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Opinión
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​¿Qué cultura europea?

Nuestra sociedad, aparte de hedonista, es bastante narcisista
Luis Méndez Viñolas
viernes, 11 de noviembre de 2022, 09:02 h (CET)

Decía Paul Valéry que “la guerra es una masacre entre gentes que no se conocen para provecho de gentes que si se conocen y no se masacran”. La frase no es excepcionalmente original pero se corresponde con un periodo en el que la controversia tenía mayores vuelos que en la actualidad; no en balde fue un periodo cargado de historia: dos guerras mundiales, con sus correspondientes preguerras y postguerras; dos revoluciones sociales con trascendencia mundial; ascenso y caída de regímenes que podían o querían cambiar el mundo (para bien o para mal); descolonizaciones, literatos que eran filósofos, filósofos que eran políticos, políticos que eran intelectuales, aparte de los que no eran nada de eso, etc. No estamos diciendo que fuera una buena época pero sí más rica en esa mezcla que forman la teoría y la acción, el pensamiento y la actividad política y cultural; había un espíritu más dialéctico a pesar de que la mayoría de los pensadores a los que teníamos acceso fueran partidarios de la metafísica.


Lamentablemente, el fenómeno que podríamos denominar como cultura europea ha desaparecido. ¿Qué lo ha sustituido? Pues un híbrido --anglosajón principalmente, aunque no exclusivamente--, que por supuesto no es despreciable, pero que no tiene la suficiente potencia humanística como para sustituir en solitario a aquella cultura europea plurilingüe y universalista que nos ilustraba. Y esa sustitución se ha irradiado pobremente: sólo existen Shakespeare o Stephan King; no hablemos de Bernard Shaw, Christopher Marlowe, George Steiner o de Upton Sinclair, que a la mayoría nada nos dirán. Si se pone la radio no hay música italiana, francesa, alemana. Si sigues un concurso no hay personajes europeos. Y la cosa parece va a más.


Justo es reconocer que el gran potencial que tenían las humanidades y el arte en general, ha sido sustituido por el de la ciencia y la tecnología, de forma que el librepensamiento europeo, analítico y crítico ha sido sustituido por la sumisión económica y científica. ¿Decimos que no hay pensadores profundos y críticos? En absoluto, sino que ya no forman parte de nuestro acervo cultural cotidiano. Si descendemos al nivel de la calle ya no nos interesa el Becket de Jean Anohuilh, por decir alguna obra literaria filmada, sino películas con concentración de superhéroes, ya caducos para el papel asignado. No nos atrevemos a concretar nombres porque en estos tiempos de gran tolerancia no se puede criticar nada; diremos mejor, no se debe criticar nada porque lo univalente publicitado es perfecto.


Volviendo a la frase de Paul Valéry hay que puntualizar que es correcta, pero no omnicomprensiva; la guerra, sin que deje de beneficiar a unas minorías inmorales (que incluso venden a todos los bandos contendientes), tiene múltiples especies: guerras territoriales, de liberación, de ocupación, de recuperación, coloniales, comerciales –que también causan bajas y ay si no se detectan—; de religión –deberíamos leer sobre las cruzadas, tienen actualidad--; ideológicas, geoestratégicas, con el rasgo común de que no pueden ser soslayadas por el resto de la comunidad en cuanto ponen en juego su destino.


Romain Rolland, premio Nobel de Literatura y también crítico con las guerras, se lamentaba de que la Primera Guerra Mundial significara que dos gigantes culturales como Francia y Alemania enloquecieran y estuvieran dispuestos a destrozarse mutuamente. Quizás por estas cosas, y a pesar de su pacifismo, también sostenía que “cuando el orden es injusticia, el desorden es ya un principio de justicia”. Podría ser una respuesta indirecta al inmarcesible Goethe, que prefería la injusticia al desorden. O un reproche a aquellos que trataron de silenciar la razón con su poder. Como en otros tantos tiempos, el recurso al ostracismo fue aplicado. No obstante, recibió en premio Nobel de Literatura y múltiples autores practicaron su “no acepto”, divisa del autor. A la postre se demostró que aquella censura sólo sirvió para facilitar que quince, veinte millones de personas murieran.


¿Contradicciones en lo expuesto? Posiblemente, pero no hay menos violencia hoy y sí menos difusión crítica, a pesar de las apariencias; hay un evidente aplanamiento del pensamiento, que comienza por una gran desmemoria. Pareciera que el mundo acaba de ser inventado, sin ayuda de ningún ancestro. Así de suficientes nos mostramos la mayoría.


Bertolt Brecht, otro elemento importante del pensamiento europeo, sostenía que “la crisis ocurre cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”. Sería interesante reflexionar sobre la palabra crisis. Nada ha evolucionado o se ha hundido sin ella. Y salvo la de la revolución, no hay otra alternativa. Algunos querrían que viviéramos estancados en un presente inmutable para su único beneficio; pruritos quizás surgidos por carecer de esa historia tan necesaria. Brecht también decía: “Cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros”. Los intelectuales se han dejado vencer por los mercaderes. Estos, posiblemente sepan comerciar y crear riqueza con la cultura, pero no crearla.


