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Yace en la mente la sombra de la esperanza

Cuento
Bayardo Quinto Núñez
miércoles, 9 de febrero de 2022, 09:56 h (CET)

A lo mejor, era, pero efectivamente no lo es. En un aposento obscuro, derruido por el tiempo olvidado, era como estar en un profundo y nítido sueño. No eran cosas olvidadas, más bien era una noble invitación, para observar desde la ventana esa realidad, y erguido en la mirada don Pedro fijó la vista en la soledad y quietud de la madre naturaleza, al ver las flores, y dispersado cantar su himno mañanero, ver arboleda descolorida por la sequedad del tiempo.


La madre naturaleza, en esos instantes procuraba, agarrarse de las ramas como novios ó amantes, como aquellos amantes, que no desean separarse ni un momento. En tanto, la bondad del cielo azul inmaculado, con su matices de tiempo ido, daba una impresión sibilina.


No eran simples imágenes que se veían en aquel instante del momento tiempo. Puesno, era una notable y extraña sensación, que don Pedro percibía y sentía en los laberintos de su mente, de no sentirse presidiario y débil,con la esperanza rota e inválida, ó como estar postrado en una cama o sillas de ruedas que se hace cómplice, sin aliento, muda, sin ningún tipo de sonido de libertad, presuntamente en su aposento o cuarto olvidado.


Sin embargo, la memoria de don Pedro, continuaba otorgándole mucho más recuerdos, a pesar de todo, su invalidez no era, porque su validez estaba insertada en su mente, que abrazaba su ser aquellos brazos, elevándose con precisión y compasión por el espacio de ese cuartucho repleto de mucha sabia.


Mientras tanto, su esposa Matilde, con mirada inmaculada hacia el cielo nítido, limpio, despejado y protegido, respirando libertad, su mente la pedía trasladarse a un país lejano, para por lo menos así conocer más de esta proterva vida e imploraba a diario y que la vida desde su pobreza disfrutará, aunque fuese para retroalimentar la reconstrucción de su esperanza. No es un sueño. Es una realidad de realidades. Que, con derecho propio pasar las fronteras sin documento alguno no más su imaginación puesta en práctica desde su pobreza, para ir conociendo otras fronteras.


-Este es el sinónimo y antónimo, le exteriorizó Pedro a su esposa Matilde.


-Caro, la desnudez de la mente, la de los peces, y la del ser humano, en sus laberintos es el sinónimo de lo curioso e infatigable vaivén de las olas de nuestros pensamientos en lo tumultuoso de este tiempo y recovecos de nuestras ideas, que engrandece el alma en todas sus dimensiones -repuso Matilde-.


-Por supuesto, buenas, las malas se apartan, así como el pez se desliza sobre el agua, como el aceite creyendo que todavía no es tiempo de apresarlo, porque afuera se puede resfriar más que, en el comercio es un simplón, lo que vale la ocasión -respondió Pedro-.


-Debe ser o saber que, ante ellos, no se salva ninguna de las almas, ante los espíritus apiñados, ubicados en el entorno de las tinieblas de esos. Aunque todavía en el mundo habitable, es generosa la gracia de los cielos, que retorna su espléndida sombra, que habla por separado, aunque la sombra se haya separado de nosotros, su rostro es sublime y soberano, el otro es satírico y armado con ojos de rapiña sigilosamente. ¿Será sinónimo y antónimo? -inquirió Matilde a su esposo Pedro-.


Don Pedro y su esposa Matilde, tenían el corazón partido en cienes de pedazos, pero disfrutaban desde su pobreza y su mísera pensión, acompañados de un radio viejo, reparado como unas 20 veces, afortunadamente gratuito. Desde la sombra no de aquel aposento olvidado, sino de la sombra de su mente, que los retornaba a su hermosa realidad, donde pernocta todo un tiempo ido y venidero.

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