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Etiquetas | Relato | relato corto | San Valentín | Narrativa
Relato corto

Cuidadín con San Valentín

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La hermosa Lota (Carlota Vega) llegó primero a Villa Maravilla. Pensaba: “Esta vez, mi jefe, ese memo de Lito, no se enterará del trabajo que tengo entre manos”. Llevaba a su fiero bulldog Satán de la correa. Abrió el portón con una ganzúa, tal como había quedado con la señorita Samara Faltó. No saltaron las alarmas. Y creía que no habría nadie. Pero se le acercó desde la casa el secretario de Samara, un tipo regordete, enseñando los dientes y mostrando la mano abierta, para pedirle su parte. Lota dijo:


—A por él, Satán. Dale lo suyo.


—Grrr. Argn. Guauuu. Ñam. Grofff.


El mezquino secretario chilló con los ojos y la lengua fuera de las cuencas. Satán le mordió la mano, por poco se la merienda entera, pero el tipo gritó corriendo a la calle.


Lota entró al jardín y ató a Satán a un árbol, pero con una falsa cadena de goma. “Así, si vuelve el secretario, o me la juega Samara, se van a llevar una buena sorpresa.”


Mientras Lota se colaba en la casa, Lito (Hipólito) llegó al jardín, buscando también su negocio a espaldas de ella. Vio al perro guardián atado con una cadena y le hizo burlas:


—Brlr. Prtz. Ja, ja, ja. Jódete, perraco, que estás bien atado. Nunca me alcanzarás.


Satán le miró con ojos asesinos y se abalanzó contra el flaco Lito, estiró la cadena de goma hasta envolver a Lito con sus zarpas y sus enormes colmillos, dándole dentelladas.


—Ayyy. ¿Pero cómo me has cazado? Esto no se hace. ¡Que alguien me ayude!


Lito escapó a duras penas de Satán y entró en la mansión, decorada con gran suntuosidad. En el salón había un san Valentín a tamaño natural para la ocasión. Lota lo vio y, al oír acercarse los pasos de Lito, creyó que era el señorito Ignacio Tormenta quien llegaba.


Así que Lota se vistió con las ropas del sacerdote romano San Valentín, sosteniendo el cayado y todo. Permaneció inmóvil, para disimular y atacar a Ignacio cuando entrase.


Llegó Lito y se quedó mirando con extraña curiosidad a San Valentín. Detrás había incluso un pequeño Cupido tallado de madera, sobre una columna, con un arco en la mano. Lito lo rozó sin querer y el Cupido disparó la flecha, que se le clavó a Lito en el trasero.


—Arrrgh. Me estoy enamorando del mismo San Valentín, con lo feo que es.


Era lo que tenía delante. No sabía que era la bella Lota disfrazada.


Lota detestaba que Lito estuviera enamorado de ella, incluso vestida del mártir San Valentín, y que le estuviera chafando el plan que la había llevado allí. En cuanto Lito se dio la vuelta, para enjugarse una lagrimita, Lota le arreó con el báculo en la cabeza.


—Ahhh. ¿Quién ha sido? Si aquí no hay nadie.


Lito se echó mano algran chichón en el colodrillo. Muy mosqueado, miraba a San Valentín. Pero Lota se había vuelto a detener, como si fuera una estatua.


—Aquí pasa algo raro —se decía Lito.


Empezó a tocarle la nariz a San Valentín, la boca y las orejas. San Valentín permanecía hierático. Así que Lito decidió meterle el dedo en los ojos repetidas veces.


San Valentín aguantó impertérrito, con tal de que no le descubrieran. Pero, por dentro, a Lota se la llevaban los demonios, deseando vengarse de su jefe.


Lito comprendió que era el báculo del santo lo que le había golpeado, así que se dedicó a palpar el cayado de San Valentín. Cuando iba a agarrarlo, Lota elevó el báculo como por un resorte mecánico y le dio en los morros. Lito retrocedió con espantado dolor.


—Uahhh. Este San Valentín está endemoniado.


Con el pánico, Lito se dio de espaldas otra vez contra Cupido. Lo derribó al suelo, con columna y todo, cayeron revueltos. Lito se hincó en el corazón otra de las flechas de madera que llevaba el angelote Cupido en el carcaj. Lito le dijo:


—No me claves más flechazos al corazón, Cupido, que ya tengo bastante.


—Una flecha saca otra flecha —Le dijo Lota—. Olvídame ya y date el piro.


Más que escamado, Lito agarró el Cupido y se lo lanzóa los pies.


Lota no pudo aguantar más inmóvil con el trompazo y se cayó de su pedestal. Se dio de bruces contra Lito, cabeza contra cabeza. Sonaron como el inmenso choque de dos melones. Clockkk. Acabaron ambos en el suelo, con sendos chichones en la frente, mareados, haciéndoles los ojos chiribitas, con la lengua fuera. Lota perdió su disfraz.


