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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Cataluña   independentismo   Gobierno de España   Políticos españoles   Ada Colau  

​¿República independiente de Cataluña? ¡No, gracias!

La desidia de nuestros gobernantes ha permitido que los independentistas todavía no se hayan dado por enterados de que están empeñados en una lucha de antemano perdida
Miguel Massanet
miércoles, 22 de septiembre de 2021, 08:20 h (CET)

“Altera el orden establecido y el mundo se volverá un caos", Heath Ledeger.


En ocasiones los españoles volvemos la mirada hacia atrás y nos preguntamos por qué hemos sido capaces de tirar por la borda un estado de bienestar que, a algunos, seguramente les parecía poco, a otros por el simple hecho de estar gobernados por la derecha, les repateaba el hígado y al resto, sin duda una mayoría, nos parecía un don de Dios poder disfrutarlo en paz, sin amenazas aparentes y con un ambiente ciudadano en el que predominaba el entendimiento entre las personas, unas buenas relaciones, la posibilidad de encontrar un trabajo y, por encima de todo, el hecho de que existía un clímax, entre la ciudadanía, donde predominaban los avatares de la vida cotidiana, el gusto por lo familiar, el disfrute cultural y la despreocupación por la política y los políticos lo que, de por sí, ya era una señal de normalidad y la demostración de que, la España de entonces, era un lugar privilegiado en el que la ciudadanía se encontraba a gusto, en un entorno general de prosperidad y optimismo.


El por qué todo ello se ha ido por el desagüe de una pretendida reforma de la sociedad, urdida por grupos antisistema, revolucionarios, progresistas y comunistoides importados de otros países y, el hecho cierto de que ello ha sido el causante de que, todo aquel esplendor del que gozábamos en paz y tranquilidad, haya desaparecido en tan solo unos pocos años, para ser sustituido por un grave desencuentro entre unos y otros españoles, resucitando el viejo concepto de las dos Españas que tanto sufrimiento nos trajo, tanta miseria y tantos años de falta de entendimiento motivados por las consecuencias de una contienda entre españoles que, si nos atenemos a los hechos, todavía no se ha conseguido que los descendientes de los protagonistas de aquella guerra civil hayan olvidado y perdonado, dejando aparte unos agravios y rencores que ya deberían haberse superado, después de más de 80 años de aquellos tristes y macabros acontecimientos; la realidad es que no somos capaces de encontrarle una explicación plausible ni, tampoco, porque no decirlo, estamos interesados en meternos en disquisiciones que nada aportan al estado actual de nuestra deteriorada democracia.


Y si ya estamos en desacuerdo con el actual Gobierno del Estado, compuesto por unos políticos poco interesados en acabar con los problemas de la nación y que  anteponen, de una manera harto egoísta, sus interés partidistas, sus ambiciones personales, sus ideas revolucionarias puestas al servicio de una causa importada de los paraísos comunistas del resto del mundo, que ha fracasado en todas las naciones en la que se ha experimentado, pero que sigue alimentando a los descontentos, rencorosos, reformistas sectarios y demás activistas que no creen en la democracia y sus reglas y piensan que la forma de cambiar el mundo sigue estando en la revolución y la violencia que ella comporta.


Así y todo, dentro del mismo Estado español, todavía podemos encontrar ejemplos de lo que puede empeorar la situación de la ciudadanía si nos queremos fijar en lo que sucede en algunas comunidades del país que, no contentas con los problemas de tipo general que les afectan como miembros de la nación española, se están buscando otros más complejos, menos entendibles y, por supuesto que debido a un concepto equivocado de lo que son y han sido, a través de la historia, sus relaciones de dependencia con el resto de la nación, se han inventado ilusorias aspiraciones, fraudulentas interpretaciones históricas y absurdas e ilegales pretensiones soberanistas que ya hace años que debieran haber sido cortadas de raíz, pero que la desidia de nuestros gobernantes, de uno y otro color, ha permitido que los independentistas catalanes y vascos, todavía no se hayan dado por enterados de que están empeñados en una lucha, de antemano perdida, contra la nación española.


Y hete aquí que, los españoles ( los que nos sentimos como tales) que residimos en tierras catalanas y que tenemos la calificación de catalanes, estamos envueltos en un país desconcertante en el que la mitad busca la independencia, otra parte no la quiere, casi todos estarían encantados con más autogestión y, prácticamente todos, sienten una aversión poco justificada, pero alimentada por los políticos catalanes soberanistas, en contra de Madrid, de la monarquía, el resto de autonomías, a las que culpan de restarles ayudas del Gobierno y de “robarles” la parte de su riqueza, mediante los impuestos, para favorecer en un gesto compensatorio, a las comunidades de menos recursos. Por supuesto no tienen razón y las estadísticas oficiales de la aportación quecada comunidad hace a la tesorería del estado, se evidencia que la comunidad madrileña aporta más que la catalana que, a su vez, recibe más ayudas del Estado y es la que tienen más concesiones y transferencias en relación a las restantes autonomías.


