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Opinión
Etiquetas:   Momento de reflexión   Justicia   Educación   Delincuencia   Sentencia   Reflexiones  

Justicia equitativa

Ante una educación cien por cien materialista no debe extrañarnos que los casos de violencia infantil y adolescente crezcan exponencialmente
Octavi Pereña
lunes, 22 de noviembre de 2021, 11:05 h (CET)

“La ley de la selva solo sirve para la selva, cuando nos regimos por esta ley la civilización se hunde”, (Joan Berril)

¿Qué hace la justicia cuando una mujer vecina de Torà es agredida por un joven del pueblo que “ya ha ocasionado molestias a los vecinos en otras ocasiones?” Casos semejantes se repiten más de la cuenta. La ciudadanía ante estos casos de violencia cree que la justicia no hace nada. Si se detiene a los violentos entran por la puerta principal y salen por la de servicio. Existe una desconfianza muy generalizada hacia la justicia. Pienso que en este caso, por lo que se refiere a la justicia, se le podría aplicar  lo que Susanna Carrusso, secretaria general del sindicato CGIL, asaltado por la extrema derecha italiana, dice: “También creo que se necesita un debate público porque no es suficiente con ilegalizar las organizaciones neofascistas, es necesario reconstruir otra cultura”. Las leyes no son suficientes para erradicar los comportamientos que afectan la paz social. En el caso de la justicia “es necesario reconstruir otra cultura” que llegue a lo más hondo de las personas.


Quejarse de que la justicia no es justa y de que también estamos hartos de ver la impunidad que gozan los delincuentes no cambiará el comportamiento ni de los unos ni de los otros.

Concentrémonos en la violencia juvenil y adolescente. ¿Por qué se da? Dos textos bíblicos nos ayudarán a entenderlo: “Se apartaron los impíos desde la matriz, se descarriaron hablando mentira desde que nacieron” (Salmo 58: 3). “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Salmo 51: 5). Estos dos textos desmienten la filosofía que enseña  la bondad innata del ser humano. Ilustran claramente que los recién nacidos no son inocentes y que si se vuelven malos no se debe a causas ajenas a ellos. Dando por buena la enseñanza bíblica tiene que cambiarse el modelo educativo. No es suficiente con enseñar a los niños a leer y a escribir, a sumar y a multiplicar. Ello es el rudimento de la cultura. Según los dos textos citados el problema de la maldad es de carácter espiritual. Se tiene que tener en cuenta este aspecto si es que de verdad se quiere erradicar la violencia de verdad. 


La faena de enseñar espiritualidad a los niños recae directamente en los padres. La Biblia no se cansa de recordar a los padres la responsabilidad que tienen de enseñar a los hijos el temor del Señor. El problema se encuentra en que la mayoría de los padres son incrédulos  a pesar de que públicamente se confiesen cristianos. Dada esta condición, les importa un bledo la educación  espiritual de sus hijos. Les basta con que la escuela los prepare para que puedan ganarse la vida  cuando sean adultos. Este modelo educativo cojea y lleva a que se den demasiados casos de niños y adolescentes que se comportan como el joven de Torà que agredió a la mujer porque le llamó la atención por la música ensordecedora que no dejaba dormir a su hijo. El prójimo les importa un comino. Que digan lo que quieran, yo estoy contento.


Ante una educación cien por cien materialista no debe extrañarnos que los casos de violencia infantil y adolescente crezcan exponencialmente. La Biblia que tendría que ser el  conejero espiritual de los padres dice qué es lo que tendrían que hacer en el caso que las reprensiones no hagan mella y el mal comportamiento se agrave: “Si alguien tiene un hijo contumaz y rebelde, que no obedece a la voz de su padre ni a la voz de su madre, y habiéndole castigado, no los obedece, entonces lo tomarán su padre y su madre, y lo sacarán ante los ancianos de su ciudad, y a la puerta del lugar donde viva, y dirán a los ancianos de la ciudad: Este hijo nuestro es contumaz y rebelde, no obedece a nuestra voz, y es glotón y borracho. Entonces los hombres de la ciudad lo apedrearán, y morirá, así quitarás el mal de en medio de ti, y todo Israel oirá  y temerá” (Deuteronomio 21: 18-21).


A simple vista, debido a los cambios culturales que se han ido produciendo a lo largo de los siglos, puede parecernos que este texto es muy bestia. Si nos molestamos en analizarlo para poder aplicarlo en nuestra época descubrimos que contiene enseñanzas muy ecuánimes. Nos muestra que los padres se han tomado a conciencia la educación de su hijo y que lo han reprendido cuando ha sido necesario para su bien, Todo intento ha sido inútil. Las enseñanzas le entraban por un oído y salían por el otro. Por lo que deja entrever el texto, los delitos que cometía no eran nimiedades, sino delitos graves. Cuando se ha hecho todo lo posible para enderezar al hijo y el resultado ha sido negativo, estos padres no hacen como muchos que a sabiendas del mal comportamiento de su hijo defienden a capa y espada una bondad inexistente. Conscientes de lo indómito que es no les toca otro remedio que llevarle ante la justicia para exponer brevemente qué es su hijo: “Contumaz y rebelde, no obedece a nuestra voz, es glotón y borracho”. Reunidos los ancianos ante la puerta de la ciudad deliberan sobre el caso y dictan sentencia de muerte: “Así quitará el mal de en medio de ti y todo Israel oirá, y temerá”.


En el antiguo Israel los delitos de sangre y las violaciones de mujeres se les aplicaba la pena de muerte. En nuestra cultura se ha sustituido la pena de muerte por largos años de cárcel. Las sentencias por los delitos mencionados debería ser cárcel a perpetuidad sin posibilidad de revisión de  condena. ¡Cuántos casos no se han dado de violadores que después de un excelente comportamiento, al salir a la calle vuelven a las andadas. La sensiblería no debería ablandar el corazón.


La justicia debería servir para castigar al delincuente según la gravedad del delito cometido. Si la condena tuviese que ser pena de muerte, la cadena perpetua que la sustituye tendría que ser a perpetuidad.

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