—Ahhh. Pero Lota, ¿qué haces aquí, traidora?


—Calla. Samara Faltó me pagará mucho si liquido a su ex, Ignacio Tormenta.


—Pues a mí Ignacio me apoquinará cantidad si termino con Samara Faltó.


Se dieron cuenta de que se habían traicionado el uno al otro, y de que ahora se estorbaban. La emprendieron a golpes, se tiraron del pelo, haciéndose más chichones todavía. Se detuvieron al oír ruidos en el pasillo. Alguien se acercaba. ¿Sería Ignacio Tormenta? ¿Sería Samara Faltó? Corrieron cada uno por su lado, para esconderse, cumplir sus misiones respectivas, acabar con sus enemigos contrarios y salirse con la suya.


Los pasos se acercaron por el encerado pasillo. Tap, tap, tap, tap. Lito se escondió tras la puerta, sacó su porra, dispuesto a atacar a Samara Faltó. En el primer instante, ¡plom!, Lito le sacudió un tremendo porrazo en la cocorota.


—Toma y sufre, hiena inmunda —le dijo.


Miró a quien había desplomado Lito, perverso, satisfecho y frotándose las manos.


—Je, je, je. Ya es mía la recompensa. Hoy es mi día de suerte.


Pero en el suelo no estaba derrumbada Samara Faltó, sino el enorme bulldog Satán, que se había colado hasta allí. Satán tenía un chichón formidable en el coco, gruñía y miraba a Lito con rencor. Lito le dijo, temblándole las piernas y el cuerpo entero:


—No, no, perdón. No sabía que eras tú. Olvídalo, por favor.


Satán se lanzó a él de nuevo y tornó a merendárselo a bocados y arañazos.


—Graorrr. Grrr. Ñammm. Grofff.


—Ayyy. Ah. Uahhh. Nooo. ¡Que alguien me quite esta fiera de encima!


Entonces se acercó un auténtico taconeo por el pasillo. Lota cogió el arco de Cupido y disparó una flecha al trasero de Satán, para que se enamorase de Lito y lo dejara en paz.


Satán se puso de rodillas ante Lito, adorando con gemidos a su nuevo paternal amor. Entraron en el salón Samara Faltó e Ignacio Tormenta, cogidos del brazo.


—¿Qué pasa aquí? —les dijo Lota.


—Nos hemos reconciliado —repuso Samara—. Venimos a festejar San Valentín.


Los novios reían. Lota y Lito se cayeron de espaldas desmayados.

Cuidadín con San Valentín

Relato corto
Manuel del Pino
lunes, 20 de febrero de 2023, 10:42 h (CET)

La hermosa Lota (Carlota Vega) llegó primero a Villa Maravilla. Pensaba: “Esta vez, mi jefe, ese memo de Lito, no se enterará del trabajo que tengo entre manos”. Llevaba a su fiero bulldog Satán de la correa. Abrió el portón con una ganzúa, tal como había quedado con la señorita Samara Faltó. No saltaron las alarmas. Y creía que no habría nadie. Pero se le acercó desde la casa el secretario de Samara, un tipo regordete, enseñando los dientes y mostrando la mano abierta, para pedirle su parte. Lota dijo:


—A por él, Satán. Dale lo suyo.


—Grrr. Argn. Guauuu. Ñam. Grofff.


El mezquino secretario chilló con los ojos y la lengua fuera de las cuencas. Satán le mordió la mano, por poco se la merienda entera, pero el tipo gritó corriendo a la calle.


Lota entró al jardín y ató a Satán a un árbol, pero con una falsa cadena de goma. “Así, si vuelve el secretario, o me la juega Samara, se van a llevar una buena sorpresa.”


Mientras Lota se colaba en la casa, Lito (Hipólito) llegó al jardín, buscando también su negocio a espaldas de ella. Vio al perro guardián atado con una cadena y le hizo burlas:


—Brlr. Prtz. Ja, ja, ja. Jódete, perraco, que estás bien atado. Nunca me alcanzarás.


Satán le miró con ojos asesinos y se abalanzó contra el flaco Lito, estiró la cadena de goma hasta envolver a Lito con sus zarpas y sus enormes colmillos, dándole dentelladas.


—Ayyy. ¿Pero cómo me has cazado? Esto no se hace. ¡Que alguien me ayude!


Lito escapó a duras penas de Satán y entró en la mansión, decorada con gran suntuosidad. En el salón había un san Valentín a tamaño natural para la ocasión. Lota lo vio y, al oír acercarse los pasos de Lito, creyó que era el señorito Ignacio Tormenta quien llegaba.


Así que Lota se vistió con las ropas del sacerdote romano San Valentín, sosteniendo el cayado y todo. Permaneció inmóvil, para disimular y atacar a Ignacio cuando entrase.


Llegó Lito y se quedó mirando con extraña curiosidad a San Valentín. Detrás había incluso un pequeño Cupido tallado de madera, sobre una columna, con un arco en la mano. Lito lo rozó sin querer y el Cupido disparó la flecha, que se le clavó a Lito en el trasero.


