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Opinión
Etiquetas:   Reflexión   dispersión   Inteligencia   Crítica  

Nudos de la inteligencia

Los intereses subyacentes dificultan los pensamientos particulares
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 19 de agosto de 2022, 08:52 h (CET)

Estamos embarcados en una navegación azarosa. Los horizontes se abren y se cierran con idéntica celeridad; el oleaje no permite el mínimo reposo. Ni tan siquiera disponemos de unas ideas claras para ir tirando. La capacidad de los razonamientos, esa pretendida conciencia de estar presentes, está sometida a numerosos condicionantes; no consigue liberarnos de ese atrapamiento menesteroso de la incertidumbre. 


Comienza con la misma noción del intelecto propio, contemplado como una serie de reflejos muy cercanos a la química, como una cualidad evolucionista o derivado del toque animista de rango superior. Los diferentes rumbos parten de esas circunstancias desconocidas, agarrados a unas señales inquietantes.


No sé si debiera preocuparnos más lo incierto de la existencia o las pretendidas conclusiones estables, las irregularidades o las aparentes versiones regulares. La suma de factores colectivos a las particularidades individuales es inabarcable por sus dimensiones; en especial si tenemos en cuenta la relevancia de cuanto ignoramos de todo ese fondo. 


La referencia al grado de inteligencia es una precisión un tanto presuntuosa si no mencionamos a la vez las circunstancias valoradas. Decir cosas no equivale a estar en lo cierto, menos todavía si entramos en el ámbito de otras personas y no digamos de colectividades. Las mediciones simplistas quizá sean indicadores de la escasa calidad mental de los medidores.


Hasta en las universidades, como en los diferentes medios científicos, se profesa un culto exagerado a las cantidades reflejadas en números concretos; permanecen en apartados muy secundarios las referencias a los matices cualitativos, a eso denominado como calidad, a la oportunidad, a la diversidad de los participantes. Los coeficientes al uso ceñidos a determinados parámetros son reduccionistas e intentan hacernos creer en su valor absoluto. Las DIMENSIONES del intelecto humano extienden sus brazos por la gran variedad de ocupaciones, sin limitaciones de agendas extrañas. Entrar en la valoración de su calibre parece demasiada tarea, cuando apenas somos capaces de precisar algún hecho concreto.


No estamos configurados para la comprensión total de casi nada, si exceptuamos esa aproximación tan manida a la socrática ignorancia; por otra parte, quizá sea la máxima expresión del saber humano. Eso sí, las aproximaciones al fenómeno de la asimilación mental de cuanto nos sucede, están a la disposición de cualquier persona con un mínimo de interés. Somos conocedores de esa relación entre los pensamientos y las conductas derivadas, incluidas las consecuencias de su realización. Por lo tanto, celebramos aquellas ocasiones en las cuales detectamos los enlaces gratificantes de esa congruencia; con el consiguiente lamento por las actitudes empeñadas en originar contradicciones innecesarias.


El calibre mental de cada uno se sirve de la mención de cuanto acontece en su derredor, desde las aportaciones propias a las ajenas, desde las percepciones sensoriales a las fantasías imaginadas. Representan el punto de partida para las elaboraciones reflexivas insoslayables de cara a la asimilación de la existencia. Ahora bien, en esa comunicación, es exigible en cualquier sector un mínimo de PRECISIÓN, de llamar a cada elemento con propiedad. Adónde pensaremos llegar si sólo admitimos los criterios propios para relacionarnos con el mundo y la sociedad. Tampoco a la inversa si hemos de someternos a criterios sociales exclusivos. El enjaulado de la mente es una de las tribulaciones a desvelar.


Frente a los opinólogos intempestivos e incluso los estudiosos de mayores enjundias, resulta claramente insuficiente el mero ejercicio de poner en marcha la potencial energía de sus disquisiciones. No basta con la emisión con una serie de dictámenes sucesivos si no contamos con una serie de precisiones imprescindibles. Las participaciones requieren de una concreta CAPACIDAD proyectada sobre determinados proyectos, dirigida a unos sectores concretos y en los momentos precisos. Tampoco es lo mismo si se aplican esas opciones ante unas personas concretas u otras de distintas necesidades o condiciones. Esa dirección de las aportaciones varía la tipología de las inteligencias requeridas.


En estos asuntos, siendo importante la buena disposición mental de los participantes y sus dotes adecuadas, en el orden práctico de sus evoluciones adquiere un peso notable la repercusión de dichas acciones sobre los AFECTADOS de cada ejercicio concreto. Ese aspecto de las consecuencias derivadas tiende a dejarse un tanto de lado en las agrupaciones sociales del momento. Como si el grueso de la población debiera adaptarse a las sesudas consideraciones de ciertos magnates. De donde se pone de manifiesto la estupidez de una pretendida calidad estructural pese a quien pese, amputando ese ramal imprescindible de los resultados derivados de sus acciones; esa separación es irreal.


Los curiosos matices de la dotación intelectual configura el perfil de una persona concreta, su alcance y dimensiones escapan a los observadores externos. El propio protagonista funciona con ese perfil sin dominar el conjunto de sus condiciones. Aunque se fragua de manera evidente un determinado carácter, sus orientaciones de multiplican en las vivencias sucesivas. Adquieren un rango especial los factores INCONTROLABLES , nos obligan a compartir los impulsos; unas veces por la fijeza de las disponibilidades naturales, muchas otras por ese potencial representado por las emociones y experiencias apasionadas. El valor de la inteligencia difiere según el requerimiento de cada situación.


La dispersión inevitable a la hora de las aplicaciones demuestra la inutilidad e incluso la perversión de ciertas mentalidades potentes, cuando se dirigen únicamente a uno de los sectores, mientras se desentienden de consideraciones importantes. Los notorios empoderamientos de rango ideológico, económico, político o simplemente de unas personas sobre otras en las conductas cotidianas, ponen de manifiesto la necesidad de una INTEGRACIÓN coherente del conjunto ramificado de la inteligencia humana. A diario lamentamos la disgregación de las actitudes por los abusos dinerarios, desfachatez política, desconsideración con los débiles o la ceguera ante las peculiaridades personales.


El desconocimiento se pone de manifiesto en los variados niveles de razonamiento. Se acumulan las impresiones percibidas, pero se retrasa el verdadero conocimiento de cuanto está sucediendo. Además de la actitud personal hemos de contar con los ACOMPAÑAMIENTOS plagados de sugerencias e impedimentos a los cuales hemos de hacer frente con dignidad.


A la hora de las vivencias personales, el sentimiento propio con sus matices intransferibles, se ve amenazado por la COLONIZACIÓN MENTAL de imprevisibles consecuencias. Los supuestos ilustrados, expertos, influenciadores, famosos, eruditos, no dan tregua en su constante presión ambiental; los intereses subyacentes en todo ello dificultan los pensamientos particulares.

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