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María Beatriz Muñoz Ruiz
María Beatriz Muñoz Ruiz
El personaje de mi nueva novela, ha llegado a una encrucijada

La lluvia resbala por los cristales de mi gran ventanal recordándome que, a pesar del clima primaveral que hemos tenido en pleno mes de noviembre, y de lo triste de las consecuencias del cambio climático, ya ha llegado el invierno.


Frente a mi ordenador, Estela, el personaje de mi nueva novela, ha llegado a una encrucijada, tiene demasiados problemas, demasiados deberes, y demasiados objetivos que cumplir en su vida diaria.  Se espera demasiado de ella, a lo largo del día ve pasar los minutos como si volasen, pero conforme los minutos se extinguen, su cansancio aumenta, su ansiedad se vuelve casi crónica, y las pastillas han pasado a ser parte de su día a día.


Todos los días se sienta en su despacho a resolver problemas de otros, a escuchar a sus pacientes e intentar ayudar y sanar la mente de la gente apoyándose fielmente en sus estudios de Psicología.

Lo que no saben es que, mientras ella mejora la vida de sus pacientes, la suya parece caer por una ladera empinada sin nadie que la frene.


En muchas ocasiones, se ha frustrado al pensar en lo absurdo de no poder ayudarse a si misma, y en su loca idea de ir a un psicólogo para que la ayude. ¿Pero sabéis cual es el dilema de mi personaje? Que ella conoce la respuesta a sus problemas; no necesita que nadie la ayude a darse cuenta que la mochila cargada de piedras que lleva siembre sobre la espalda, es la que la está matando.


Pero a veces, esas piedras son imposibles de tirar por el camino; se debe trabajar y perder, con suerte, la mitad del día, ya que; el trabajo es dinero que se necesita para pagar la hipoteca, la luz, el agua, la gasolina, los colegios, las clases extraescolares de los niños, la comida, el veterinario, los seguros y otras necesidades diarias. Entonces aparecen factores en la ecuación que, si matemáticamente los quitásemos, reduciríamos gastos y podríamos reducir trabajo; si quitásemos a los niños y al perro, en vez de trabajar ocho horas al día, podría trabajar cuatro, y si quitásemos al marido y Ester se fuese a vivir de nuevo con sus padres, no tendría ni si quiera que trabajar, si sus padres fuesen jóvenes, no se preocuparía de cuidarlos, la cuidarían ellos, pero como no le apetece volver a ir al instituto en el que le hacían bullyng, su felicidad retrocedería a mucho antes de eso. Sin darse cuenta, estaría volviendo a ser bebé, un bebé sin problemas, libre de actuar sin conciencia social, un bebé con libertad para poder expresarse como quisiese.


Ahora, bien, una vez llegados a este punto, volveríamos al “eterno retorno” de Nietzsche y a la pregunta que él se planteaba ¿te gustaría volver a vivir tu vida exactamente igual otra vez? Si la respuesta es negativa, significa que no lo estás haciendo bien, significa que no has vivido en libertad, significa que has vivido esperando una vida mejor después de la muerte, una vida que quizás ha sido inventada por el hombre en su búsqueda incansable de consuelo, porque si nos centramos en la ciencia, y reconocemos que solo tenemos esta única vida para vivirla y pensamos que no hay otra vida maravillosa y estupenda después de la muerte, en realidad esta vida es una mierda.


Pero esa conclusión es dolorosa, por lo tanto, Ester abre el bolso, coge sus ansiolíticos, los tira por el retrete y llama por teléfono al hombre que, por una cantidad de dinero moderada, le ofrecía una nueva vida, una nueva identidad y, por lo tanto, una oportunidad de su particular eterno retorno. Ester prefirió una vida sin conciencia, a una muerte en vida. ¿Tú podrías?

Artículos del autor

Últimamente se está intentando desexualizar todo, y no me malinterpretéis, lo veo perfecto, no debería haber diferencias simplemente por ser mujer u hombre, pero… ¿en serio creéis que mujeres y hombres somos iguales? Yo creo que somos dos planetas tan alejados el uno del otro que fingimos entendernos, porque estamos programados para eso.

Te acercas al borde de un abismo, está muy alto y piensas que será fácil deshacerte de este débil cuerpo, deshacerte de este mundo terrenal donde la vida es demasiado complicada, un mundo en el que es imposible sentir ese flujo maravilloso de energías que nos regala el universo; pero entonces… un pie resbala, pierdes el equilibrio, y luchas por tu vida para salvarte y no caer a ese abismo en el que segundos antes estabas tan segura de desear sumergirte.

Adoro a Marilyn Monroe, ya lo sabéis, y en cuanto vi que en Netflix ponían la película Blonde, no pude evitar verla. Bueno, mejor no la hubiera visto, me pareció algo surrealista, sin sentido, con escenas inventadas totalmente y otras escenas llenas de vulgaridad y degradación.

En esta vida, todo parece tener sentido hasta que el mundo te zarandea y te demuestra lo débiles que podemos llegar a ser, lo rápido que pueden cambiar nuestras prioridades, lo insignificantes que pueden parecer nuestros problemas cotidianos.

Estoy frente al ordenador y no sé qué escribir, lo único que sé es que no deseo escribir un texto atormentado, no deseo escribir un texto lleno de rencor hacia el mundo, no deseo ver todo lo malo y oscuro que en otras ocasiones veo. Sé que está ahí fuera, sé que nunca morirá la verdad sobre algunas personas, pero en estos momentos me siento en paz.

Seguiré investigando lo del interruptor de mi almacén, lo mismo abre alguna puerta secreta que me traslada directamente a la pasarela de Nueva York, ¿veis? Ya me he dejado llevar por mi imaginación.

Pero que difícil es perdonar cuando te han herido de verdad, cuando te has sentido traicionada, cuando el corazón duele…  Porque cuando alguien no te importa, poco te afecta lo que haga, pero cuando dejamos caer nuestro muro y abrimos las puertas a personas que destruyen el hogar de nuestro corazón, entonces es cuando duele perdonar, y, queridos amigos, por mucho que pronunciéis las palabras “te perdono”, jamás lo haréis, ¿o sí?

 
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