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Charlotear

​Hablar por hablar, no sirve para entrar en el meollo de los asuntos importantes
Rafael Pérez Ortolá
domingo, 30 de mayo de 2021, 13:43 h (CET)

Es raro que las habilidades nos den para remedar al genial Charlot, qué más quisiéramos, pero no van por ahí estas líneas. Solemos deleitarnos con las charlas intrascendentes, en ese parloteo consuetudinario de difusión universal; atrevido por abarcar cualquier asunto sin remilgos, al limitarnos a los tratamientos superficiales, alejados por lo tanto de los compromisos. Abogamos por la escueta necesidad del habla, depués ya se verá la entrada en razonamientos. Si acaso, vendrá la discusión sobre el encumbramiento de tamaño PARLOTEO. Mucho se ha escrito sobre su escaso fundamento, injustificado si miramos a donde conduce. Bien está, pero tratamos de una de las necesidades básicas.


La formación educativa abarca innumerables facetas, excede la de las instituciones clásicas, hay cursos para cualquier actividad y los espacios virtuales extienden las áreas de aprendizaje. Las correspondientes GRADUACIONES ratifican el aprovechamiento de dichas labores. Es evidente la diversidad en el panorama calificador, demostrativa de magníficos trabajos o devaluada por su misma dejadez en los procedimientos. Aunque resuena como estulticia negligente el desprecio de los saberes en un doble sentido nefasto, muy difundido en la sociedad actual. Considerando aquel grado adquirido como un demérito y alardeando de su obtención fraudulenta, con aires muy populistas.


La tranquilidad se pierde por numerosas rendijas. En cuanto intentamos conocer las venturas y desventuras mundanas, pronto percibimos las dificultades; a pesar de presumir de medios o de profesionalismos. ¿Dónde captar ese mínimo de realidad independiente de las querencias manipuladoras?¿Las HEMEROTECAS servirán para algo constructivo? Quizá nos quede la tarea de recordar, más que de aprender, al verdadero retorno del volver a empezar; porque cada individuo es un mundo indelegable, expuesto y dispuesto a emitir respuestas coherentes al hilo de su discernimiento. Nadie dará esa respuesta hecha. Las renuncias sólo degradan las experiencias.


En muchas ocasiones parece que miramos los eventos con lentes distorsionadas. Contemplamos determinados efectos nocivos, incluso los denunciamos con aspavientos; mientras dirigimos la mirada hacia otro punto o cerramos los ojos a la hora de examinar las posibles causas de aquellos desarreglos. Algunos son verdaderamente desastrosos, incompatibles con los mínimos rasgos humanos. Me centraré en los ABUSOS de unas personas inclementes en diferentes sectores. En torno al sexo, sobre todo en mujeres o niños, con rasgos de depravación. Pero no olvido los derivados del entorno político ni tampoco los de origen legislativo por la amplia repercusión y su irresponsabilidad.


Y como decía, hago hincapié en el revuelo natural ante los desatinos; pero con el lamento por la escasa atención prestada a las CAUSAS de los mismos, es frecuente la aparición de disculpas e incluso defensas entusiastas de algunos procedimientos causales. Suele olvidarse la responsabilidad de los legisladores apoltronados, cuando su permisividad facilita las conductas impropias, favoreciendo a los infractores en perjuicio de los sufridores. El ejemplo de las intervenciones políticas en torno a prebendas de diverso tipo agranda la disgregación de las normativas proclamadas. En cuanto a los más débiles asaeteados por los abusos, la ligereza costumbrista diluye las responsabilidades.


Según como los valoremos, los comportamientos habituales son complejos en grado superlativo, o bien de un armazón sencillo. A cualquier asunto al que nos acerquemos, en especial si en él intervienen varias personas, le sobran matices y recovecos para volverlo inaprensible en su totalidad. Incluso las resoluciones judiciales apenas alcanzan algunas pruebas efectivas. Por eso sorprende la grandilocuencia facilona de los abundantes ENJUICIAMIENTOS expuestos a diario en los grandes medios de difusión; cualquier persona proclama con facundia rotundos pronunciamientos, disfrazando de juicioso lo que no pasa de opiniones desprovistas de las ratificaciones necesarias.


Las pinceladas históricas enmudecen ante las sucesivas vaharadas del inmenso progreso; los avances nos sorprenden con el rápido desarrollo de los eventos. Los adelantos adquieren rasgos impensables, ni los soñábamos hace poco. Sin embargo, como paradoja frustrante, también se incrementan los problemas, algunos con increíble mal fario. Sorprendidos, sí, pero algo falla en la evolución de semejante progreso. No es suficiente con la gestión de los líderes o las organizaciones pergeñadas. Uno de los fallos lo situaría en la actitud ciudadana muy extendida de hacerse el DESENTENDIDO, para que les vayan solucionando las cuitas; sin parar mientes en el cuidado diario de las buenas cualidades.


Un recurso de uso frecuente, al menos dialéctico en el debate sobre conflictos comunitarios, consiste en mencionar a la educación como manantial de las soluciones. Se argumenta frente a los malos tratos, violencia, medio ambiente deteriorado, hábitos saludables, seguridad vial; aunque después de numerosos planes educativos no se vislumbran las soluciones. Vienen bien las mejorías en este campo, no perjudican, pero no van al fondo de la cuestión; sobre todo cuando se pierden  de vista los objetivos de una educación INTEGRAL, atenta al conjunto de la persona con sus emociones, necesidades, cualidades, conocimientos, vida social. Aún con ella, no hay garantía de nada, somos más complicados.


Aún están por explicar las verdaderas raíces de este recorrido mundano rondando la tragedia, aderezado de triquiñuelas y desplantes. Algo pringoso nos apaga los murmullos vitales. En los ambientes, las oscuridades tenebrosas plagadas de turbios comportamientos, constituyen la experiencia cotidiana. Por eso destaco en ese fondo deprimente el DESTELLO minúsculo, pero potente, que ilumina los rasgos ilusionantes del sentimiento bondadoso, de la franqueza, la ternura, compartir la paz en la mesa, aportar buenas colaboraciones y participar en la ascensión imparable desde el amanecer al atardecer inevitable; como la mejor manera de combatir la ofuscación de las ideas.


Ante el desconcierto originado por motivaciones inexplicables, nutrido por un sin fin de experiencias insatisfactorias; aparece como habitual la respuesta delirante de mantenerse en la rueda de esos desajustes. En un ámbito social a la vez oculto y demasiado evidente, prolifera el MALDITISMO de introducir nuevas espinas en la ya de por sí ajetreada convivencia con una tenacidad inaudita.


Las dificultades son obvias, se comprende la sucesión de malos tragos; no extrañan las trapisondas asociadas al desempeño de las actividades humanas. Pero sí sorprende la escasa disposición a mantener encendidas las luces del citado destello. ¿POR QUÉ? El interrogante descubre sin duda los trasgos ponzoñosos, pero no resuelve el poco interés por mantenernos alejados de su influjo pernicioso.

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