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​Lucía, Reina de los infiernos

Relato corto
María Beatriz Muñoz Ruiz
miércoles, 12 de enero de 2022, 08:17 h (CET)

En medio del infierno, las llamas devoraban las almas de los impuros, de aquellos que en la tierra dañaron a otros. Desde mi perspectiva el paisaje era hermoso, los gritos de aquellas almas eran un sonido grandioso con aroma a justicia, lástima que las victimas de sus maldades no pudieran ver que su mundo era injusto pero el mío era implacable.


Me llamo Lucía, otros me conoceréis con el nombre de Lucifer, pero… ¿recordáis que muchas veces se os ha dicho que los ángeles no tienen sexo? Pues veo incoherente que después de esa afirmación, reconozcáis a los ángeles como hombres, es raro ¿verdad? Bueno, no tan raro, el hombre le ha dado a todo, sexo masculino, quizás no pensaran que una mujer sería capaz de torturar almas, pero, sin embargo, acusan continuamente a la mujer de torturar a esos pobres inocentes que caen en sus redes.


No sé los demás, pero yo realizo mi trabajo como una autentica profesional, y pobre del que en vida hiciera daño a otro, ya sea hombre o mujer, porque el éxito de mi inframundo radica en esperar a esos estúpidos que son rechazados en el cielo.


Me encanta ser la reina de la oscuridad, lo que me cabrea es que cuando vienen a mi reino siempre llegan temerosos de Lucifer, pero no me importa, porque cuando comprenden su error, solo escucho mi nombre acompañado de suplicas y falsos arrepentimientos.


Si me estoy presentando es porque el otro día llegó a mi reino un alma algo particular; no porque estuviera injustamente aquí, porque reconoció su delito y no mostró un ápice de arrepentimiento, sino porque cuando llegó, me reconoció y me llamó por mi nombre. Era el primero que lo hacía, no pude resistirme a preguntar, y su respuesta me dejó aún más intrigada.


No, no os voy a decir su respuesta, soy la reina de los infiernos y no comparto confidencias con vulgares humanos, pero sí que os contaré que solicité una reunión con mi hermano Miguel, mi favorito, ya sabéis, el líder de los ejércitos de Dios merece todo mi respeto y admiración; también he de reconocer que he intentado traerlo a servir en mi ejército, pero aún no he tenido suerte.


–Hacía mucho que no nos veíamos, Lucía– dijo Miguel –¿Qué necesitas de mí?

–¿Por qué crees que necesito algo? – contesté con una carcajada. Mi hermano me conocía demasiado bien para engañarlo. –Está bien, necesito saber qué está sucediendo en el cielo.

–¿A qué te refieres? – preguntó Miguel; siempre tan discreto y fiel a sus secretos.

–Sabes a qué me refiero. En mi reino tengo a un alma bastante interesante que en vida se llamó Rafael, como su padre. – comenté, intentando ponerlo nervioso. –Su currículum había sido intachable hasta que justo antes de morir, cometió un error que más bien podría decirse que fue premeditado para llegar hasta mí.

–Muchos hijos se llaman como sus padres y no sé de qué me estás hablando. Lucía, no tengo demasiado tiempo, dime lo que necesitas–contestó Miguel, inquieto.

Si mi hermano me conocía bien, yo lo conocía aún mejor, y en aquellos momentos confirmé que me quería ocultar algo.

–Vale, voy a ser directa, Rafael ha incumplido las ordenes de padre y ha tenido un hijo con una mortal que, por lo que vi, murió bastante cabreado con su padre, y por lo que he deducido no siempre fue así, ya que estaba al tanto de todo lo que está pasando allá arriba. –relaté segura de mi misma, con la intención de hacer que mi hermano confesara.

–Perdona que te lo diga, Lucía, pero los asuntos del Reino de los cielos no son de tu incumbencia, y si eso es todo, tengo que irme– contestó Miguel con la intención de salir de aquella situación incómoda.

–Si no me lo cuentas, iré yo misma a averiguar si es cierto lo que me han dicho–amenacé.

Miguel se volvió rápidamente–Tienes la entrada prohibida, lo sabes, si vas allí nos enfrentaremos a una guerra y yo me veré obligado a luchar contra ti.

–Lo sé, pero si el cielo está en crisis yo quiero saberlo, soy parte de la familia y tengo derecho a posicionarme– dije orgullosa.


Miguel suspiró resignado –Lucía, no la líes, ya tenemos bastantes problemas en el cielo como para que tú lo compliques aún más. Rafael cometió un error, quiso arreglarlo y lo empeoró aún más. Si padre se tomó mal que dejara a una humana embarazada, peor se tomó que quisiera matarlo cuando era un alma inocente para que formara parte del cielo y estuviera con él.


–¿Qué hizo qué? –pregunté sorprendida–¿Rafael quiso matar a su propio hijo? ¿quiso matar a mi sobrino? ¿se ha vuelto loco?

–¿No te lo ha contado? Su hijo lo averiguó antes de hacer lo que hizo. Lucía, sigues siendo la misma tramposa de siempre– dijo furioso Miguel, al averiguar que lo había manipulado.

–Espera–dije intentando que no se marchara aún. –Según lo que me has contado, Rafael será sometido a un juicio y será expulsado del cielo, y, sinceramente, después de lo que me has dicho, no me importaría acogerlo en mi Reino y torturarlo.

–La penitencia de Rafael será vivir como mortal y ser juzgado como tal– dijo Miguel apesadumbrado.


Después de aquella conversación, no podía dejar de pensar en la pésima decisión que había tomado mi hermano, como tampoco podía evitar pensar en el hecho de tener retenido en mi Reino a mi propio sobrino.


Esta historia podría haber tenido un final en el que, con mis influencias, pudiera salvar a mi hermano Rafael del castigo de mi padre, pero yo soy Lucía, la reina oscura del infierno, la Reina justa.


Rafael había intentado dañar a su propio hijo por egoísmo y narcisismo, por lo tanto, su hijo sería la mano derecha de su tía Lucía en el inframundo, donde esperaríamos a que su padre muriese como mortal y llegara a tocar a nuestras puertas, entonces sería su propio hijo quien decidiría su condena.

Así que aquí estoy, en mi trono, y con el más fiel de los soldados a mi diestra, un soldado con los azules ojos de su padre y supongo el carácter fuerte de su madre, que no saldrá jamás en los escritos pero que es igual o mejor que Miguel como líder de mis ejércitos.


No sé si lo veréis como un final justo, pero… nadie escapa de su delito por muy ángel que se haya sido.

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