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Opinión
Etiquetas:   Antropología   libertad   Filosofía   Ser humano   Vida  

​Antropología y sentido

El sentido de la vida está en la realización de nuestros deseos o propósitos más profundos
José Manuel López García
sábado, 22 de mayo de 2021, 10:01 h (CET)

El estudio de la finalidad de la existencia  y del ser humano en toda su complejidad es una tarea inmensa, pero que es desarrollable en la denominada antropología filosófica. La libertad y la naturaleza humana así como la orientación de la vida y el análisis de las enseñanzas de las ciencias humanas y naturales forman parte también de la investigación antropológica.


La convivencia en sociedad es objeto de reflexión antropológica con todas las consecuencias derivables desde una amplia perspectiva filosófica. La antropología filosófica se expresa en el pensamiento socrático o en lo que propone también Platón. Aristóteles sostiene que el ser humano es una sustancia compuesta de alma y cuerpo. No cree en la inmortalidad del alma humana individual después de la muerte. Es un filósofo realista y empirista.


Si se considera la filosofía existencialista se puede afirmar que el hombre es un ser indeterminado que dispone de una gran libertad para ir construyéndose a sí mismo a lo largo del tiempo.

Desde la perspectiva del naturalismo o monismo antropológico el ser humano es un animal más desarrollado y evolucionado en comparación con otros animales de otras especies que pueden ser considerados irracionales ya que no disponen de una inteligencia abstracta como la propia de la especie humana.


También es pensable una tesis esencialista o dualista que establece la separación radical  por causa del raciocinio en los seres pensantes en relación con la irracionalidad animal.

Desde una interpretación o comprensión integral de lo que es, en realidad, el ser humano se destaca el valor de la historicidad y de la apertura al mundo a través de los proyectos  en la vida humana desde un análisis hermenéutico crítico.


Como escribe Josep Maria Esquirol «Ser humano no significa  ir más allá de lo humano, sino intensificar lo humano, profundizar en lo más humano:  ahí está lo más valioso». Es  cierto que las personas buscan realizar las acciones más beneficiosas tomando como base la vida, la muerte, el yo y los otros y el mundo.


El cambio tecnológico del mundo no debe laminar los procesos de reflexión y potenciar la banalidad y las actitudes superficiales y exclusivamente consumistas y materialistas. Aunque esto es lo que se está observando en una parte de la sociedad. Y los gobernantes están obligados moralmente, al menos, a tomar decisiones que acaben con la injusticia y la falta de equidad, desde una perspectiva política y de  un modo inmediato, sin postergar las soluciones para dentro de treinta años, por ejemplo.


La vulnerabilidad forma parte de los seres humanos. Todos somos vulnerables ante el transcurrir del inexorable tiempo. Nuestra condición finita es, precisamente, lo que da más fuerza a la vida de cada sujeto que construye su propia existencia.


La identidad del yo, aunque permanece, es  también dinámica, porque somos el mismo y a la vez cambiamos con el avance del tiempo. Es la aparente contradicción causada por la experiencia de la vida y por las acciones tomadas.


La impredecibilidad del futuro es algo consustancial a la existencia individual y también es cierto que no se pueden conocer todas las posibles consecuencias de las decisiones adoptadas. Esto forma parte de la contingencia y del azar de la realidad humana y es algo inevitable.


Indudablemente, la vida puede intensificarse con un mayor contacto con el mundo. También es posible aumentar la sensibilidad y esto supone vivir con más profundidad unida a una reflexividad autoconsciente sobre lo que sentimos y deseamos.


Es verdad que como escribe Esquirol en su libro Humano, más humano «A la herida de la vida cabe llamarla gusto; a la del tú, amor; a la de la muerte, angustia; y a la del mundo, asombro». Desplegar una gran pasión por la vida y por una plena realización de nuestras potencialidades es lo que cabe esperar para llevar una vida buena. Se trata del logro del florecimiento personal en el sentido de la eudaimonía  aristotélica.


El sentido de la vida está en la realización de nuestros deseos o propósitos más profundos desplegando con la máxima intensidad: fortaleza, energía,  perseverancia e inteligencia. Intentar alcanzar nuevas metas o logros es algo que está en coherencia con nuestro ser que es perfeccionable.  Esto está directamente relacionado con una perspectiva positiva y esperanzada ante el presente y el futuro. Ambos pueden ser entendidos en el marco de una vida considerada como una gran aventura ilimitada en principio. 


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