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María Beatriz Muñoz Ruiz
María Beatriz Muñoz Ruiz
Antes pensaba cambiar el mundo, creía que nuestra opinión cambiaría las cosas. Ahora sé que es absurdo pensar a lo grande

Antes amaba debatir, bueno, no os voy a engañar, hay momentos en los que me dejo llevar, sobre todo con mi padre, él siempre piensa que le llevo la contraria. Mi relación con él siempre ha sido así, pero somos tan parecidos de carácter que nunca terminamos peleados, es como si estuvieras viendo un programa de debates, y después del programa, los contrincantes se fueran de cervezas juntos, pues esos somos nosotros, nos peleamos, discutimos, nunca nos ponemos de acuerdo y nos crispamos los nervios mutuamente, pero luego nos reímos, nos abrazamos y pensamos que hemos echado un buen rato desahogándonos con el debate.


Somos personas que no nos tomamos a mal el debatir, bueno, más que nada porque somos padre e hija, lo mismo con otro sería distinto. A mi madre la ponemos de los nervios, y si ella está por medio, lo último que se escucha antes de dar por finalizada nuestra discusión sobre política o cualquier otro tema es “¿Queréis dejar de discutir que ya no os aguanto más?” Entonces, es cuando mi padre y yo, calmadamente, le decimos que no estamos discutiendo, que solo hablamos. Después nos reímos, y cuando desaparece mi madre hacia la cocina, mi padre y yo seguimos con el tema casi en un susurro para que no nos escuche, por supuesto, cuando vuelve, nosotros dejamos de hablar.


Pero… ¿sabéis que? Últimamente he tenido la cabeza tan ocupada y me he sentido tan decepcionada de todo, que ya no me apetece discutir, me da igual la gente, el mundo, el país... Antes pensaba cambiar el mundo, creía que nuestra opinión cambiaría las cosas, pensaba a nivel más global. Ahora sé que es absurdo pensar a lo grande, me he vuelto más pequeñita, y tan solo deseo cambiar ese pequeño espacio que rodea mi vida y la de mi familia.


 No creo que el hecho de pagarle a una niña para que vaya por todo el mundo diciendo lo mal que está el planeta, sirva de mucho, yo en cambio, prefiero salvar esa pequeña ramita que encuentro tirada en el suelo, prefiero cuidar mis muchas plantas con mimo y respetar la grandeza de la naturaleza.


Con respecto a la política, ya ni me molesto en ver las noticias, las vea o no, siempre van a ser las mismas; políticos echándose unos a otros porquería en vez de aportar soluciones, reformas absurdas que cambian cada vez que hay un partido nuevo en el poder, secretos que jamás conoceremos los simples ciudadanos. Por ese motivo ya no voto, me da igual lo que hagan unos u otros, todos los partidos harán cosas malas y cosas buenas, en todos habrá alguien corrupto y alguien integro, en todos habrá ineptos y gente preparada.


Luego está el tema covid, los negacionistas, los insensatos, los que se pasan, los que ni salen y los que se van de fiesta sin mascarilla. Te indignas, claro que sí, pero tu indignación no va a hacer que los demás cambien su forma de ser y tampoco es legal ponerte a disparar a todo imbécil que se te cruce, más que nada porque tampoco tendría suficiente munición.


Después pasamos a los deportes, futbolistas que ganan millones cuando lo único que hacen es correr detrás de una pelotita, y mientras, ves a sanitarios con escasos recursos para hacer frente a cualquier variante del virus, ves al sector de la enseñanza estancado en un pasado obsoleto acompañado de un sistema rancio y deteriorado, un sistema que no es capaz de detectar desde los primeros momentos a esos niños acosadores que de pequeños eran moldeables.


Hablan de que la detección temprana es fundamental en el desarrollo del niño, pero no lo aplican al acoso escolar. Un acosador comienza su acoso desde pequeño, al igual que la víctima será víctima hasta que el acosador desaparezca, ahí vendría bien la legalización de las armas. Bueno, esto es broma, pero comprendo perfectamente a esos niños que entran en un colegio y empiezan a disparar a sus acosadores. Son niños a los que no se les ha solucionado el problema, son niños de los que se ha pasado o se ha mirado hacia otro lado, permitiendo que el acosador siempre gane, hay que ser muy valiente para levantar la cabeza y seguir hacia delante, otros no lo consiguen.


