Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil
18º ANIVERSARIO
Fundado en noviembre de 2003
Firmas y Blogs
Diego Vadillo López
Diego Vadillo López
La pintora andaluza expone la muestra “Los caminos de la mirada” durante este mes en la Casa de Vacas del Retiro

Hasta el 27-D de este azaroso año estará en la Casa de Vacas del Retiro la exposición pictórica de Paula Varona, una pintora con una impronta harto personal, si bien lograda, a tenor de lo que se vislumbra sobre sus lienzos, mediante la amalgama de muy variados influjos. Por un lado tenemos una caliginosa luminosidad señoreando muchas de sus obras (rasgo que comparte con Sorolla); asimismo, con impresionista temperamento (que emparenta por momentos con Renoir) se desempeña en un arte pictórico en cuyos trazos rielan los cromáticos y luminiscentes destellos de su sensibilidad.
20201212 122929

A veces el color se torna apasteladamente sólido entroncando con la estética pop, la cual adquiere aun mayor desarrollo en los encantadores pastiches tributarios: a Goya, Gutiérrez Solana, El Bosco…


Nos ofrece Paula Varona una lírica cotidianeidad, lírica y con un punto de gelidez. Crea cuadros en los que la vida transcurre hermosa y anodina y en los que las personas se atisban desde arriba (a la Genovés usanza) guardando eso que hoy conocemos como distancia de seguridad y que pareciera indicar el aislamiento en que desarrolla su existencia el ser humano, tan apelmazadamente conviviente y tan solo en última instancia.
20201212 122729

Pese a todo, las noches de Varona desprenden claridad. También Gutiérrez Solana, cuando es remedado por esta afinada pintora que parece portar con ella ingentes vatios de luz muchos de los cuales traslada al lienzo a través del pincel. 

Artículos del autor

En España, hablar de zarzuela es casi sinónimo de “anticuado” o “rancio”. Nada más lejos de la realidad; solo hace falta un poco de interés y conocimiento para darnos cuenta de que la zarzuela en un género con mayúsculas, un género en el que, además, somos los protagonistas; un género que eleva a categoría de arte la historia del boticario de Chamberí o de la confitera del barrio del Congreso, las historias del día a día, nuestras historias.

La trama va avanzando en zigzag, esto es, alternadamente, se suceden los capítulos en los que uno de los dos protagonistas marca la impronta, porque, sí, dos son los protagonistas, y dos son las historias que hacia el final acabarán confluyendo al estar impulsadas por el mismo combustible, si bien con propósitos antitéticos, ya que Cifu y Guti encarnan respectivamente el paradigma de la salvaguarda y transgresión de la ley.

El jueves 12 tuvo lugar en el salón de actos de la sede de la SGAE el coloquio en torno a la figura de Barbieri, gran compositor y eximio engrandecedor de nuestro género chico; dicho coloquio surgió a propósito del reciente estreno de su obra “La Confitera” por la compañía La Soubrette, coordinada por la musicóloga y cantante lírica Sara B. Viñas.

Fue un placer volver a disfrutar de sus siempre afinadas glosas a las obras y al tenor de los poetas de quienes penden estas, máxime cuando a uno mismo es a quien le toca ser glosado, ya que hay tanta o más poesía en sus deliciosos opúsculos que en sus neoclásicos versos, de imparangonable limpidez.


Lo eternal, la infinitud son fuentes de inefabilidad que aprehende Bergman, quien se muestra díscola cuando de manejar contornos se trata, pues estos, a su entender, no existirían, siendo no otra cosa que ilusiones ópticas que nos ofrecen las transiciones entre sombra y claridad y entre cromatismos varios. Lo que sí aportaría la materia sería ritmo. En un sinestésico concebir, Anna-Eva Bergman maneja ritmos matéricos de suaves cadencias


Un entramado de cromatísimas morfologías señorea la muestra de Adriana Zapisek que ha tenido a bien alojar en este enrarecido octubre una Casa de Vacas circundada por los otoñales ocres que acostumbran en este tiempo a afincarse en el populoso parque del Retiro en cuyo seno habita el mentado recinto.A tenor de lo observado, un sinestésico vórtice de esencias son aprehendidas sensorialmente y materializadas mediante plásticos ardides, los desplegados por quien se nos muestra como una develadora de entropías; como una expendedora de irredentas geometrías y de disciplinadas y glutinosas curvaturas, que, al fin, se tornan trampantojos de una hiperrealidad sublimada en la que lo punzante es mudado suntuario al emparentar con la sensualidad que todo lo gobierna.

Le apuntaba a Carlos Dávila, cuando este lo entrevistara tiempo ha, Umbral, que no lo incomodaba que lo calificasen de “rojo”, y añadía que dicho color, no en vano, era rico en matices. Al ser inquirido por el periodista al respecto de los tonos de la susodicha gama cromática en que supuestamente él habitaría.

“Donde las diablas bailan boleros” (Calambur, 2004) es la obra que más hondamente me ha tocado la fibra en los últimos tiempos, y ello sin haber estado en el espacio que refiere ni sentir una especial inclinación hacia este, lo cual añade mérito a la mentada obra, capaz, ya les digo, de suscitar acentuada conmoción en quien esto les escribe.

 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter   |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris