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​Escena del "guiso de humanos" de la novela «Mundo al revés: Origen»

Fragmento del capítulo 5: "Comida familiar"
Ángel Padilla
viernes, 1 de julio de 2022, 10:27 h (CET)

Portada mundo al revés origen junio 2022


Publico libremente en este espacio que me permite el diario, un fragmento de la novela Mundo al revés: Origen, para invitar a quien la lea a que adquiera el libro completo, publicado por Sportula en 2019 y que resultó finalista del Premio Ignotus a la Mejor Novela Corta. Hace un tiempo di a publicar en este mismo medio la primera página de la novela. Ahora los lectores del periódico podrán leer un fragmento del capítulo "Comida familiar", donde el caballo de ex-arrastre Tom reflexiona con el gorila Vuelca sobre la posición nueva de poder de los animales liberados en el mundo (los animales no humanos gobernando el orbe, esclavizados los animales humanos) y sobre todo ante su nueva y única dieta, constituida de humanos cocinados y guisados de todas las formas posibles.


FRAGMENTO DEL CAPÍTULO 5 DE 'MUNDO AL REVÉS: ORIGEN', "COMIDA FAMILIAR"


Golpes como de patadas en la puerta de la calle.


—Índigo, mi amor, abre, cariño, será Tom. Ese viejo bruto nos va a tirar un día la puerta abajo con sus patazas de roca —dijo Térrea.


Era Tom, con su humana guía.


—Ya huelo el manjar, Térrea —dijo Tom. Y relinchó satisfecho, en tono descendente y lindo, como si tuviera una rueca en su garganta.

—Gracias, Tom —sonrió Térrea—. Con invitados como tú, da gusto guisar asilvestrados.

—Ah... que son... humanos... otra vez... —dijo Tom, poniendo mucho cuidado en sus palabras.

—¿No te gusta la carne humana, viejo caballo? —gruñó Vuelca desde la despensa y salió a la luz limpiándose las manos de sangre en un enorme trapo blanco que le colgaba del pantalón vaquero.

—Oh, por supuesto, Vuelca... Y si es carne de humano Jinete, cocine como se cocine, siempre me resulta una delicadeza; a esos me los zampaba hasta crudos y sin despiojar —dijo Tom, mientras tomaba asiento ante la mesa.


Índigo y su madre reían. Tom y Vuelca siempre abrían la conversación de la comida discutiendo, era casi un ritual familiar.


Tom era ciego. La humana guía le indicaba mediante estirones en la ropa dónde estaban las sillas y los objetos, para esquivarlos o usarlos. La forma en que Tom se sentaba era hilarante. Él mismo lo sabía, y lo teatralizaba aún más. Había tres sillas sin respaldo que la familia colocaba juntas pegadas a la pared, únicamente para las visitas de Tom. Más culo del caballo quedaba fuera del asiento que dentro; completaba la fijación con la espalda apoyada en la pared y la barriga contra la mesa —que ya su guía comenzaba a acercarle lentamente—. Los caballos comían de pie en mesas más altas; Tom decía que aquella era su única manía, y debía respetársele. Aparte de ser muy pulcro y ceremonioso, nunca se sabía hasta qué punto iba la cosa en serio en ello o cuándo comenzaba a sobreactuar.

Tom fue durante toda su vida un caballo de arrastre, primero de joven fue usado en los arados, por amos humanos. Luego, cambió de empleo y arrastraba calesas, por calles y jardines. De la antigua ciudad.


El jaco apoyó las patas delanteras en la mesa, resopló; miraba a la humana guía con atención de relojero, los grandes ojos verdes desde detrás de unas diminutas gafas de montura de metal con uno de los cristales roto; el cuerpo, marrón desgastado, también como raspada su piel en varios puntos, viejo caballo sabio. Su guía le colocó una servilleta alrededor del cuello de la camisa a cuadros negros y naranjas.