—Arrrgh. Me estoy enamorando del mismo San Valentín, con lo feo que es.


Era lo que tenía delante. No sabía que era la bella Lota disfrazada.


Lota detestaba que Lito estuviera enamorado de ella, incluso vestida del mártir San Valentín, y que le estuviera chafando el plan que la había llevado allí. En cuanto Lito se dio la vuelta, para enjugarse una lagrimita, Lota le arreó con el báculo en la cabeza.


—Ahhh. ¿Quién ha sido? Si aquí no hay nadie.


Lito se echó mano algran chichón en el colodrillo. Muy mosqueado, miraba a San Valentín. Pero Lota se había vuelto a detener, como si fuera una estatua.


—Aquí pasa algo raro —se decía Lito.


Empezó a tocarle la nariz a San Valentín, la boca y las orejas. San Valentín permanecía hierático. Así que Lito decidió meterle el dedo en los ojos repetidas veces.


San Valentín aguantó impertérrito, con tal de que no le descubrieran. Pero, por dentro, a Lota se la llevaban los demonios, deseando vengarse de su jefe.


Lito comprendió que era el báculo del santo lo que le había golpeado, así que se dedicó a palpar el cayado de San Valentín. Cuando iba a agarrarlo, Lota elevó el báculo como por un resorte mecánico y le dio en los morros. Lito retrocedió con espantado dolor.


—Uahhh. Este San Valentín está endemoniado.


Con el pánico, Lito se dio de espaldas otra vez contra Cupido. Lo derribó al suelo, con columna y todo, cayeron revueltos. Lito se hincó en el corazón otra de las flechas de madera que llevaba el angelote Cupido en el carcaj. Lito le dijo:


—No me claves más flechazos al corazón, Cupido, que ya tengo bastante.


—Una flecha saca otra flecha —Le dijo Lota—. Olvídame ya y date el piro.


Más que escamado, Lito agarró el Cupido y se lo lanzóa los pies.


Lota no pudo aguantar más inmóvil con el trompazo y se cayó de su pedestal. Se dio de bruces contra Lito, cabeza contra cabeza. Sonaron como el inmenso choque de dos melones. Clockkk. Acabaron ambos en el suelo, con sendos chichones en la frente, mareados, haciéndoles los ojos chiribitas, con la lengua fuera. Lota perdió su disfraz.


—Ahhh. Pero Lota, ¿qué haces aquí, traidora?


—Calla. Samara Faltó me pagará mucho si liquido a su ex, Ignacio Tormenta.


—Pues a mí Ignacio me apoquinará cantidad si termino con Samara Faltó.


Se dieron cuenta de que se habían traicionado el uno al otro, y de que ahora se estorbaban. La emprendieron a golpes, se tiraron del pelo, haciéndose más chichones todavía. Se detuvieron al oír ruidos en el pasillo. Alguien se acercaba. ¿Sería Ignacio Tormenta? ¿Sería Samara Faltó? Corrieron cada uno por su lado, para esconderse, cumplir sus misiones respectivas, acabar con sus enemigos contrarios y salirse con la suya.


Los pasos se acercaron por el encerado pasillo. Tap, tap, tap, tap. Lito se escondió tras la puerta, sacó su porra, dispuesto a atacar a Samara Faltó. En el primer instante, ¡plom!, Lito le sacudió un tremendo porrazo en la cocorota.


—Toma y sufre, hiena inmunda —le dijo.


Miró a quien había desplomado Lito, perverso, satisfecho y frotándose las manos.


—Je, je, je. Ya es mía la recompensa. Hoy es mi día de suerte.


Pero en el suelo no estaba derrumbada Samara Faltó, sino el enorme bulldog Satán, que se había colado hasta allí. Satán tenía un chichón formidable en el coco, gruñía y miraba a Lito con rencor. Lito le dijo, temblándole las piernas y el cuerpo entero:


—No, no, perdón. No sabía que eras tú. Olvídalo, por favor.


Satán se lanzó a él de nuevo y tornó a merendárselo a bocados y arañazos.


—Graorrr. Grrr. Ñammm. Grofff.


—Ayyy. Ah. Uahhh. Nooo. ¡Que alguien me quite esta fiera de encima!


Entonces se acercó un auténtico taconeo por el pasillo. Lota cogió el arco de Cupido y disparó una flecha al trasero de Satán, para que se enamorase de Lito y lo dejara en paz.


Satán se puso de rodillas ante Lito, adorando con gemidos a su nuevo paternal amor. Entraron en el salón Samara Faltó e Ignacio Tormenta, cogidos del brazo.


—¿Qué pasa aquí? —les dijo Lota.


—Nos hemos reconciliado —repuso Samara—. Venimos a festejar San Valentín.


Los novios reían. Lota y Lito se cayeron de espaldas desmayados.

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