Por eso os digo, no me apetece debatir, solo necesito que en mi alrededor reine la paz, y pienso que si todos nos centráramos en mejorar esa pequeña parcelita de nuestra vida, contribuiríamos más y el mundo nos lo agradecería, y si no nos lo agradece y nos escupe en la cara, qué nos importa, mientras tengamos paraguas para resguardar a nuestros seres queridos y a nosotros mismo, que se caiga el telón y se destruya el escenario, que yo no quiero actuar más.


Esta Dama consejera os dice: “Cuidad vuestra parcela, no aspiréis a volar sin saber antes andar”

Artículos del autor

Este artículo comenzó titulándose Perdón, siguió con Los caprichos del destino, y terminó titulándose Un alma hermosa. Cuatro líneas llevaban ya escritas sobre el perdón hasta que mi hija me ha llevado esta noche, con una de sus preguntas, a una reflexión extraña, inquietante y a su vez tranquilizadora. Su pregunta era sobre el por qué le han ocurrido ciertas cosas durante su vida y ha tenido que luchar día tras día para superarlas.

Aún recuerdo la primera vez que les expliqué a mis hijos en qué consistía el nacimiento de un bebé. No, no imaginéis que ellos me preguntaron que de dónde vienen los bebés, tan solo tenían cuatro añitos, y no, ese día no tenía previsto en mi agenda darles una lección de naturales ni mostrarles lo increíble que era el cuerpo humano.

Esta noche me apetecía ver una película de esas que no son de pensar, de las sencillas, básicas y que no fueran un pastelón. Nada más abrir Prime video he visto una película que me ha llamado la atención, se titulaba “Cazadores de leyendas”, la portada era un estilo a las de Indiana Jones, así que, como no tenía tráiler, me he leído de qué iba y me he aventurado a verla.

Yo no sé vosotros, pero cuando miro atrás, y recuerdo mi pasado, siempre lo hago con banda sonora. Sí, quizás soy más rara de lo que imaginaba, no lo niego, pero si recuerdo mis primeros años de colegio, se me viene a la cabeza la canción de los pajaritos. Recuerdo a mi padre despertándome todos los días con esa canción, lleno de felicidad por saludar un nuevo día.

Yo admiro a muchas personas, pero sobre todo a las que se acuestan a las diez de la noche y se levantan a las siete de la mañana para ir a correr, esas que ya llevan medio día vivido para cuando tú estás desayunando, las que han hecho el almuerzo de dos días, han ido al gimnasio, se han cambiado, han ido de tiendas y les da tiempo a tomarse la cerveza antes de recoger a los niños del cole.

Hoy he leído la noticia de una mujer, cuyo nombre no voy a decir, que, tras haber intentado suicidarse, ha abandonado temporalmente la televisión para ingresarse en un centro psiquiátrico, pero lo que más me ha chocado es que esa mujer era cómica en un programa de televisión. Por lo visto estaba sufriendo un acoso sin tregua en las redes sociales. Que triste es que te acosen, pero que cobarde es que lo hagan por las redes sin dar la cara.

El 22 de noviembre, se celebra el día mundial de la evolución, y me pregunto yo… ¿Qué evolución? Si los simios eran mejores que nosotros, ¿a qué evolución se referirán? Ah, puede que sea a esa evolución que nos mantiene todas las mañanas encerrados en el coche, atrapados en un atasco mientras vas a un trabajo que te quita media parte del día para que te den a cambio unos papelitos con los que puedes pagar un pisito, la luz, el agua y la comida.

Cada verso que leemos tiene un color, un olor, un sabor, porque cada verso es único y cada autor es único, eso sucede con Ramina Herrera, sus versos son sensibles, delicados, suaves… pero en ellos podemos también ver esa fuerza que la dulce imagen de esta poeta no nos muestra a simple vista, para ello debéis adentraros en su poesía, un mundo en el que te pierdes y no deseas encontrarte. Pero vamos a conocer más a esta gran poetisa.

 
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