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Blak Friday, compras navideñas, banquetes, borracheras de final de año y bacanales juveniles se han convertido en el sustituto actual de lo que fueron unas fiestas religiosas

“La Navidad no es una fecha; es un estado en la mente”, Mary Ellen Chase.


Lejos de este comentarista pretender presumir de persona enterada, de musicólogo o instruido en materia del complicado, variado, super explotado y vulgarizado mundo de la música de la que disfruta nuestra juventud. Cada cual es muy dueño de tener sus preferencias y en el ámbito musical se puede decir que aún con mayor libertad ya que desde la música clásica, la de los grandes maestros hasta esta proliferación de ruidos, sonsonetes, ditirambos sexuales, temas amorosos cansinos y demás expresiones de una pretendida cultura musical popular, la mayoría de ellos encajados en la denominada música urbana, de todo hay en la viña del Señor para satisfacer a un público variopinto y, en ocasiones, dispuesto a tragar con cualquier basura que tenga el marchamo de estar de moda.


Y en particular, en comunidades, como es el caso de la catalana, en la que el separatismo imperante, los políticos fanáticos y los catalanes intransigentes en el tema del idioma catalán, estos que dicen que la “lengua peligra” y que, para conservarla, hay que acabar con el castellano, como si una cosa tuviera algo que ver con la otra; se muestran intransigentes en su exigencia de que la lengua vernácula de la región ha de ocupar el máximo espacio en las comunicaciones oficiales y privadas de los ciudadanos de la región. Evidentemente, nada más en España puede suceder algo semejante, de modo que sea el propio Gobierno de la nación que, por su debilidad, por su apego al sillón y por su maniqueísmo y pretensiones de perpetuarse en el poder, se está sometiendo, constantemente, al duro chantaje de separatistas catalanes y vascos para nutrir de ayudas y financiación extra las arcas del país vasco y Cataluña.


Y una de las formas utilizadas para esta inmersión forzada en el idioma catalán de la que se vale el cerrilismo de quienes son incapaces de tener una actitud objetiva ante lo que debería ser el fomentar por igual ambas lenguas, aceptando que cualquier catalán debería conocerlas por igual y, tomando en cuenta que el castellano lo hablan más de quinientos millones de personas en el mundo y, el catalán, lo quieran reconocer o no, sólo se trata de una lengua minoritaria, apenas conocida por más de siete millones de personas.


Pues, como ya se ha convertido en algo habitual, uno de estos personajes atrabiliarios que se ha venido haciendo famosos por sus perogrulladas, sus salidas de tono, por su pésima educación y su escasa cultura, el señor Gabriel Rufián, de ERC, ha montado en cólera y ha expresado su disconformidad, con amenazas incluidas al Gobierno de no permitir que se aprueben los PGE, debido a lo que deberían ser las cuotas de las lenguas cooficiales en la nueva ley Audiovisual que se está tramitando en el Parlamento de la nación. 


Es evidente que el Gobierno, aunque esté dispuesto a cualquier concesión para evitar tener que convocar elecciones generales, se encuentra ante un obstáculo insuperable cuando se le pide algo que choca directamente con lo que ha establecido Bruselas. En la ley Audiovisual del gobierno si se incluye la cuota del 6% del contenido ofertado por las plataformas en catalán, vasco y gallego (ya resulta curioso que, si tanto predicamento disfrutan tales lenguas, tenga que ser el Gobierno quién obligue a que se establezca una cuota obligatoria).


En todo caso, hay una normativa europea que excluye de tal obligación a las plataformas internacionales no radicadas en España como Netflix, HBO Max, Disney+ o Prime Video, que no tienen obligación de cumplir con la cuota lingüística, al aplicarse el principio del país de origen que establece la directiva europea.


Pero es que, como intentábamos decir, los catalanistas acérrimos han ido fomentando e impulsando que, tanto emisoras de radio, como TV catalanas o salas de espectáculos presenten obras musicales de escaso, discutible, descafeinado y poco recomendable valor y contenido, como un medio de intentar darle fuerza a esta música chabacana y de discutible valor que intentan meter con calzador en la programación diaria de la comunidad catalana.


Y como ya tenemos a las puertas las Navidades del 2021, resaltar una vez más que en España, en lugar de ser, como somos, una nación aconfesional, parece más bien que estamos en un país islámico, en los que el Estado se ha convertido en el enemigo directo de la religión católica cristiana. El intento, burdo intento, de despojar a unas fiestas de origen eminentemente religioso, de indudable raigambre espiritual, de ceremonias y actos de carácter propios de la natividad del Señor, de donde vienen precisamente estas fiestas navideñas, los que nos gobiernan, los políticos de izquierdas que, hoy en día, son los que mandan y ordenan, en un evidente ensayo de implantar el autoritarismo dictatorial y de ir interfiriendo, cada vez más, en la vida y creencias de los ciudadanos, que ven como sus tradiciones son censuradas y sus costumbres coartadas por quienes intentan imponernos sus materialismo comunista como un modus vivendi para lo que pretenden que sea su nueva España bolchevizada.


No sé lo que pensarán las nuevas generaciones. Puede que ya se hayan acostumbrado o que el lavado de cerebros implantado en las escuelas, ya los hayan convertido en insensibles al intento de acabar con el catolicismo en nuestra nación, pero les puedo asegurar que, para una persona de edad avanzada como es mi caso particular, el ver las calles iluminadas con motivos que nada contribuyen a recordarnos el carácter religioso de estas fiestas, la desaparición de los nacimientos tradicionales, como el de la plaza de San Jaime, en Barcelona, para convertirse en un intento baldío más de darle un aspecto profano sin que se les acuse, como pasó el año pasado, de tomar el pelo a cualquier ciudadano católico que lo contemplase.


