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Jaume Catalán Díaz, Girona

La Iglesia Católica, en su último Concilio, el Vaticano II, realizó, entre otras, una declaración oficial, dirigida al mundo entero, en la que afirmó que todos los hombres, sin distinción alguna, somos libres en la dimensión humana religiosa. Es decir, que los católicos lo somos porque libremente queremos serlo. El que es de otra religión, la Iglesia considera igualmente que será de esa religión porque libremente quiere serlo y merece el mismo respeto. Y el que no es de ninguna religión, también porque libremente no quiere serlo e igualmente merece exactamente el mismo respeto.

Esta declaración de la Iglesia tiene su fundamento en el principio esencial de que todos los hombres, sólo por ser humanos, poseemos una condición igual: nuestra propia dignidad. Esa dignidad tiene su más profunda manifestación en la propia conciencia y en la conciencia de cada uno lo que posee más valor es su propia religiosidad.


La consecuencia de esta declaración es que ninguna persona, incluidos los estados, tienen legitimidad para coaccionar a otros en materia religiosa, ni en su vida particular, ni en su vida social, y por tanto no va en contra del modo de actuar de San Pablo, tal como relata el libro de Hechos de los Apóstoles, cuando le dijo Agripa: “un poco más y me convences de hacerme cristiano, y le replicó Pablo, sea por poco o por mucho, le pido a Dios que no solo usted, sino también todos los que me están escuchando hoy lleguen a ser como yo, aunque sin estas cadenas”.


Artículos del autor

La vuelta al colegio se ha producido cuando España se ha convertido en el país de Europa más castigado por la segunda ola del COVID. Y cuando los responsables políticos han vuelto a improvisar en una cuestión esencial.

Y ahora, ’España puede’ significa cualquier cosa: puede pegársela, puede salir trastabillada, puede salir peor. ¿Qué es lo que puede España? Nadie lo sabe. Es un mensaje vacío, a la espera de que cada uno lo rellene como le venga en gana. Y los españoles deben tener pocas ganas, porque ha señalado el Presidente.

Sin pelear por ti rendí mis armas

pero me robaste del corazón

un palpitar que sonar en alarmas

mientras yo me hallaba sin razón;

Mucho se ha escrito sobre los efectos secundarios que deja el coronavirus en quienes lo han sufrido. Pero no voy a escribir de esto, porque mi ignorancia médica es proverbial. Más me interesa la influencia en aspectos centrales de la convivencia humana, que exigirían un giro copernicano, para superar las gravísimas consecuencias de ese otro virus inmaterial.

He escrito de muchas formas, de mi boca han manado palabras procedentes de múltiples fuentes y en mi camino he aprendido, que solo de una manera se dice la verdad. Muchos dirán que la verdad no existe, que todo son opiniones y que nadie puede decir que la

Al perder la fe en Dios, como la persona es espiritual, necesita creer en algo, y así nos creamos un dios a nuestra medida, el dinero, el poder etc.; y así vemos como cada vez hay más pobres y a la vez más ricos, no creo necesario decir que el rico roba al pobre.

Es el caso de la jueza argentina María Servini, que interrogaba al exministro Rodolfo Martín Villa al que acusa de delitos de lesa humanidad.Los hechos que se le imputan a Martín Villa y que son parte de la "querella argentina contra los crímenes del franquismo" acaecieron en 1976.

Me refiero al coronavirus y Europa, por que  a la vista del estado del coronavirus en tiempo real al día 17-9, el porcentaje  de los fallecidos en relación a la población total de cada nación, que me han llamado la atención y que expreso a continuación:

 
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