La cuestión es que ese aplanamiento y ahistoricismo han provocado toda una serie de estereotipos que se reproducen y que deberían preocuparnos en cuanto llevan a una banalidad incapaz de resolver nada. Respecto a ella podemos recordar las palabras de Antón Chejov, todavía representado por quienes saben de teatro: “No hay nada más terrible, insultante y deprimente que la banalidad” o “Hay que hablar de cosas serias en serio”. Estas frases hay que encuadrarlas en su labor como médico rural en la cual no pocas veces se lamentaba por lo mal que vivían aquellas pobres gentes ¿Habrá que convenir con el demente Ivan Dmitrich, personaje principal de su cuento El Loco, en que “que la sociedad debe conocerse a sí misma y asombrarse de sus defectos” por lo que “es precisa la colaboración de todas las cabezas inteligentes”.


Esa Europa que en cierto sentido ha ido perdiendo universalidad para autoconvencerse de que es hiperbórea (Nietzsche) –es decir, que en su confusión se amputa la mitad de los miembros-- comienza a moverse como ciertos constructores venales en medio de unos restos arqueológicos. ¿Cómo aceptar que europeos llamen a parte de los otros europeos pigs, es decir, cerdos, sin que haya una ola de indignación? ¿Sabrán estos ilustres despreciadores quienes fueron los portugueses Camoens (que también escribió en español: “Hablad de castellanos y de portugueses, porque españoles somos todos”, o Pesoa: “Nunca he conocido a nadie a quien le hubiesen molido a palos./ Todos mis conocidos han sido campeones en todo/… Toda la gente que conozco y que habla conmigo/ nunca hizo nada ridículo, nunca sufrió una afrenta,/ nunca fue sino príncipe -- todos ellos príncipes-- en la vida”? ¿Conocerán a Giuseppe de Lampedusa (el tan actual gatopardismo) a Papini, (primero ateo, después católico) italianos? ¿Conocerán a Cavafis o a Kazantzakis, griegos, genéticamente inspirados en los clásicos, que por cierto, no eran vikingos? ¿Tendrán noción, aparte de los consabidos Cervantes, Galdós o Antonio Machado, de Alfonso X el Sabio, Antonio de Nebrija, Fernando de Rojas, Garcilaso de la Vega o Benavente? A pesar de que nos empeñamos en sembrar de tumbas anglicistas nuestro idioma ¿sabremos que el español es seis siglos más antiguo que el inglés?


Hoy no se valora la seriedad –más bien lo contrario--, pero no se puede pensar siempre en broma, por muy satisfecho y eufórico que se esté. Menos con una confianza imprudente; la profundidad suena a pozo oscuro o habitación polvorienta llena de documentos inútiles.


Cuando hablamos de Europa no es por una miopía eurocentrista, sino porque aquella Europa, a pesar de sus grandes errores e injusticias, era reflexiva y librepensadora. Prefería la novela de tesis, cargada de ideas incitadoras de más ideas (y no siempre verdaderas) al “thriller” que por lo abundante comienza a repetirse. Thomas Mann, otro de los grandes literatos europeos, tuvo la virtud de recorrer vitalmente diversos estadios del pensamiento; no en vano vivió dos guerras mundiales y sus preludios y desenlaces. Posiblemente estos cambios le llevaron a la siguiente reflexión: “A menudo los signos externos, visibles y tangibles, y los símbolos de la felicidad y del éxito aparecen cuando, en realidad, todo eso comienza a decaer; es más, no aparecen hasta entonces”. ¿Vio el futuro?


Otra de las particularidades es la de que el discurso ha sido sustituido por la música y sus letras, y los dirigentes y pensadores por estrellas del espectáculo. Incluso han pasado al Nobel. Pero una música que, en casos, ha provocado un libro que habría que leer: “¡Viva la música clásica, joder!”, con un espíritu no de sustitución, sino de complementación. Educados en la mejor música, lo demás vendría dado por sí sólo, agregando y cribando lo bueno de lo innecesario. Creemos que este es uno de los principales males que padece nuestra actual cultura. La de la unilateralidad, la del empecinamiento en unas tesis que no aceptan ninguna antítesis, y que por lo tanto impiden cualquier síntesis, que ese debería ser el ideal de todo ser humano con deseos de progresión cultural. 


Da miedo pensar en que será de nuestra sociedad cuando desaparezcan autores extraordinarios que son el último eslabón entre una cultura, que sí se entrelazaba con las anteriores, y la actual, bastante átona. Hoy, si vemos a miles de personas concentradas, no es para escuchar a un maestro; es que estamos ante un concierto o en una maratón. ¿Qué están haciendo con nosotros? Nuestra sociedad, aparte de hedonista, es bastante narcisista. Ignoramos las causas de ese “empoderamiento” tan extendido, o aparentemente extendido, pero recordamos otra frase, en esta ocasión de Victor Hugo: “De los sublime a lo ridículo sólo hay un paso”. ¿Abriremos finalmente los ojos o seguiremos magníficos sin enterarnos de qué pasa?

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