—Esta un día me caso con ella, cada vez está más guapa.

—¡Qué cosas tienes, viejo corcel! —rio Térrea—. ¡Si no la ves!

—Pero la siento. —Cambió dramáticamente el tono con rapidez, severo—. Cuando perdí la vista hubo un periodo de confusión enorme. Cuando se ve, se ven unas cosas; pero cuando ya no se ve, otras cosas son las que se ven. Ese golpe tremendo en mi cabeza por la tozudez del calesero, quería llegar más pronto que nadie, era una boda, y todo se desmoronó, y yo caí... Al tiempo, he ganado otras cosas, ahora veo las almas...

—¡Pues vaya bobada, Tom! —expresó Vuelca—. Es una esclava. Los humanos no tienen alma.

—Está bien, está bien —intervino Índigo—. ¡Quiero comer! — Y golpeó la mesa con el puño.

—Este ha salido a ti, Vuelca. Podrá derribar árboles.

—Me conformo con que aprenda bien el arte de la caza, y se cargue bien a los asquerosos ex-amos, y ya va en camino —contestó Vuelca orgulloso.


Térrea, ayudada de dos esclavas humanas que, mediante palmada que dio, salieron de una habitación, fue trayendo las bandejas con la comida. A Tom le puso una pierna entera, de mujer, al horno y rodeada de patatas y una salsa con hierbas que verdeaban la pierna con un aspecto inmejorable. Para darle más importancia, le había puesto el zapato al pie, un zapato rojo de tacón, en el acabado del emplatado. Índigo recibió un brazo, cortado en dos trozos, la mano hasta el codo y del codo al hombro, mucha patata y abundante verdura, zanahoria, pimientos amarillos. Vinos en el centro de la mesa, tres o cuatro botellas y jarras de agua fresca. Para ella, una pata como a Tom, pero en el emplatado de la suya dejó el pie desnudo, cortados los dedos separados del pie a un centímetro cada uno, y entremedio de cada dedo, sendas rodajas de nabo y apio, hojas de laurel y perejil en abundancia. A Vuelca las esclavas le trajeron entre dos la larga bandeja con el otro brazo y el cerebro de la humana cazada, regado con salsa de vino blanco a las finas hierbas; en el centro de la bandeja, y sobre todo ello, la careta de la pieza, perfectamente colocada como si una vida mirase a los comensales, por ojos le había puesto en las cuencas, dos cerezas rojas. Rezaron el Ella Verde, se persignaron formando en el aire con los brazos el signo de las ramas al viento y comenzaron.


—Dom —dijo masticando ya el brazo de la humana Gorila padre—. Tom, viejo ’migo. Y dinos, tú sabrás algo sobre ese caballo, de entre los últimos prófugos, Paulus, dónde egtará.


Comía muy rápido rasgando el brazo femenino con los enormes dientes y colmillos y casi no se le entendía al hablar. Tom andaba masticando con morosidad lo que la humana esclava guía le iba dando con un tenedor, en el hocico, como a un niño.


Guardó silencio. Pidió más vino a la guía. Que le fue volcado con abundancia en el hocico. Entonces, guardado ese silencio poco comprensible para alguien tan parlanchín como él, dijo:


—Hay cosas... Son... hay cosas.... que están pasando, amigos. Yo ya soy viejo. Yo... quizá no sepa nada; no soy como otros, que han vivido en casas de humanos en el anterior mundo y aprendieron más cosas, este rocín cansado no sabe grandes cosas del mundo. Pero veo... ya sabéis, con el corazón veo...


Continuó:


—Algunos de los míos... no están bien del estómago. Ha habido, incluso, muertes. Una, sin ir más lejos, el otro día en el prado, un jovencísimo caballo blanco que vino corriendo y de pronto cayó, se le había parado el corazón. Estas cosas... no sé qué decir... Hay cosas que cuando estábamos en la etapa en que algunos de nosotros aún éramos libres... yo lo recuerdo, antes de ser caballo de tiro y arreo, en mi más tierna juventud... se sentía todo distinto, se notaba el mundo distinto... Nuestro interior, era distinto.

