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Julio Ortega Fraile
Julio Ortega Fraile
«Lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad» (Karl A. Menninger)

—Mis padres me pegan lo normal.


Esta frase que congela el tuétano ha sido escuchada por psicólogos infantiles en boca de niños y constituye una prueba dramática de la normalización de la violencia con víctimas de esas edades en ciertos casos. Los menos, es cierto, pero eso no hace que sean menos espantosos.


Aunque no es necesario ser objeto de castigo físico (o mental) para que tenga lugar esta aberración: formarlos física y emocionalmente como los agresores es otra de sus variantes, y alimentar en ellos el placer por el uso de las armas o matar por diversión transita de lleno por tan perverso camino.


Pólvora

Esta página de Facebook dedicada a ambas actividades muestra en una de sus publicaciones –cargada del horror y el asco que produce su impunidad- cómo hay vía libre para exponer a los niños a una educación que propiciará comportamientos agresivos y desadaptativos. Ha sido compartida por numerosos perfiles cinegéticos.


Escriben los administradores de ese muro que drogarse con la utilización de armas de fuego “es un viaje de ida, un camino sin retorno”, y en eso tienen razón aunque ellos nos lo expliquen desde el orgullo: la violencia inculcada a esa criatura es un cáncer destinado a evolucionar en metástasis y generador de destrucción, la de otros seres que se crucen en su camino, la suya propia.


Rompe el alma escuchar a niños decir que sus padres les pegan lo normal, pero no lo hace menos verles jugar con rifles o sonreír orgullosos junto al corcito al que acaban de reventarle las entrañas de un disparo. O de varios.


Los cazadores, cuando se habla de sus actos en esta faceta, son muy dados a repetir desafiantes que ellos educan a sus hijos como les da la gana, pero eso no puede ser así sea cual sea la situación en un Estado de Derecho. Del mismo modo que cuando les resultan inservibles para la caza a menudo matan a sus perros pensando que son de su propiedad y que pertenecen a la misma categoría que la linterna estropeada que arrojan a la basura sin mayores consecuencias, creen poder hacer con sus hijos cuanto se les antoje. Pero no, esos niños no son propiedad de sus padres, ninguno lo es, y educarlos en el uso de las armas o en el matar por pasatiempo debe tipificarse como delito, porque la normalización de dichas conductas en las mentes infantiles es caldo de cultivo demostrado para el ejercicio de la violencia en diferentes ámbitos y, en todo caso, vulnera varios de sus derechos.


No hace falta más que repasar en las hemerotecas asesinatos de género o ajustes de cuentas por unos metros de linde, enfado con el director del banco o petición de la documentación por parte de guardias rurales, entre otros, o basta con revisar perfiles de criminales en serie: en un alto porcentaje encontramos como protagonista que aprieta el gatillo a un cazador adulto, y rascando en el pasado a un niño que fue adoctrinado en la crueldad con animales, es decir, en la caza, una de sus modalidades. Aunque no es necesario ir tan lejos, llega con echarle un vistazo a los comentarios en las redes de los adictos a esnifar vapores de pólvora y de hemorragias ajenas, plagados de incitación a saltarse la ley en materia cinegética o de amenazas.


Qué imagen tan terrible la que ilustra este texto. Y qué degenerada la Ley que lo permite, la del mismo país que jura que estamos a la vanguardia en la Protección de los Derechos de la Infancia.


«Lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad» (Karl A. Menninger).

Artículos del autor

- 300 millones de animales reventados a disparos y cuchilladas.

- 500 cadáveres de personas.

- 35.000 humanos heridos.

En el acto de presentación el presidente de la FTL, Victorino Martín, ligado económica e "intelectualmente" a la cría de seres para ser destinados a una muerte tan lenta como atroz, dijo que con esta iniciativa "Iban a dar voz a sus sentimientos", añadiendo que "El Instituto Juan Belmonte va a ser un soplo de libertad".

Manuel debería entretenerse con juguetes y no hacerlo entre armas, debería aprender que las vidas se respetan y no que matar es algo divertido. En cambio su padre, que guarda escopetas y cuchillos de caza en la misma casa donde se cría Manuel y que le enseña a sonreír cuando acaba con vidas ajenas, publica orgulloso esta imagen en Club de Caza (sin pixelarla, que eso ha sido cosa mía). ¡Qué tristeza!

En el post aparecen sus nombres, los mensajes son públicos y por lo tanto constituye una prueba, así que sus autores se pueden identificar y son imputables, sin embargo mientras en este país te sigue cayendo una condena por alegrarte de la cornada que un toro que está siendo torturado le propina en defensa propia (eximente legítimo) a un torero, estos escopeteros pueden animar al asesinato con absoluta impunidad.

A saber cuántas cicatrices llevaba escritas en su cuerpo para guardar tantas heridas en la memoria. Y he contemplado también la sobrecogedora imagen de cómo se lo encontraron: las cuatro patas atadas, el hocico rodeado por cinta y sujeto con una brida. Timple murió asfixiado tras una agonía inimaginable mientras la mujer y el hombre que le estaban haciendo aquello lo iban grabando.

Siglo XVII: La Santa Inquisición torturaba y mataba con absoluta impunidad. La peste, presente ya desde hacía más de doscientos años, seguía asolando a toda Europa y las razones que se aducían variaban desde un castigo proveniente de la ira de Dios hasta la conjunción de los planetas Marte, Júpiter y Saturno en la Constelación de Acuario. Los señores medievales ejercían la violencia sexual como si de un derecho se tratase.

Cayetano Rivera,

Es probable que te suene mi nombre, de hecho me tienes bloqueado en twitter. Cobarde en las redes y cobarde en los ruedos. Así eres tú. 

Decía Tolstoi que todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo, y como al final el mundo es nuestro entorno referido a cuanto concierne al ser humano, nada será diferente mientras nosotros sigamos siendo iguales.


 
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