El sábado pasado no cogí en la estación de Miraflores el Canfranero de las 6:49, lo abracé. Al llegar a Canfranc, hice autoestop y me dejaron en el parking de Anglasé, en donde comienza la senda que por el valle de Canal Roya lleva a los ibones de Anayet. Nada más principiar el camino, me encontré con Antonio retrepado en una roca como un buda asiendo apuntes para una revista. Antonio era un montañero y escritor que estaba peregrinando por la GR 11 en solitario desde Ansó. Estuvimos departiendo por un lapso de tiempo y lo dejé con su quehacer. Al llegar al ibón, el cielo estaba circunspecto, el aire no abría la boca y el lago era un cristal desconcertante. El acolchado suelo dejaba sin palabras mis pasos. Me Senté a respirar la orilla y libarme el Midi d'Ossau, (2.884 m) vertido en el vidrio. Comí, bebí, dormí y al despertarme, a lo lejos vi que unos chicos estaban descabalgando unas tiendas. Me acerqué a ellos y les dije que estaba prohibido acantonarse, que solo se permitía hacer vivac a 100 metros de los ibones, pero me ocasionaron caso omiso de mi aviso. Bajé a Canal Roya sobre las 19:30 y allí me encontré a Antonio haciendo vivac en el circo glaciar de El Plano de la Rinconada. Le saludé y le inquirí si le molestaba que vivaqueara por allí. A lo que me contestó que encantado. Y conversando, como las setas amanecieron las cabezas, narices y dedos de las estrellas por encima del burladero de la Vía Láctea. Las perseidas se divertían jugando al ping-pong en el infinito tablero bajo la bóveda estelar. Una tuna de vacas con sus cencerros y cantos, nos vinieron a dar la serenata. Yo les decía que no, que muchas gracias, pero ellas insistían y no quise ser descortés... En fin, entre las vacas y que el colchón estaba más duro las piedras, no parchee un ojo en toda la noche. Pero al día siguiente, me desquité en el bus de Jaca y el de Zaragoza. Fue todo tan bien y tan hermoso, que al despertar pensé ¿habrá sido todo un sueño?...
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