Empezando por el gobierno de la Generalitat y por el Parlamento catalán ya tenemos motivo para encontrar en ambas instituciones una mayoría de independentistas, que no se entienden entre ellos, cuya única finalidad es conseguir el auto gobierno de Cataluña. Algo inconcebible en un país democrático en el que la voluntad popular mayoritaria y, lo que es más importante, nuestra Carta Magna no permiten estos atentados a la unidad nacional. Sin embargo, es el propio Gobierno del Estado quien muestra su incapacidad para evitar esta situación y, en el colmo de la desvergüenza, se presta a negociar de tú a tú con los separatistas, en una ilegal y absurda mesa igualitaria.


Pero ¿qué está sucediendo, mientras tanto, en Barcelona y las principales ciudades de la comunidad? Evidentemente una falta absoluta de autoridad por parte de las autoridades. Si en Barcelona, la alcaldesa ha decidido convertir a la ciudad en un experimento marxista leninista, olvidándose de que nuestra Constitución defiende el libre mercado y la propiedad privada, mediante actuaciones de tipo totalitario que van, desde limitar arbitrariamente el importe de los alquileres a gravar con tasas especiales los pisos vacíos o poner plazos para que el propietario deba ofrecer en alquiler la vivienda a imponerle la obligación de arrendar a cualquier persona que no sea de su agrado que le pida alquilarla. Ella, la alcaldesa Colau, hace y deshace siguiendo su filosofía de que las leyes estatales que no le parezcan bien no las va a cumplir, algo que se ha tomado muy en serio, y lo cierto es que sigue fiel a este principio. Los tribunales le van tumbando, una tras otra, estas ilegalidades, pero hay muchas personas o comerciantes que no quieren enfrentarse o no tienen medias suficientes para costearse un juicio, que ceden ante estas bellaquerías de la alcaldesa.


La policía catalana pasa por su Vía Crucis diario, debido a que la falta de autoridad en la que se la sitúan impidiéndole emplear medidas disuasorias para luchar contra los que alteran el orden, las reprimendas que reciben en cada ocasión en la que emplean, moderadamente, la fuerza, la colocan en una posición de clara desventaja numérica y de medios de defensa adecuados en los casos de grandes manifestaciones o agrupaciones ciudadanas. 


El hecho de que la educación, tanto primaria como secundaria o universitaria, esté copada y dirigida por el soberanismo catalán, hace que una parte más politizada de la juventud catalana se haya educado en un ambiente rebelde, de lucha contra el orden establecido y de nulo respeto por las leyes y la autoridad, lo que viene causando situaciones, como la que tuvo lugar en un reciente “botellón”, celebrado en el recinto universitario, al que acudieron una verdadera multitud de jóvenes que no se limitaron a divertirse, sino que el alcohol y las drogas los soliviantaron hasta el punto de empezar a ejercer el vandalismo causando graves destrozos, hubo peleas y se habla de que también se produjo una violación. La policía quiso poner orden y el resultado, patético, fue que acabó por tener que salir corriendo del lugar, perseguida a botellazos y pedradas por una turba de energúmenos, que se habían constituido en los vencedores de aquel encuentro tan desigual.


O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, no podemos menos de llegar a la decepcionante conclusión de que estamos en una nación donde, en algunas partes de ella, la autoridad ha desaparecido, los delincuentes están a sus anchas y la policía, que debiera de poner orden en las calles, está completamente desautorizada para usar las medidas de contención y ataque de que dispone debido a que, los políticos de izquierdas y separatistas, no permiten su uso y, así las cosas, nos encontramos que en Cataluña quienes están en el poder son los mismos que dan alas a todas estas bandas de facinerosos callejeros. Una juventud a la que se le enseña a desobedecer, a enfrentarse a la autoridad y a incumplir las leyes que, queramos o no, va a ser la que, un día, coja el relevo a quienes dirigen actualmente esta autonomía. Dios coja confesados a aquellos ciudadanos que deban bregar con ellos.


Hoy acudimos a Stefan Zweig para que nos ilustre con su docta opinión: “Nada torna a la gente más desnaturalizada e insubordinada que una larga y constante ociosidad".

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