexionar y retomar nuevos propósitos. De entrada, volvamos los ojos a nuestro interior, activemos la mesa compartida, hagamos realidad el abrazo permanente de la mirada; sólo así, la proximidad del afecto será real. Pienso en este momento, con gratitud, en esas gentes de ayuda humanitaria siempre dispuestas a entregarse con su apoyo total e inquebrantable en su difícil y peligroso trabajo; máxime en un momento de tantas dificultades, puesto que cada vez es más complicado proporcionar ese auxilio que necesitan desesperadamente millones de personas. Quitemos esta desolación de nuestros caminos. Activemos el descanso del sufrimiento. No vale la pena amargarse. Apreciemos la vida en comunidad. ¡Pongámoslo como obligación!


Hay que proteger ese espacio humanitario de vecindad como jamás, para garantizar que los ataques entre similares cesen de inmediato. Lo importante es darse, ofrecerse siempre, abrirse y no encerrarse en sí mismo, para sentir una vez más ese vínculo de inmediación que nos fraterniza y nos lega esperanza. Al fin y al cabo, lo trascendente es tomar la orientación solidaria, especialmente con los más vulnerables, para que nadie se sienta rechazado.


La falta de acogida para sentirse integrados en una comunidad, es otro de los grandes males del mundo actual. No pasamos del sueño de la política inclusiva. Hagamos realidad la inclusión de una vez y para siempre. Por desgracia, cada día se concentra el poder en manos de unos pocos que lo único que defienden son sus intereses privados, distorsionando las políticas sociales, cuando nuestro principal deber es el de ayudarnos recíprocamente y enmendar vidas. 


Es una pena que la prevalencia de la razón, el espíritu tolerante y la consideración mutua, hayan desaparecido de nuestro horizonte mundano. Sin mano tendida/extendida y corazón dado/entregado, no habrá cercanía de pulsos. Realmente, nos anida una desconfianza total que nos destroza el alma.


Por eso, es primordial reencontrarse con la ternura y hacer piña, cultivar la cercanía por el camino de la generosidad, batallar por sostener y hacer realidad los derechos humanos en todos los ámbitos; sin obviar, que cada cual es un consuelo para el que tiene al lado. De ahí, que un modo de contribuir a la protección de los moradores de este mundo global, sea no encogerse de hombros, sino alargar brazos y sentir que lo trascendente es mantenerse humano. Resulta asombroso, que aún no sepamos vivir en concordia; que palabras como competir y conflictividad,  se adueñen de nosotros como competidores y nos impidan ser acompañantes de vida. ¡Qué mejor contacto que lo armónico!

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