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Diego Vadillo López
Diego Vadillo López
“Donde las diablas bailan boleros” no es obra que hubiese de pasar desapercibida

“Donde las diablas bailan boleros” (Calambur, 2004) es la obra que más hondamente me ha tocado la fibra en los últimos tiempos, y ello sin haber estado en el espacio que refiere ni sentir una especial inclinación hacia este, lo cual añade mérito a la mentada obra, capaz, ya les digo, de suscitar acentuada conmoción en quien esto les escribe; sí, una algarada interior de esas que llevan aparejado incluso el erizado del vello por momentos. De entre los publicados por Ángel Antonio Herrera, me faltaba este poemario de culto por leer en su totalidad, si bien ya fueron incluidas algunas de las piezas que lo engrosan en la antología “El sur del solitario” (2001), bajo el título “Si en la Habana me vieras”.


No es un poemario al uso este, dado que no son versales compendios los que van construyendo sus poemáticas estructuras, sino más bien poemas en prosa, poemas que, al cabo, son parcelas del gran poema que señorea todo el libro. Cada “parcela” consta de su respectivo compendio de parágrafos (que no estrofas), fórmula que parece dar una más holgada cabida al desbordado sentimiento que es desplegado de manera deslumbrante sobre cada una de las páginas que ejercen de soporte a tamaña cadena trópica (y tropical).

Decimos cadena trópica porque Herrera va encadenando imágenes metafóricas de lo más fascinantes, las cuales le otorgan al poemario un innegable componente plástico. Estaría esta obra muy cercana a esas a las que, afinadamente, se refería Isabel Paraíso (2000):

“La recurrencia de este tipo versolibrista favorito de las literaturas de vanguardia, son las imágenes —metáforas sobre todo—. Un poema de este tipo no presenta la trabazón sintáctica y léxica del verso paralelístico; por el contrario, parece desligado, disperso, inconexo, extraño. Es porque su ritmo no radica en la forma versal […] ni tampoco radica en la estructura sintáctico-semántica, ‘sino en la red de imágenes afectivamente equivalentes’. Esta red de imágenes traduce un especial estado anímico del poeta —a veces lúdico, a veces inefablemente amargo—” (“La métrica española en su contexto románico”, Arco, p. 207).

La audacia surreal y creacionista es domada en un coherente flujo de versiculares prosas, o vehiculares pasajes, que no son sino impulsos de sentimiento barnizados con tropológicas audacias; de ahí el brillo que desprende el conjunto, un conjunto, esta atmósfera obrada por Herrera, instituido con parcelas de lirismo entrelazadas unas con otras, y a la vez autosuficientes.

Contemplado de manera panorámica, observamos cómo el POEMA está construido, alternativamente, en primera, segunda y tercera personas, y las tres coadyuvan al tono confesional que, al fin, todo lo envuelve, quedando desprendidos por doquier deseos y sentimientos y siendo remitidas, con profusión, variadas-variopintas circunstancias, siendo anegado semejante maravillador depósito por la ya apuntada plasticidad que se allega fundamentalmente atraída por las alucinadas metáforas pergeñadas por el autor: unas, lógicas; otras, meramente estatuidas por obra de la pura emoción. Veamos algunas:

“en nuestro amor también duermen calendarios de debacle” (IV, p. 17); “Por las calles torcidas de penumbra, la nostalgia agrava sus castigos, la nostalgia camina sus castigos” (V, p. 20); “Es la hora en que la dicha depende de un bolero y las piscinas desiertas copian el añil homicida de los cielos” (VI, p. 21); “y la música en cada esquina desordena las jóvenes cinturas” (VII, p. 23); “Combino la patria del beso con los punzantes ponientes del abandono” (VIII, p. 26); “Sobre calmados cielos, el azul más puro columpia nubes color nostalgia” (IX, p. 27); “Los novios, en nudo de sobra contra el ocaso” (X, p. 29); “Mi alma es hermana de una trompeta que al ocaso, contra el mar, suena los largos ecos de su lamento” (XI, p. 31); “hablan sílabas de menta” (XII, p. 33); “El recuerdo es un holocausto de estrellas” (XXI, p. 51).

