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Opinión
Etiquetas:   Filosofía   Religión   Digitalización   Metaforismo   Cristianismo  

Desierto metafórico

El silencio se ha convertido en un enemigo que debe vencerse permaneciendo continuamente conectados a una fuente de sonidos
Octavi Pereña
martes, 13 de abril de 2021, 03:39 h (CET)
Joan Planella arzobispo de Tarragona comienza su escrito El móvil y el desierto con este párrafo: “Oí en cierta ocasión en boca de un profesor de Esade que la búsqueda de información antes de la era digital se parecía a un beduino del desierto, porque costaba mucho encontrarla, y los medios eran escasos, ahora, en cambio, se parece más a una jungla porque de tanta que tenemos se hace difícil saber cuál debe escogerse”. El mundanal ruido, metafóricamente la jungla, situación que nos impide concentrarnos y así saber separar el trigo de la paja para quedarnos con la información verdaderamente importante. Metafóricamente tenemos que salir de la jungla para adentrarnos en el desierto, también metafórico, que nos aleja del mundanal ruido, para rodearnos de silencio tan necesario para poder encontrar la información que es esencial para encontrar el camino de la vida. 


Las lianas trepadoras tan abundantes en la jungla, dificultan el paso. Es necesario salir de la jungla metafórica en que se ha convertido la sociedad actual. ¿Por qué? James Williams que fue ingeniero de Google nos dice el motivo: “La digitalización compulsiva de nuestras opiniones empobrece el debate público y nuestro cerebro. Juzgue lo que se publicaba en Twitter y lo que se publica hoy… Lo que leemos y lo que escribimos a golpe de tuits instantáneos, hoy tiene menos sentido que lo que leíamos y reflexionábamos antiguamente sobre el papel con más tiempo”. Dirigiéndose a su entrevistador James Williams le dice: “¿Negará la evidencia?”El que fuera ingeniero de Google le dice al periodista que el ritmo frenético digital en que estamos inmersos degrada el cerebro. El reportero no se lo cree y le dice. “¿Y si resulta que agiliza nuestra mente? El ingeniero le responde. “Para hacer cualquier cosa que merezca la pena en tu vida se necesita prestar atención y la digitalización -pantallas ubicuas a todas horas- nos la roba. No nos deja tiempo para pensar”. 


“Para hacer cualquier cosa que merezca la pena en tu vida se necesita prestar atención”. El vértigo que nos impone la manera de vivir hoy no deja tiempo para hacerlo. El estilo de vida moderno nos marca un ritmo apresurado que nos hace sacar un palmo de lengua. El Take away que ofrecen la mayoría de cafeterías y bares, ilustra el ritmo de vida trepidante de hoy. Urge adentrarse en el desierto metafórico para dejar atrás también la estremecida jungla metafórica que nos lleva a ninguna parte.


En momentos puntuales, encontrándonos en situaciones incómodas, nos preguntamos: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? A estas preguntas que tienen que ver con nuestra esencia como personas no se les puede dar respuesta satisfactoria a golpes de Twitter. Tenemos que sentarnos. Tenemos que desconectar cualquier chisme tecnológico de la comunicación y convertir el lugar en que nos encontramos en un desierto metafórico en el que el único sonido que se oiga sean los latidos del corazón.


Ya hace más de dos mil años que Jesús puso de manifiesto la importancia de abandonar la jungla metafórica para adentrarnos en el desierto de la misma característica cuando enseñó cómo relacionarse con el Padre celestial. Existe algo más importante que saber cómo entrar en contacto íntimo con nuestro Creador y Padre de nuestro Señor Jesucristo y salvador nuestro?


Los religiosos que se encuentran confinados en la jungla metafórica y se encuentran a gusto en medio del ensordecedor mundanal ruido, lo hacen de la manera desordenada que denuncia Jesús. “Y cuando ores, no seas como los hipócritas, porque ellos aman orar en pie” (como lo hace el fariseo de la parábola), “en las sinagogas, y en las esquinas de las calles, para ser vitos de los hombres, de cierto os digo que ya tienen su recompensa” (Mateo 6: 5). La manera de orar farisaica adentra al orante en la espesura de la jungla en donde en vez de oír los melodiosos sonidos de los pájaros, escucha los ensordecedores aplausos y alabanza de quienes contemplan tan piadosa (?) devoción. En vez de escuchar el silbo apacible que le susurra al oído, escucha el clamor ficticio de la multitud que alaba su teatral piedad.


Quienes deseen en verdad abandonar la jungla metafórica para aislarse en el silencio del desierto metafórico para encontrarse con el Padre celestial, lo hacen de la manera que enseña Jesús: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público” (Mateo 6: 6). El Padre que es omnipresente se introduce en la habitación en la Persona de su Hijo Jesús que le dice: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6: 37). Quien busca a Dios en el silencio metafórico del desierto siempre tiene su recompensa: Sale por la puerta de la habitación con el corazón rebosando gozo.

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