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Ante la novena a la Inmaculada Concepción

Juan Antonio Narváez Sánchez, Madrid
Lectores
sábado, 30 de noviembre de 2024, 10:28 h (CET)

En la vida espiritual existen como cuatro razonamientos ciertamente lógicos y plenamente consecuentes: Es voluntad de Dios que todos los hombres seamos santos. Es también razonable que para santificarse hayan de practicarse las virtudes cristianas. La práctica de estas virtudes cristianas requiere o precisa la gracia de Dios. Y, finalmente, para hallar esa gracia de Dios necesaria se hace también necesaria la mediación la Virgen María. Son razonamientos lógicos, pero a la vez teológicos.


Estamos en los días previos a la novena a la Inmaculada Concepción, una advocación singularmente española, por tradición y por universalidad. Es, pues, un tiempo (aunque sean breves días) significativo para reflexionar, no ya netamente sobre el dogma de fe que siempre es oportuno, sino sobre la acción interventora de la Virgen en la vida personal de cada uno de nosotros. Advertiremos con nitidez esos momentos en los que la presencia de la Virgen en nuestra vida fue un hecho claro, me atrevería a decir que incluso sensible, que nos hizo temblar como es notorio que suceda ante lo sobrenatural.


Siempre es tiempo, pero de manera particular y especial estos días para volver la mirada hacia María y descubriremos, con sonrojo, que Ella sigue con la mirada fija en nosotros, que no nos ha olvidado y que su sonrisa aguarda pacientemente a que nosotros le correspondamos con la nuestra. Buena y oportuna señal de reanudar tan fructífera, querida, provechosa y fértil amistad. Y decirle, lógico, palabras de amistad que siempre le agradan.

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