Es este libro un arsenal de retóricos ardides de lo más estimulantes. En su mayor parte son sentidos retazos de hondísima remembranza tornada delicia poética. Abunda el hermanamiento entre lo tangible, lo abstracto y lo sensorial, lo que favorece una palpable dimensión sinestésica en la que la voz poética nos da cuenta de cómo todos los sentidos contribuyen a sedimentar sus recordaciones. Se recrea Herrera en un ensamblaje tan intrincado como eficaz a efectos plástico-poéticos, desprendiéndose de dicho engranaje todo un universo simbólico al que se suma un nutrido grupo de tópicos literarios a los cuales se da entrada: el “tempus fugit”, el “ubi sunt?”, la “descriptio puellae”, “la edad de oro”, el “locus amoenus”, la “caza de amor”, y otros tantos.

El fastuoso conglomerado de literarias excelsitudes que contiene “Donde las diablas bailan boleros” se me antoja un intento de dar siquiera un testimonio mínimamente aprehensible de las avasalladoras asechanzas que debió de sentir el alma de su posibilitador.

Artículos del autor

El célebre poeta visual Chema Madoz expone en el Jardín Botánico de Madrid algunas de sus más insignes obras fotográficas en el marco de la muestra “La Naturaleza de las Cosas”, evento comisariado por Oliva María Rubio. Madoz es un fino artesano de la analógica fotografía y un audaz ingenio creativo.

Tiene un libro de epístolas Herrera, “Cartas de ajuste” (Belacqva, 2003), en el que remite misivas a distintas gentes del famoseo patrio (patrimoniales y allegadas) siguiendo una alfabético-onomástica lógica, esto es, los sitúa en el índice en el orden alfabético a que los aboca la inicial de sus respectivos nombres de pila o apelativos.

Semanas atrás, cuando los parques aún permanecían precintados como consecuencia de las medidas implantadas para enfrentar la pandemia, pasé en un momento dado por adyacentes aceras al parque del Retiro y quedé fascinado ante la rozagante naturaleza que se desplegaba desmelenada y exuberante por demás merced a no haber sido acometida por los operarios que, a la sazón, son los responsables de que los visitantes hallemos siempre un ajardinamiento.

Un espíritu vivaz como el de Calderón supo entrever en una época tumultuosa como la suya ciertos rasgos susceptibles de ser emparentados con lo onírico, y sobre tales cosas, sobre si estamos adormecidos cuando creemos vivir y asuntos así, teorizó, al cabo, en su intemporal obra.

En plena debacle pandémico-económica siguen empecinados los proliferantes “comentarólogos de todo” en seguir desplegando sus malos augurios económico-financieros; olvidando por un momento que hay una crisis sanitaria que a todo se impone, para la que también piden medidas.

En tiempos agrestes, la lectura abriga. Releyendo el ensayo de Ortega y Gasset “El espectador” (Salvat, 1970), me detuve en el siguiente pasaje: “Cuando no hay alegría el alma se retira a un rincón de nuestro cuerpo y hace de él su cubil”.

Ángel Antonio Herrera es un poeta introspectivo y discursivamente intrincado, para lo que se vale de una sintaxis dispuesta a la manera de los nudos marineros: hermosamente embrollada, lo que da lugar, al fin, a poemas que vienen a ser un bello y complejo epítome versal.


Ya nos diría Lefebvre que las sociedades producto del capitalismo avanzado generaban una falsa sensación de libertad y de tiempo de ocio que no era sino un modo más de alienación. Lipovetsky, corrido el tiempo, certificaba el aupado de un capitalismo de consumo que ha venido a relevar al productivo. Un capitalismo que solo vive el presente, hedonista, buscador meramente de diversión, una diversión que ejerce como velo que trata de ocultar todo asomo de sufrimiento o tornarlo show.

 
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