—Afloja ya, viejo —dijo Índigo, mientras tomaba un gran trago de vino para saciar la sed pues, ya tenía casi devorada su comida por completo.

La mascota cantante había despertado, le resbalaba un borbotón de sangre de la boca. Vuelca debió de darle un gran golpe. Estaba otra vez de pie, apoyada en la pared y estiraba los brazos como interpretando. Tarareaba... como un canto de miedo...

«Mmmmhhh,... Mmmmuuu... uuuUUu... mmmMMm...»

—Dice la familia ecuestre que ese Paulus quiso volver al origen. Y... quizá..., quizá tenga derecho.

—¿De qué estás hablando, viejo loco?

Vuelca cogió la careta de la mujer cocinada con las cerezas por ojos, simuló burlarse de ella y comenzó a devorarla, como si la besase primero, y luego le comió los ojos y la frente...

—Térrea, querida, tú puede que entiendas mejor. Algunos de los míos... parecen estar enfermando, se notan cansados, y los pensamientos, no discurren tan bien como debieran... Quizá sea esta dieta nueva..., no lo sé...

—¿Comemos hierba, anciano? —bramó Vuelca—. ¿Bajamos la guardia? Hierba... ¿ligera? ¡Ahora que todo está en su sitio! Debemos alimentarnos bien. Aún no está todo ganado, recuérdalo, Tom... Todavía no tenemos ganada del todo nuestra libertad ni mucho menos la de nuestros hijos. Los humanos aún están a tiempo de rebelarse. La alimentación, debemos protegernos frente a posibles represalias... ¡las hierbecitas no levantan guerreros!

—¿Rebelarse? —farfulló Tom, escupiendo parte de la carne a trocitos de su hocico. La humana guía lo limpió cuidadosamente.

Silencio duro. La cantante tarareaba aún, pero casi no se oía.

—¿Rebelarse? —repitió Tom—. ¿Cuántos? ¿Cuántos son? Y ¿dónde se encuentran? Esto es ridículo! Hablamos sin saber. ¡Mundo 2, Mundo 4! ¡Todo lo que conocemos proviene de los leones! ¡Ellos son toda la prensa! ¡La historia del mundo moderno ha sido creada y contada por Leodoro!

—¡Calla! —explotó Índigo—. Ni el respeto que te debo por tu edad me hará consentirte tamaño atrevimiento. ¡Leodoro el Grande, Máximo y Celeste, Invicto y el Más Sabio, no se nombra en vano! ¡Él y sus arcángeles felinos nos devolvieron a la libertad, está escrito en todas las hojas de mundo nuevo!

—No... niego —comenzó a explicar, muy nervioso, Tom—, comprended, no desdigo a Leodoro. Yo mismo... le tengo fe. Esto que quede muy claro. Solo digo que tú, por decir de alguien —señaló con el casco de la pata derecha a Térrea—, solo sabes de Mundo 3, y probablemente de los alrededores de esta casa, donde tu maridito te tiene como una reina encerrada.

—¡Así somos los gorilas, Tom, no contemples otros hogares con tu vara de medir de caballo! —dijo Vuelca.

—Lo sé, lo sé. Pero vengo a referirme a que lo que sabemos, y desde hace años, del mundo, es contado por... otros.

—Es... toda la verdad —intervino Índigo—. Están los Mundos Libres, numerados. Luego están las lindes, donde aún vagan humanos asilvestrados, sin capacidad ni fórmula de agruparse y plantarnos cara. Y, finalmente... sí, está la Zona Prohibida. Pero... si hubiera todo lo que aseguran que hay allí, borrachos y agoreros sin oficio ni beneficio, ¿por qué todavía no nos han invadido otros que no seamos los animales nuevamente liberados, dueños de todos los mundos libres?

