Las recientes elecciones al Parlamento Europeo en casi toda Europa y, sobre todo, en España han servido para confirmar lo que ya se conocía, que la gran ganadora ha sido la abstención. Todo ello a pesar de que los medios de comunicación nos informan mayoritariamente de que ha ganado el Partido Popular, venciendo al Partido Socialista Obrero Español (¡Qué ironía!), que ha quedado en segunda posición.
A mi parecer, se trata de un espejismo (será por la subida de temperatura debido al cambio climático), porque lo sucedido es la manifestación palmaria de que a una mayoría de españoles no les importa el futuro del país lo más mínimo. Y no es, como dicen insistentemente por ahí, por desafección hacia la política o por desconfianza hacia los partidos y sus actores, no; al contrario, es por indolencia y exceso de credulidad: los abstencionistas confían en que los que nos gobiernan van a hacer por mejorar nuestras condiciones de vida y en que velarán por los derechos y libertades de todos los ciudadanos, en que, cerrando los ojos a lo que pasa en otros lugares, nada grave nos va a suceder a nosotros (a otros, sí; pero, a nosotros…), en que la democracia es irreversible. Han desistido de ejercer un control sobre sus representantes, les han entregado una especie de poder notarial plenipotenciario para que hagan y deshagan a su antojo.
Los que sí emitimos el voto, como hemos comprobado, estamos divididos; y no importa mucho si la balanza se ha inclinado a un lado más que al otro. Para los que airean el triunfo del PP como si se tratase de un golpe más al “Sanchismo”, este es un claro indicio del final de un ciclo. Pero no son conscientes de que no puede ser así; porque ya no nos encontramos al final de un ciclo democrático (eso ya pasó), sino en un período de consolidación de una autocracia formalmente democrática, en el que ya no existe separación efectiva entre el poder ejecutivo y el legislativo, en el que las instituciones de ambos están colonizadas por el jefe del primero (por cierto, el líder socialista con más apoyo de su población en estas elecciones) y en el que el poder judicial está a punto de sucumbir junto con la prensa que aún no se ha unido a la causa “colectivizadora” del presidente del Gobierno y su corte, a base de empellones que los conducen al despeñadero de la ignominia.
Los mismos ingenuos consideran que los casos de evidente degeneración ética —de presunta corrupción, en términos jurídicos— que se van conociendo en los últimos tiempos en relación con la familia del presidente o de los cargos políticos que nombró o amparó, y que se suman a los de ocupación institucional antes señalada, están sitiándolo y auguran su pronta caída. ¡Qué puerilidad! Somos el resto los que estamos cercados, porque su muro se va expandiendo y nos acogota contra los límites de la democracia, cuya valla está a punto de ser derribada irremediablemente. A nosotros es a los que se nos estrecha el cerco, porque la democracia orgánica está reemplazando —sin complejos, con procacidad notable— a la liberal, dejando vestigios de libertad a su paso.
No se trata de si las urnas arrojan una cosa u otra —esto es relevante en democracia, como hemos visto en Francia—, sino de que hemos naturalizado la anormalidad arbitraria en la legitimidad de las instituciones y en su proceder. En consecuencia, el apoyo o los silencios ante el abuso, el atropello, la mentira y todo tipo de corrupción, material o ética, no es sino la ratificación de la aceptación tácita de la sociedad de que la psicopatía es un medio lícito de actuar, siempre que esté avalado por una mayoría.
En la transición a la democracia, en el tan peyorativamente calificado como Régimen del 78, fuimos de la ley a la ley para ser ciudadanos libres; en la actualidad, obsérvese, se procede igual, pero con otros fines: transitamos de la ley a la ley para ser convertidos en súbditos sumisos.
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