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Francisco Castro Guerra
Francisco Castro Guerra
O de los ofendidos ofendiendo

En la democracia ateniense todo aquél considerado ciudadano tenia derecho a expresarse en libertad, teniéndose en cuenta sólo sus argumentos y el mensaje trasmitido, independientemente de la forma en que lo expusiera. Era lo que los griegos denominaban “isegoría” y podría ser el equivalente a la “libertad de expresión” de las sociedades democráticas actuales. Era un derecho inalienable al individuo e indispensable para el sostenimiento de su democracia. Todas las constituciones de las naciones democráticas actuales recogen este derecho fundamental, libertad de expresión, y nadie cuestiona que es uno de los pilares de nuestro régimen de derechos y libertades.


Indudablemente, sobre el papel es un fundamento del que nadie podría disentir; es estupendo poder manifestar nuestra opinión expresándonos libremente y que todos la deban respetar. En la práctica ya es otra la cuestión. Siempre habrá alguien que, haciendo uso de su libertad de expresión, traspasará los límites hasta llegar a vulnerar otros derechos fundamentales, como puede ser la dignidad de los demás. La libertad de cada individuo a expresarse entraría aquí en conflicto con el derecho a la dignidad personal o colectiva de otros individuos. ¿Qué debe prevalecer entonces? ¿Cuál tendría que ser prioritario?


No cabe duda de que, así lo reconocen la mayoría de Estados en sus legislaciones, el derecho a expresarse no debería estar supeditado a ningún otro. Tendría que ser la ética personal, la educación o el sentido del decoro de aquel individuo que se expresa, lo que establezca límites a las manifestaciones con el objeto de no lastimar la dignidad de nadie. El lenguaje y la forma en el que lo utilizamos es una herramienta indispensable en este terreno y es lo que habrá de permitir ejercer la libertad sin menoscabar la del resto de ciudadanos.


Hasta aquí nadie podría estar en desacuerdo. El conflicto se inicia en el momento en el que individuos o colectivos consideran su opinión como algo incontrovertible y convierten lo que tan solo es un punto de vista en verdad absoluta. Comienza aquí una deriva en la que el individuo hace del derecho a expresarse en libertad un derecho de exclusiva propiedad. Se permite entonces, en su posesión dogmática de la verdad, faltar al respeto al resto sin ningún tipo de pudor. Pero, siguiendo en la única vía de pensamiento posible para él, no tolerará jamás en los demás el mínimo ápice de expresión contraria a sus creencias. Esta espiral de intolerancia y negación del que consideran diferente, y por ello inferior, sólo puede desembocar en el totalitarismo extremo, el el pensamiento único dictado por una autoridad poseedora de la verdad suprema. Todos los sectores ideológicos de la sociedad actual mantienen este tipo de comportamiento de unicidad y apropiación de la libertad de pensamiento y expresión. El problema al que podemos enfrentarnos, de hecho ya comenzamos a notarlo, a corto plazo, es una expansión exponencial, como si de una mancha de aceite se tratase, de estos postulados dogmáticos al resto de la sociedad.


En las últimas semanas se han suspendido funciones de cómicos por amenazas, se ha imputado judicialmente a humoristas y se ha linchado socialmente a periodistas y escritores; y únicamente por hacer su trabajo. Ejercer su profesión apoyados en la libertad de expresión. Y sin embargo, sectores que aplauden y apoyan estas acciones sociales y judiciales por considerarse ofendidos en su dignidad, apoyan y ríen las gracias a artículos de opinión en los que se desea y pide la desaparición de una provincia española como Teruel.


Tanto cómicos como articulistas ejercen su profesión y siempre resulta alguien ofendido. Los jueces toman partido en una única dirección. ¿Dónde ha quedado la isegoría? ¿Qué haría Pericles en la actualidad? Necesitamos a Platón y a Demóstenes más que nunca, de eso no cabe duda.

Artículos del autor

​Por un instante ha callado todo y la tarde se ha vuelto de oro. En los tejados, el reflejo de las ramas moviéndose rompe la fotografía de una tarde de tránsito. Es la cadencia de un viento que quiere ser calma, de un viento al que el otoño obliga a ser rudo, un viento suave, de paso entre tormentas.

Ha oscurecido antes de lo previsto. La tarde se ha cerrado en torno a la tormenta, que nos ha pillado de improviso, obligándonos a refugiarnos en este lugar en el que nos miramos en silencio.


​Una tenue patina de humedad cubre la barandilla del balcón. Es una capa acuosa, apenas perceptible. Si no fuera por el residuo pegajoso que deja en los dedos al apoyar las manos, no hubiese reparado en ella.
La plaza estaba prácticamente desierta. A esa hora, con los niños entrando en el colegio y los adultos agolpados en la puerta de éste y rumoreando sobre los ausentes, nadie estaba lo suficientemente ocioso para sentarse en alguno de los bancos de madera carcomida que necesitaban un cepillado y dos manos de barniz.
​Eran dos perfectos desconocidos. Estaban solos, en aquella estación de tren perdida en mitad de la llanura rural. Sin equipaje, ninguno de los dos llevaba nada más que lo puesto. No hablaban, como ya hemos dicho no se conocían en absoluto, nunca antes se habían visto.
La mañana parecía haber vestido al cielo de Jueves Santo. Al menos a la parte de cielo que se dejaba ver sobre los tejados pardos.
La proximidad del otoño tiene el olor de la hiedra seca que asesinó el feroz estío.

Estar aislado,pendiente de las hojasdel calendario;sin otro afánque el tiempo intensifiquesu transcurrir;sin las cariciasde unas sutiles manosen la mañana;sin otros besosque el fugaz aleteode una crisálida;con el oloral último rincónde la prisión;con la inquietudde que quizá el encierrose perpetúe;con la ilusiónconstante de que al finse acerca octubre;con la esperanzade que este chaparróntraiga el otoño.Así es un díade finales de agostopara un abrigo.

 
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