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Opinión
Etiquetas:   Fábulas   Descanso   Religión   Biblia   Cristianismo   Catolicismo  

Descanso semanal

El domingo es una fuente de salud tanto para el cuerpo como para el alma
Octavi Pereña
lunes, 7 de junio de 2021, 01:55 h (CET)

Una fábula: “Había una vez tres picapedreros. Un extraño se acercó al primero y le preguntó qué hacía. “¿No puedes ver que estoy picando piedras?”, le respondió. Al segundo le hace la misma pregunta. Éste le respondió con una sonrisa, diciéndole: “Me estoy ganando el pan de cada día”. El tercero le respondió con una amplia sonrisa, diciéndole: “Estoy construyendo una catedral”. Los tres picapedreros estaban haciendo un mismo trabajo. Solo uno de ellos lo hacía con propósito. Cuanto más elevado sea el propósito que se tiene en el desempeño de la labor diaria, tanta más satisfacción produce y menos estresado se está al realizarlo.


El apóstol Pablo afirma con rotundidad: “Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar tampoco coma. Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan” (2 Tesalonicenses 3: 10-12). El apóstol no condena el paro sino la ociosidad. Jesús toca el tema de la escasez de trabajo en la parábola de los jornaleros en la viña (Mateo 20: 1-16). El amo de la viña sale al amanecer hacia la plaza para contratar jornaleros con quienes acuerda pagarles un denario al día. Repite el viaje diversas veces al día hasta el atardecer, acordando pagarles lo que sea justo. Estos labriegos no eran unos gandules. Permanecían en la plaza esperando ser contratados. Al propietario de la viña que los contrata no le preguntan qué tendrán que hacer. Aceptan el trabajo sin rechistar. Sin decir palabra cogen sus herramientas para ir al tajo. La enseñanza de Jesús tendría que aplicarse en nuestros días con un paro tan desproporcionado. No es bueno que tantas personas se encuentren en situación de vagancia no deseada. Se debe dignificar a las personas ofreciéndoles trabajo que lo haga. Si resulta que los haya que rechacen la oferta que se les hace, si cobran un subsidio se les debería retirar. No es bueno fomentar la holgazanería con prestaciones sociales.


Si es una vergüenza el paro desmedido, también lo es la explotación laboral. Según la OMS y la OIT  del 2000 al 2016 la población con más carga laboral se triplicó y las muertes crecieron un 29%. Se abre la puerta a que se considere la excesiva jornada laboral como un factor añadido a tener en cuenta dado el aumento de la patología cardiovascular y otras dolencias. Todo problema tiene un origen. El afán de tener más y más lo denuncia Jesús en las parábolas del rico insensato (Lucas 12: 16-21) y la del rico opulento (Lucas 16: 19-31).  ¿Qué se consigue con almacenar, almacenar, ampliar silos y almacenes si Dios tiene que decirles. “Necio esta noche vienen a pedirte tu alma, y todo lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro y no es rico para con Dios” (Lucas 12: 20,21). Los acaparadores que creen que el mundo es suyo y que por ello pueden explotar a sus trabajadores pagándoles salarios de miseria, ¿qué sacan con ello? En realidad están cavando su propia sepultura para que cuando despierten en la eternidad tengan que suplicar misericordia para que alguien “moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama” (Lucas 16: 24). El afán de amontonar riquezas que lleva a un final tan miserable, debería convertirse en aceptar el consejo de Jesús: “Haceos tesoros en el cielo, donde ni polilla ni orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6. 20,21). Con el fin de no caer en la trampa de os cantos de sirenas que nos atraen hacia los arrecifes del materialismo desmesurado para destruirnos, sería bueno seguir el consejo de Dios. De nosotros depende ser felices hoy y seguir siéndolo en la eternidad


El quinto mandamiento del Decálogo, el primero de los que tienen que ver con las relaciones sociales, dice: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra, mas el séptimo día es reposo para el Señor tu Dios…Porque en seis días hizo el Señor los cielos y la tierra, el mar y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día, por tanto el Señor bendijo el día de reposo y lo santificó” (Éxodo 20: 8-11).


El día de descanso semanal tiene dos finalidades. La primera es un “día de reposo para el Señor tu Dios”. Sirve de recordatorio de que Dios existe y que no lo ha instituido para que se dedique al ocio como se ha convertido. La secularización de la sociedad se pone de manifiesto en el  destino que le da al día del Señor. La segunda finalidad es que nadie debe ser excluido de guardarlo para Dios: “Mas el séptimo día de reposo para el Señor tu Dios, no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas” (v.10). Todos  sin excepción tienen que respetar el descanso semanal para dedicarlo a Dios que provee todas las necesidades. Si Dios que alimenta las aves de los cielos y viste de belleza los lirios del campo, no tenemos que desasosegarnos pensando en el mañana, pues “el Padre celestial sabe que necesitamos todas estas cosas” (Mateo 6: 32).


Los propietarios que tienen asalariados deben permitir que hagan uso del descanso semanal para adorar a Dios. Es una manera de impedir la deshumanización de los asalariados. Entre amos y jornaleros se refuerza el sentido de hermandad al poner ambas clases sociales al mismo nivel ante Dios. De hecho Dios crea a todos los hombres de una misma sangre al ser todos descendientes de Adán. Para progresar en el amor al prójimo no basta con que seamos hermanos de sangre. Contribuye a ello el descanso semanal según Dios porque quienes lo practican lo hacen como hijos de Dios y por ello unidos por el vínculo del Espíritu Santo que da el don del amor.


Se puede objetar el descanso semanal esgrimiendo la excusa que se rompe el ritmo laboral. La objeción no es válida porque si Dios cuida las aves de los cielos, ¿no lo seremos nosotros que hemos sido creados a su imagen? Es muy saludable depender de la providencia divina que controla todos los acontecimientos con el fin de hacer bien a los hombres. Confiar en la providencia divina en un mundo manchado por el pecado y con tantos desajustes que provoca, proporciona serenidad y confianza en las adversidades. El azar no existe en la mente de Dios. Lo control todo para nuestro bien. La secularización ha hecho que se margine a Dios. El día de descanso semanal se resiente. En vez de dedicarlo a Él en agradecimiento a las muchas bendiciones que nos proporciona, se dedica a satisfacer la sensualidad, con ello se rompe el equilibrio que debería existir entre el alma y el cuerpo. Dada la situación no debería extrañarnos que al picar piedra nos olvidamos que construimos una catedral. Al olvidar a Jesús nuestras almas se convierten en yermos al faltarles el agua viva que es Él.

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