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Responsabilidad compartida

Tenemos que activar la creatividad en la construcción de un futuro saludable y pacífico
Víctor Corcoba
lunes, 14 de noviembre de 2022, 09:58 h (CET)

Tenemos que activar la creatividad en la construcción de un futuro saludable y pacífico, siendo sensibles a la voz de los marginados y comprometiéndonos, cada cual desde su misión,  para idear un espacio diferente, con el valor de sentirnos rama de un tronco común.


Debiéramos estar más en disposición responsable; sobre todo, para repensar los modelos de crecimiento y desarrollo económico que nos han llevado a una degradación ambiental y a que la población, en su conjunto, no se ponga al servicio de la persona humana. Hay que reducir las desigualdades, combatir las exclusiones y aislamientos, romper cadenas que nos esclavizan en definitiva. Esto implica invertir en la ciudadanía, para que todas las personas gocen de una calidad de vida que les permita avanzar, desde la diversidad y los progresos. En consecuencia, uno de los grandes compromisos que debe ser examinado y reconducido es el de la justicia social. Una vida plenamente humanitaria, dentro de los abecedarios naturales del vuelo que nos encarrile, quedará asegurada familiarmente, cuando los recursos tengan una distribución equitativa. De lo contrario, fomentaremos atmósferas ilícitas, con un crecimiento demográfico que se concentra cada vez más en los países más pobres, cuando en realidad debemos trabajar todos unidos, sin fronteras ni frentes que nos dividan, reconstruyendo un futuro en saludable vecindad.


Mal que nos pese, en este orbe interconectado y globalizado como jamás, tiene que retornar el germen de la célula hogareña a nuestros movimientos, dentro del marco de una firme jerarquía de principios y valores, que nos lleven a alcanzar un nivel de exigencia conforme con la moral de hacer familia humana, o sea, de generar humanidad vinculada entre sí. No hay mayor progreso que hallarse y reencontrarse con sus propias raíces. Seguramente, entonces, los países de ingresos altos y medios-altos, actuarían de otro modo, cuando menos con patrones de consumo y producción más eficientes en el uso de los recursos y menos contaminantes. Desde luego, tenemos que establecer en los países menos favorecidos la manera de crear las condiciones económicas y técnicas que les permitan asegurar por si mismos la alimentación a sus moradores. El problema de la miseria del mundo está ahí, en esa sociedad excluida, mientras otros lo dominan todo y dirigen esta evolución a su antojo. Ante esta triste realidad, únicamente aquella política de acatamiento general e inteligente, no pecará de ignorancia y ayudará a mitigar el cambio climático, al tiempo que sabrá solidarizarse y garantizar el acceso colectivo a alimentos seguros y suficientes.


Los beneficios de invertir en el capital humano de los desfavorecidos, con mayores oportunidades de educación y empleo decente, han de contribuir a que ese manantial de desigualdades se achique y aminoren también los conflictos. Poner paz es también un cometido que tenemos que llevar a buen puerto. Cada día son más las poblaciones golpeadas por las guerras y la violencia. Es cuestión de que todos trabajemos por un planeta más fraterno y justo. Así, los gobiernos han de centrarse en el bien colectivo, en dar respuesta benéfica a tantas gentes abandonadas por el sistema. También hay que proveer de un nuevo sentido a la economía, no puede continuar tan solo del lado de los poderosos, para sus particulares intereses y crecimiento. Necesitamos reorientar producciones y no desperdiciar recursos que son de todos. Además las religiones cuentan con recursos para favorecer juntas el progreso de una alianza ética que promueva el respeto y el cuidado de la creación. Sea como fuere, tenemos que activar la creatividad en la construcción de un futuro saludable y pacífico, siendo sensibles a la voz de los marginados y comprometiéndonos, cada cual desde su misión, para idear un espacio diferente, con el valor de sentirnos rama de un tronco común.



La unidad de la familia humana debe hacerse realidad con ese destino poblacional genérico. Al fin y al cabo, todos somos responsables de lo que sucede en cualquier rincón del globo. Naturalmente, no todo ha de supeditarse a un marco legislativo adecuado y neutral, sino también a la calidad humana de cada ciudadano, al compromiso perseverante de toda persona a trabajar globalmente, consciente de un cumplimiento cooperante. En este sentido, nos alegra infinito que América Latina avance en el reconocimiento de la sociedad del cumplimiento y de la igualdad de género. La XV Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe, concluyó recientemente con una clara apuesta por crear políticas que reconozcan y ayuden a ejecutar el derecho de las personas a cuidar, a ser cuidadas y a ejercer el autocuidado sobre la base de los principios de conformidad, universalidad y corresponsabilidad. En un mundo lleno de conexiones, cuesta entender que perdamos el sentido de la consideración hacia nuestro propio análogo y aún sigamos con el desafecto entre manos. Las inmoralidades del mundo y de la historia se curan, no con más leña al fuego, sino con más abrazos conciliadores y con otro aliento reconciliador. No olvidemos que somos todos corresponsables. Lo subrayo.

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