Habrá que esperar a mediados del siglo XIII para encontrar en castellano cuentos de procedencia oriental. Los cristianos no solo se interesan por las obras filosóficas o científicas que circulan entre los árabes, sino también por una serie de textos didácticos, colecciones de cuentos y de sentencias. La fusión de formas no tan dispares como pudiera parecer se dio tanto en el mundo clásico –con colecciones esópicas–, como en el mundo oriental. Los textos traducidos responden a una misma finalidad: formar al hombre sabio. Sus contenidos de ética profana explican el interés por esa literatura de toda una época que se marchaba, bajo el ejemplo de Alfonso X, en busca del saber. A su vez, la amplitud de los consejos morales explica que no ofrezcan ningún obstáculo para ser asimilados en un contexto cristiano. Dos son las colecciones de cuentos que llegan a la Península a través del mundo árabe: el Calila e Dimna y el Sendebar (cuya traducción recibió el título de Libro de los engaños de las mujeres). Tanto el Calila como el Sendebar tienen un origen más remoto, pero fueron los árabes, como en tantos otros casos, sus transmisores hacia Occidente. A la Península llegaron las dos a través de los árabes y fueron vertidas al castellano en fechas y circunstancias próximas, aunque no del todo aclaradas. El origen de la primera obra se remonta a algunas de las colecciones formadas en los primeros años de nuestra era con materiales procedentes de los usados por los monjes budistas en su predicación. Entre las más antiguas muestras se encuentra el Panchatantra, formado por cinco libros destinados a transmitir unas reglas de conducta a los reyes y príncipes por medio de fábulas de animales. La obra circuló entre los persas hasta que, en el siglo VII se realizó la versión árabe que iba a tener luego una influencia destacada en el desarrollo de la narrativa occidental. La legendaria historia de su transmisión, tal como se narra en los distintos prólogos que fueron incorporándose al libro, le confiere un carácter casi mítico. Según narra uno de dichos preliminares, el rey de los indios, Dabshelim, comenzó a entregarse a todo tipo de excesos, y un filósofo de su corte, Bidpai, fue condenado a muerte por reprocharle su conducta, pena luego conmutada por la de prisión. Una noche de insomnio, el rey consultó al sabio encarcelado y, satisfecho con las respuestas que dio a sus interrogantes, decidió nombrarle visir; a partir de ese día, Dabshelim se convirtió en un buen gobernante, y el filósofo compuso numerosos libros, pensando en los más indoctos y en la educación de los príncipes. La llegada de Calila e Dimna al Occidente del siglo XIII coincidirá con el auge de la literatura didáctica, dedicada especialmente a la educación de reyes y príncipes. La confluencia en esta corriente, junto con su empleo posterior en la predicación, son las dos razones principales que explican la rápida adaptación del Calila al contexto medieval.
Los cuentos surgen del diálogo entre los personajes principales que van salpicando su discurso con cuentos, por lo que el esquema se complica cuando un personaje de la historia insertada pasa a contar otro cuento, el cual a su vez contiene otro, por el procedimiento de la “caja china” o de las “muñecas rusas”. La finalidad didáctica obliga a los personajes a detenerse en largas intervenciones, cuyo hilo conductor va añadiendo comparaciones, sentencias y cuentos insertados, como decimos. En estos últimos, por el contrario, la acción avanza con una mayor rapidez, ya que ahora el objetivo último no es convencer al receptor con la palabra, sino con la ejemplaridad de los hechos. La variedad de procedimientos estilísticos y narrativos parece pensada para ayudar a que el mensaje arraigue y fructifique en el lector o, dentro del relato, en el interlocutor.
La segunda colección de cuentos que nos llega a través de los árabes, el Sendebar, destaca por su sencillez y su organización perfecta. Su estilo se aleja del Calila, quizá por una transmisión más defectuosa; y al igual que este se trata de un marco narrativo que engloba a un conjunto de cuentos insertados. El libro comienza con la historia de un rey, que está preocupado por la carencia de un heredero. Gracias a la oración, consigue con una de sus noventa mujeres el hijo esperado y convoca a sus astrólogos para escuchar la predicción del horóscopo. Estos, además de anunciarle prosperidad, predicen una gran desgracia que le sucederá al joven cuando tenga veinte años. Por un momento se relaja la acción para narración los avances del príncipe hasta que, al cumplir lo quince años, parece incapaz de asimilar más conocimientos. Reunidos los sabios de la corte para debatir el problema, será uno de ellos, Çendubete en la versión castellana, quien se ofrezca para enseñarle con rapidez, Juntos, maestro y discípulo, se encierran en un aislado palacio con paredes decoradas para avivar el ingenio y culminará su aprendizaje. Sin embargo, no tendrá de momento ocasión de demostrarlo, pues, consultados antes los astros, señalan un grave peligro para el joven en los próximos siete días, que tratará de conjurar cumpliendo un silencio total impuesto por Çendubete. Pero, como es habitual en los relatos folclóricos, el horóscopo debe cumplirse inexorablemente; el peligro anunciado vendrá en forma de proposición deshonesta realizada por una de las mujeres del rey, quien, al verse rechazada, lo acusa falsamente ante el monarca. Las circunstancias han obligado al infante a romper su mutismo para repudiar a la mala mujer, con lo que el destino ha resultado inexorable y el rey, llevado por la “ira regia”, condena a su hijo a muerte.
El Sendebar presenta el modelo más difundido de marco narrativo y que todos conocemos, a través de las Mil y una noches: contar sirve para impedir el cumplimiento de una acción cualquiera. Cuando el procedimiento sea captado por Occidente, el marco sufrirá un proceso de debilitamiento. Boccaccio y Chaucer son buen ejemplo de ello. Y si, por una parte, en el Sendebar son escasas las reflexiones éticas, dentro de los relatos hay una enorme variedad. Algunos son de carácter maravilloso y otros están próximos a los fabliaux. De los veintitrés cuentos insertados siete presentan ejemplos de esposas infieles. A ello hay que añadir el carácter misógino de la trama principal, ya que, como hemos visto en el resumen del argumento, una mujer es la culpable de todo el enredo, dispuesta primero a matar al rey y después, al no contar con la complicidad del infante, a causar la muerte de la joven.
|