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Opinión
Etiquetas:   Filosofía   Velocidad  

Velocidad sin sentido

La velocidad puede ser necesaria en determinadas cuestiones, pero no en todo
José Manuel López García
jueves, 8 de diciembre de 2016, 01:44 h (CET)
En el libro de Luciano Concheiro titulado Contra el tiempo, Filosofía práctica del instante se exponen lúcidas y profundas reflexiones sobre el incremento de la velocidad en la sociedad actual. Vivir a gran velocidad no garantiza el éxito y el progreso, ya que se pierde perspectiva y calidad. Es algo parecido a la rueda en la que gira un hámster que no se desplaza, aunque se mueva con una extraordinaria rapidez.

No es extraño que haya autores que escriban acerca de la lentitud y sus beneficios en muchos órdenes de la vida. El libro Elogio de la lentitud de Carl Honoré es de hace años, pero sigue estando vigente en la frenética época que vivimos.

Me sorprende que Concheiro diga que «Los gruesos libros teóricos o filosóficos han caducado porque nadie tiene el tiempo y la atención necesarios para consumirlos». Estoy convencido de que exagera y no estoy de acuerdo, porque sigue habiendo numerosas personas en todo el mundo que siguen leyendo gruesos tratados filosóficos.

Otra cuestión distinta es que los niveles de lectura disminuyan por la escasez de tiempo de la gente o porque muchas personas no sean aficionadas a la lectura y también por otros motivos. Los argumentos extensos, los razonamientos complicados, etc., son algo absolutamente necesario, ya que somos seres intelectivos y nuestro atributo principal es el intelecto y la capacidad de abstracción y análisis.

La rapidez en las comunicaciones y los transportes es crucial, pero en el ámbito de los sentimientos humanos es mejor la calma y la tranquilidad. También es cierto que la mecanización del trabajo ha supuesto la aceleración sin fin de los procesos productivos.

En lo que sí tiene razón Concheiro es en su crítica de la sociedad consumista en la que vivimos actualmente. Puesto que es verdad que «los individuos construyen sus identidades dentro de un orden social que está basado en la desigualdad y la jerarquización». Indudablemente, se puede decir que los deseos en esta sociedad turbocapitalista en la que estamos son infinitos y nunca se ven satisfechos en una carrera interminable por tener y consumir más objetos. Y es verdad que el consumo precisa de una aceleración en la producción sin límites. De este modo, lo que se pretende es que se consuma a mayor velocidad para que los beneficios de las empresas crezcan más rápidamente. Y esto es un ciclo frenético en sí mismo.

La obsolescencia programada es otro de los problemas en el que estamos inmersos en la denominada era digital. Los aparatos se fabrican para que no duren demasiado tiempo. En el campo de los dispositivos electrónicos o digitales la perpetua actualización es la expresión de la obsolescencia. También es incuestionable, en mi opinión, que el vocablo semiocapitalismo propuesto por Berardi se ajusta a la descripción precisa de la realidad de signos actual. El intercambio de signos de valor es una de las constantes de neocapitalismo de nuestros días. La gente vive en una cultura de iconos e imágenes de marca que invade casi todos los espacios de convivencia.

Además, numerosos intercambios comerciales se realizan electrónicamente con supercomputadoras que ejecutan billones de operaciones por segundo. El mundo financiero entiende el valor de los milisegundos, ya que cada milésima de segundo puede dar mucho dinero.
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