—¿Una solo? —dijo Tom—... Se habla... de más lugares... que deberíamos... temer.

—La más importante —contestó Índigo—. Justo ayer, en la escuela animal, el profesor Alce de Nieve nos contó sobre ello.

Térrea y Vuelca miraron con interés a su hijo, no por lo que fuera a contar, sino por averiguar cuanto antes qué demonios podría haberle contado ese profesor chiflado, que el otro día les habló a los niños de las estrellas y su influencia en las savias animales...

—Hay —prosiguió Índigo— una única y la más importante Zona Prohibida. Para llegar a dicha zona no hay mapas, pero por sentido común, nos dijo, todos los jóvenes deben inferir dicho lugar tenebroso del que se cuenta que quien ha marchado allí solo ha ido...


Está lejos, muy lejos, de los diez mundos libres. Cuando ya no quedan extrarradios reconocibles entre mundos animales y mundos animales, y lejos de todo esto, incluso nos dijo que la espesura comienza a cambiar, que todo empieza a verse distinto, se nota en el aire, se respira, y en cómo sienten los pies el suelo que se pisa. Se sabe enseguida cuando uno ha llegado allí.


»Después, hay otros lugares que también se ha anotado que podrían ser... prohibidos, entendiendo esto como no recomendable encaminarse a ellos, más pequeños en envergadura, pero ignotos, peligrosos al fin. Y luego, claro, está la gran metrópolis, al este del sol naciente y a unos cien días de camino de todas nuestras tierras animales.


—Hicimos bien nuestro trabajo —dijo Vuelca—. En las derruidas ciudades viejas solo hay cascotes, cucarachas gigantes, buitres grises y... ¡nada más!

—El profesor nos advirtió de que podrían aún quedar zonas allí...

—¡Mañana mismo iré a hablar con ese profesor idiota! —chilló Vuelca descargando sus puños en los maderos de la mesa, que tembló tanto que algunas frutas rodaron al suelo y las copas chocaron sus vidrios y se rompieron.

—Olé, oléee —cantaba con claridad la cantante; había tragado su sangre y se había recompuesto algo; la niña estaba semidesnuda, solo tenía puestas unas braguitas muy sucias y rotas e iba descalza, y el tiempo era malo. Pero el vendedor lo dijo bien claro, los cantantes humanos han de tener mala vida para que sus voces tengan más y mejores registros, a la altura de los oídos de los que amamos la música.

—Leodoro lo desmiente —afirmó Vuelca—. Leodoro en sus discursos y en sus Encíclicas pasadas de cebra a cebra, de lobo a lobo, para que sean conocidas por los mundos, asegura que no hay grupos importantes de humanos ya en ningún lugar del orbe; que Todo está bajo control, hijo.

—Ojalá, padre. A veces sueño con cadenas...

—¿Qué? Si tú no has conocido aquello...

—No sé —encorvó los hombros Índigo—. Me veo dentro de una jaula, encadenados los pies y me despierto muy triste y como muerto.

—Ahora ya... debo irme —dijo Tom, mientras se levantaba y la humana guía lo conducía hacia la puerta.

—¿De verdad crees, viejo loco, que podríamos vivir comiendo hierba y frutos secos? —le preguntó Vuelca a Tom.


Vuelca de pie, gigantesco, marmóreo, con la cabeza alta; su voz era fiera, más fiera que amigable. Y no era tanto una pregunta como una afirmación. Y no tanto había en su voz una protesta a la conversación que habían tenido sino una petición de una mayor explicación, una súplica de una mejor explicación. Tom le dirigió la cara bella de caballo viejo, la elevó con dignidad, Vuelca agachó la suya y Tom salió, en silencio. Toc... Toc... Toc-toc. Se cerró la puerta de la casa.

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