Blak Friday, compras navideñas, compras de reyes, banquetes pantagruélicos, borracheras de final de año y bacanales juveniles se han convertido en el sustituto actual de lo que, en su tiempo, fueron unas fiestas eminentemente religiosas, que se celebraban en familia, rodeadas de un ambiente general de buena voluntad y reconciliación, en las que las comidas familiares y los reencuentros entre pariente que, en ocasiones, sólo se veían en celebraciones semejantes, marcaban las evidentes diferencias entre unas fiestas y otras. Puede que para las generaciones actuales les sea difícil entender que las cosas fueran así y, tampoco pretendemos que no exista una evolución natural en las tradiciones del país; pero no parece que todo lo pasado fuera algo equivocado y que los modos y costumbres de otros tiempos no tuvieran su justificación, su encanto y sus aciertos que no, necesariamente, se hayan de convertir en un signo de atraso y de opresión.


Lo cierto es que, visto como se desarrollan los acontecimientos hoy en día, tomando conciencia de la situación sanitaria originada por la persistencia de Covid 19 y de su secuela reciente, el Ómicron, siendo conscientes de los problemas que nos vienen originados por el encarecimiento desfasado de las energías, los aumentos subsiguiente de los artículos de primera necesidad, lo que desde el FMI, Bruselas y demás autoridades económicas pronostican en cuanto al crecimiento económico de España, situándolo dos puntos por debajo del calculado por nuestro Gobierno, el desprestigio de las autoridades y de los políticos que se viene registrando en la opinión de los ciudadanos; perece evidente que el señor Sánchez y los suyos van a tener que esmerarse mucho si pretenden salir con bien de este futuro que, cada vez, aparece más incierto para nuestra nación.


O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, observamos como, tanto los comentaristas de prensa, como los informativos que no están directamente controlados por la mafia gubernamental, cada vez se muestran más pesimistas, más preocupados por los tics totalitarios de nuestros ministros y del propio presidente del Gobierno, señor Sánchez, y lo que todavía nos parece más alarmante, ninguno de ellos ve la posibilidad inmediata de que se produzca una reacción ciudadana que propicie el cambio de gobierno.


Un personaje como fue Maximilian Robespierre, fue defensor, puede que inconscientemente, del derecho a la vida, aunque la frase pueda chocar viniendo de un masacrador como él. La frase es la siguiente: ”¿Cuál es el primer objeto de la sociedad? Es mantener los derechos imprescriptibles del hombre. ¿Cuál es el primero de esos derechos? El derecho a la vida".

Artículos del autor

Una de las definiciones de anarquismo se la debemos al escritor estadounidense Edward Abbey, que nos dejó la siguiente: “El anarquismo se basa en la observación que pocos hombres son lo suficientemente sabios para gobernarse a sí mismos y que, menos aún, son suficientemente sabios para gobernar a otros”.

En España, señores, hemos entrado de lleno en la época de los despropósitos gubernamentales, a precio de saldo. Parece ser que todo lo que se está organizando en esta nefasta etapa de entreguismo del país a quienes tienen el propósito de llevarlo al desguace, tiene un componente encaminado a trastocar los valores tradicionales de los que hemos gozado durante años.

Algo se está cociendo y los socialistas lo saben y saben también que es posible que pierdan el poder en las próximas elecciones legislativas. Ellos son conscientes de que todas sus promesas y sus ofertas de una igualdad imposible y de mantener a una parte importante de la ciudadanía a base de ayudas económicas y subsidios, no es más que un engaño.

En los años que lleva España en democracia, ni uno solo de los gobiernos denominados conservadores ni tampoco cuando se han tenido que limitar a formar parte de la oposición, han tenido el más mínimo interés en dotarse de una red de informativos: prensa, TV, radios, foros, propagandistas o cualquier otro medio que les permitiera contrarrestar la probada eficacia de los métodos de divulgación, captación de afiliados e incluso manipulación utilizados por las izquierdas.

La irresponsabilidad de los actuales ocupantes de la Moncloa, su falta de un plan apropiado para dirigir al país hacia una recuperación que hiciera posible abandonar la crisis a la que nos ha llevado el Covid 19, junto a una política desajustada, a todas luces sectaria y plagada de gestos totalitarios, improvisaciones, rectificaciones, engaños y errores de gestión, parece que esta llegando a sus peores momentos.

Cuando uno lee, en un periódico catalán:“El Gobierno necesita que el órgano (el CGPJ) se renueve para nombrar a dos magistrados progresistas para el TC”, no sabe si quien lo escribió no tiene ni idea de lo que representa el poder judicial o si de lo que se trata es de la constatación de que lo que se propone el gobierno de Sánchez es despojar del derecho constitucional a los ciudadanos que no estén de acuerdo con el pensamiento único que piensa imponernos el Estado.

¿Qué sucede cuando se tiene la posibilidad de avanzar e irle comiendo terreno al adversario político y, de pronto, por un simple movimiento erróneo, por un mal cálculo político, dejar perder toda la ventaja que tanto esfuerzo ha costado conseguir y volver a situarse en la posición de salida, mientras el partido en el Gobierno se vale de la mala decisión del partido de la oposición, para afianzarse y conseguir volver a situar la perspectiva electoral a su favor?

España sigue teniendo dos problemas graves que no puede dejar de considerar, si es que espera afrontar el futuro con una cierta garantía de estabilidad del país. Uno, el del separatismo, cada vez más en auge, convencido de que tiene al Gobierno a sus órdenes y de que su camino hacía una independencia está asegurado, mientras Sánchez siga en el poder. Otro es el del problema de las energías.

 
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