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Soledad impuesta

Busco en Internet espantar la soledad pero no lo consigo
Octavi Pereña
lunes, 4 de julio de 2022, 08:58 h (CET)

Según Javier Senent, presidente de Cruz Roja Española “Existe una fractura social importante, con índices de paro significativos. Con los colectivos con los que trabajamos se da una incidencia que multiplica por dos y por tres los peores índices generales. Una de nuestras máximas preocupaciones es el problema de la fractura digital. Parece que damos por hecho que todo el mundo tiene conectividad y equipos informáticos y no es así. Con los colectivos con los que trabajamos es un porcentaje muy pequeño, con casi un 64% sin ordenadores y un 50% sin internet en el hogar. La fractura digital afecta el aislamiento, y en muchos países se han creado ministerios  para atender este aislamiento que afecta a muchas personas mayores. Todo el tema de la digitalización que se ha acelerado añade dificultades que acentúan la soledad y el aislamiento”.


Según los sicólogos se dan dos tipos de soledad: la impuesta y la buscada. La primera, uno se la encuentra sin necesidad de tener que ir a buscarla. Nadie desea enviudar y más en edades avanzadas cuando tan necesaria es la compañía. Son situaciones en las que uno nada puede hacer. Se tiene que aceptar la realidad tal como es y no darse cabezazos contra la pared que solo sirven para empeorar el estado en que uno se encuentra. Es la mejor decisión que puede tomarse. Esta situación no deseada tiene que aceptarse con tranquilidad. A menudo se opta por el atajo buscando llenar el tiempo en compañía de cualquier manera. Ello nos lleva a aquello que un maestro hindú dijo: “Mil personas andando por un camino, mil solitarios andando juntos”. El deseo de encontrar fuera lo que no se tiene dentro nos lleva a un trasegar constante en busca de la compañía que creemos nos curará la soledad.


Ahora que se ha levantado la veda del confinamiento debido a la Covid-19 se llenan las terrazas de las cafeterías. El ocio nocturno hierbe. Los turistas asaltan los aeropuertos sin importarles lo más mínimo las molestias que se ocasionan. La ecología se guarda en el cajón. ¡A disfrutar de la vida que solamente se vive una vez! Una vez enmudecido el ruido del trajín la soledad escondida resurge con virulencia pidiendo experiencias más intensas. Es como la rueda del hámster, un movimiento continuo entre hambre/satisfacción que conduce a la mediocridad de la existencia. Sin ser conscientes de ello, el trajín vertiginoso indica la sed de Dios que siente el alma. Lo grave del caso es que se busca saciarla por caminos erróneos. “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas”, escribe el salmista, “así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed del Dios vivo” (Salmo 42: 1, 2).


“Mi alma tiene sed del Dios vivo”, afirma el salmista. Los sucedáneos no sirven. Algunos nos quieren llevar a la práctica religiosa, la que sea. Se puede llegar a ser muy religioso, pero la religión sin Dios  se comporta como el agua salada, cuanta más se bebe, la sed se hace más ardiente. La religión no es el Dios vivo por el que suspira el salmista. El Nuevo Testamento expone con mucha claridad este error que si no se corrige a tiempo lleva a la muerte eterna. Los máximos representantes de esta filosofía fueron los fariseos a quienes desenmascara Jesús cuando dice de ellos: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí, pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mateo 15: 8, 9).


El Antiguo Testamento miraba hacia el futuro, hacia el Mesías que tenía que venir. El Nuevo nos presenta al Mesías que ya ha llegado, que es el agua viva en la que el salmista apaga la sed de su alma. Diversos textos nos lo presentan así. Hay uno de muy relevante que nos muestra a Jesús apagando la sed del alma de una mujer.


Jesús, cansado de la caminata se sienta junto el pozo de Jacob. Se acerca una mujer con un cántaro en la cabeza a buscar agua del pozo. Jesús, rompiendo los tabúes de la época se dirige a la mujer, diciéndole: “Dame de beber” (Juan 4: 7). En respuesta, la mujer saca a relucir la hostilidad existente entre judíos y samaritanos. La samaritana fue una mujer marginada por dos razones: por ser mujer y por ser samaritana. Jesús que vino a derribar los muros de separación que se encargan de levantar los hombres, le dice: “Si conocieras el don de Dios, y quien es el que te dice. Dame de beber, tú le pedirías, y Él te daría agua viva” (v. 10). Rota la prevención y derribado el muro de separación, entre Jesús y la mujer se establece una animada conversación sobre el agua. Jesús le viene a decir: Mujer, tú  vienes al pozo a buscar agua. Mañana tendrás que volver de nuevo a buscar más agua porque el agua que te llevas con el cántaro no apaga la sed para siempre. Pero el agua que yo te daré, que soy yo,  “no tendrás sed jamás, sino que el agua que yo te daré será en ti una fuente que salte para vida eterna” (v. 14).


Esta mujer sexualmente liberada porque había tenido cinco maridos  y el que ahora tenía no era su marido, no estaba satisfecha con su vida. Dejó olvidado el cántaro junto al pozo y se marchó corriendo hacia el pueblo para decir a sus conciudadanos con gran alegría: “Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será este el Cristo?” (v. 29). Una mujer condenada a la exclusión por los prejuicios sociales, “Dios hace habitar a los solitarios en un hogar” (Salmo 68. 6). La amistad con Jesús derriba todas las soledades impuestas. La fe en Él llena el vacío existencial al saciar el alma con la presencia del Espíritu Santo. Uno puede encontrase sumergido en una soledad impuesta y la fe en Jesús no lo saca de dicha situación. La presencia del Espíritu Santo convierte a uno en templo del Dios vivo. Ríos de agua viva brotan de su corazón.

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