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La humanidad de los negociantes

La humanidad ha quedado reducida a ofertar proyectos publicitarios para ilusionar a las gentes y continuar con el negocio
Antonio Lorca Siero
viernes, 3 de enero de 2025, 11:11 h (CET)

Quien hace hoy negocio con todos es el capitalismo. Aquellos valores de la intelectualidad de la Ilustración, que iluminaron al capitalismo moderno, entre los que merecen ser citados humanidad, progreso, bienestar, derechos, libertades y justicia. Todos pasaron a ser proyectos que más tarde se han ido adecuando a sus intereses mercantiles, a la vez que se iba modelado la mentalidad general. Esto ha supuesto la pérdida de la racionalidad y, en unos casos, la entrega a la amoralidad, en otros, la exclusión del Derecho junto con el orden estatal propio, en muchos más, e incluso el retorno de la fuerza material como método de dominación, propia de la violencia que dominaba en otras épocas. El riesgo actual es que todo quede en titulares, sin entrar en la realidad de fondo, simplemente para animar creencias, con un pie en la doctrina, pero sin tocar terreno firme.


Visto el modelo totalitario de nuevo cuño económico que instaura el capitalismo actual, en contra de lo que publicitaba, no puede decirse que haya nada de humano —incluso aspira a sustituir hombres por humanoides, con vistas al negocio—. La persona es un número a efectos de las estadísticas comerciales, y aquellas que no resultan comercializables las trata de excluir del circuito. Solo quienes ofrecen una perspectiva de rentabilidad son atraídas con multitud de estratagemas, basadas en la publicidad agresiva con el fondo de las modas, para que le sigan fielmente, porque es ahí donde reside el negocio. A los no rentables se les destina a la exclusión definitiva utilizando sutiles procedimientos como el abandono, el silencio o males mayores, confeccionados mediante virus y bacterias serviles prefabricadas, por no se sabe quién, que además permiten mantener boyante el negocio de los fármacos. 


En el aspecto ético de pacotilla de esa humanidad capitalista, se confunde el bien con el mal, lo que viene claramente expresado en su afán depredador vía empresarial, valorado como un bien. Dice generar riqueza para las gentes poniendo en marcha cualquier fuente de negocio, pero no duda en destruir la variada vida del planeta, los recursos naturales, el medio ambiente, esclaviza a las personas y, cuando el filón deja de ser rentable, abandona a todos a su suerte. Luego culpa de tales desmanes a la irresponsable actividad humana en general. La aparente paradoja es que habla, a través de sus más significados representantes, en un ejercicio de pura hipocresía, de salvar el planeta y enfrentarse al cambio climático, cuando de lo que trata es de vender nuevos productos aprovechando la ocasión. Su instinto depredador no ha dejado a nadie indiferente, pese a las nuevas formas que a menudo utiliza a fin de encandilar al auditorio.


La humanidad ha quedado reducida a ofertar proyectos publicitarios para ilusionar a las gentes y continuar con el negocio, porque solo entiende de personas en su condición objetos y números de explotación comercial. De esta forma se paga el peaje exigido, a cambio de procurarlas espectáculo permanente.

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