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César Piqueras
Un lugar llamado desarrollo
César Piqueras
¿Por qué no dejar de juzgarnos y empezar a amarnos, incondicionalmente?, ¿Por qué no dejar que la luz que somos brille a través de cada poro de nuestra piel?
El peor juez que puede haber de nuestros actos somos nosotros mismos; juzgarse a uno mismo suele ser una estrategia perdedora ya desde el inicio…

No sé si alguna vez te ha pasado, pero a lo largo del día me descubro en algunos momentos en los que me estoy juzgando a mí mismo, casi sin darme cuenta.

Seguramente, con el paso del día observas que estos juicios contra ti mismo/a no son generalmente positivos, sino más bien críticos y con uno tono bastante demoledor.

Sin ir más lejos, esta mañana el despertador sonó a la hora de costumbre: las 6:00. Yo estaba en sueño profundo. Cuando estás en sueño profundo y suena la alarma, despiertas como si estuvieras en otra vida, confusión completa, sensación de rotura interna y lo peor de todo, un diálogo interno del tipo: “Pufff… qué mal estoy hoy”, “Ostras, si empiezo así el día…”, “No he descansado nada, esto no me conviene…”

En la meditación me he quedado casi dormido un par de veces… y de nuevo me he dicho “César, no lo estás haciendo bien…”, “Así no se medita”…

Lo que se puede apreciar en todas estas expresiones es, sin duda, un juez muy crítico con uno mismo. Algo que no beneficia demasiado.

Juzgarse a uno mismo es perder la partida antes de empezarla, ya habrá personas que te juzguen, pero hacerlo tú antes de tiempo, sin duda que no te ayuda demasiado.

Cada vez que pienso en los efectos del diálogo interno suelo recordar la diferencia entre describir y explicar, algo fundamental para comprender cómo nos juzgamos:

Describir: “Me encuentro cansado”
Explicar: “Pufff… qué mal estoy hoy”.
Describir: “Me he despertado algo confuso”
Explicar: “Ostras, si empiezo así el día…”
Describir: “He descansado durante 7 horas”
Explicar: “No he descansado nada, esto no me conviene…”

Al describir contamos objetivamente lo que ha pasado.

Al explicar lo pasamos por nuestro juez interno y por lo tanto emitimos una opinión.

Es bastante peligroso que confundamos nuestra propia experiencia con la experiencia de ese juez interno, que no eres tú, es tu ego.

Al ego le gusta tener excusas para poder sentirse víctima y cuando encuentra una buena excusa es un gran momento para lanzarnos mensajes demasiado críticos con nosotros mismos: “no lo haces bien”, “eres un torpe”, “tú no sirves para esto…” Es posible que te suenen estos mensajes, yo me los dije muchas veces.

Mi juez interno es bastante grande y si no soy consciente de éste, me puede jugar malas pasadas. Simplemente tengo que mantenerlo a raya, porque de lo contrario no deja de juzgar lo que hago yo y lo que hacen otros: “eso está bien”, “eso está mal…”.

En realidad, no soy nadie para juzgar a otros, ni siquiera para juzgarme a mí mismo. No puedo juzgar a otros porque ni siquiera yo me puedo considerar libre de cualquier “defecto” o “error” que cometa otra persona, yo también los tengo. Y más que mirar la paja en el ojo ajeno, uno mejor se mira a sí mismo y por lo menos trata de mejorar.

Descubro que muchas personas se juzgan sin ser conscientes, sin poner una barrera entre lo que se dicen y lo que creen que son.

Si te dices “no valgo para esto”, quizás acabes diciéndote “no valgo”. Y eso no te lo mereces.

El amor incondicional que necesitamos ofrecer a los demás empieza por uno mismo, por no juzgarnos. Sólo si empiezas por amarte, si empiezas por tenerte un poco más de aprecio, si intentas ser más cuidadoso y cariñoso contigo mismo/a, entonces es cuándo empezarás a brillar.

Hazte amigo/a de ti mismo, de tus hasta ahora considerados “defectos”, de tu cuerpo, de tus errores… En realidad, eres maravilloso. No lo dudes.

Cómo padre primerizo tengo la gran suerte de ver crecer a Noa semana tras semana (este sábado cumplirá 20). No conozco mayor perfección que la de un bebé, todo en ellos es luz (anoche justo antes de empezar a dormir, nos regaló una de esas sonrisas que vale por todo lo que he vivido en estos casi 40 años de mi vida). Según crezca, no me gustaría que Noa se juzgara, que pensara que algo en ella no está bien. Mi papel con ella (y conmigo mismo) es enseñarle que la vida no existe para ser juzgada, sino para ser vivida. No estamos aquí para juzgar al otro, sino para mejorarnos a nosotros mismos. En algún momento de nuestras vidas perdimos el Norte y empezamos a juzgar “eso está bien”, “eso está mal”….

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