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​Ignorar el desafío de Putin, es exponerse a sucesivos chantajes

En la mentalidad guerrera, expansionista y ególatra del dirigente ruso hay el proyecto de volver a unir lo que fue la antigua Rusia zarista
Miguel Massanet
lunes, 7 de marzo de 2022, 09:23 h (CET)

Es evidente que la palabra guerra, con todas sus fatales consecuencias, sea una expresión capaz de hacer temblar a cualquier persona. No obstante, por muy buenistas y pacifistas que seamos es evidente que, si hay algo que se ha ido reproduciendo fatalmente a través de todos los tiempos, desde de que el mundo es mundo, han sido sucesivos episodios de enfrentamientos armados entre los hombres, que se han valido de distintas excusas para solucionar ambiciones territoriales, cuestiones económicas, diferencias doctrinales,  e incluso, la iglesia católica que es la que con mayor énfasis se viene oponiendo a las guerras, ha practicado durante siglos este medio de presión en contra de aquellos estados o países en los que se pretendió imponer otra clase de creencias espirituales que, en cierta manera, suponían pérdidas territoriales y de poder en menoscabo del imperio vaticanista.


Sin embargo, la cuestión semántica en el caso del conflicto ucraniano, tiene su importancia. No se trata de que dos países se hayan declarado, por las causas que fueren, en estado de guerra. Aquí lo que ha sucedido ha sido que una superpotencia, Rusia, ha decidido invadir a una nación fronteriza para impedir que Ucrania pudiera decidir sobre la forma de relacionarse con otros países o asociaciones políticas de Europa, argumentando la peregrina idea de que, en el caso de que esto sucediera, podría situarse en él instalaciones militares, armamento o cualquier tipo de medios defensivos que, a su juicio y en un futuro, pudieran llegar a ser un peligro para la nación rusa. Desde este punto de vista y dado que, con los medios de que disponen los ejércitos actuales, ninguna nación de las que tienen fronteras con Rusia e, incluso de las que no las tienen, carece de medios: cohetes, misiles de medio y largo alcance, aviones, y demás pertrechos bélicos con los que llegar a Moscú en el caso de un hipotético enfrentamiento, no deja de ser una excusa pueril y carente de fundamento.


Lo malo de toda esta situación es que, en la propia argumentación del señor Putín y sus generales, está la clave del por qué los rusos están preocupados por sus fronteras con Ucrania y es, sencillamente, porque ellos piensan en que, en un futuro, corto o largo, van a entrar en guerra con Europa y, claro, en este caso, el tener misiles en el país vecino no sería cosa agradable. 


No obstante, en el fondo de la cuestión, lo que existe es que en la mentalidad guerrera, expansionista y ególatra del dirigente ruso hay el proyecto de volver a unir lo que fue la antigua Rusia zarista, la gran patria rusa, que dejó de ser la más poderosa del mundo el día en el que se fueron dividiendo las naciones que antiguamente pertenecían a la confederación soviética. Lo evidente es que no siempre ocurren las cosas como hemos pensado que iban a ser y que el señor Putín pensaba que lo de Ucrania sería pan comido y, como sucedió con el potente ejército  alemán del dictador Adolf Hitler cuando invadió, en tiempo récord, Polonia usando su famosa técnica llamada blitzkrieg (‘guerra relámpago’) inventada por el General Heinz Guderian; en unos pocos días habría culminado la conquista de las principales ciudades de la república, algo que por desgracia para sus planes no se ha producido y ya llevamos diez días desde la iniciación del conflicto sin que la enorme superioridad y potencia de fuego de los rusos haya podido acabar con la heroica resistencia de sus ciudadanos.


Esta situación, no prevista, parece que ha contribuido a exacerbar los ánimos del dictador ruso que parece ha cambiado de táctica y ahora, con los bombardeos intensivos de las grandes ciudades, sus arengas belicistas y sus amenazas de utilizar su arsenal atómico, da la impresión de intentar aterrorizar a la población civil para que decida rendirse al invasor. Por otra parte, las pérdidas en vida humanas de los invasores parece que son elevadas y este es otro factor que, pese a la censura que existe en toda Rusia sobre el conflicto ucraniano, no es probable que pueda mantenerse mucho tiempo oculta ya que los familiares de las víctimas van a enterarse, más pronto que tarde, del fallecimiento de sus deudos.


Lo evidente es que Europa intenta solventar el tema mediante el diálogo, una palabra que la estamos escuchando constantemente, pero que dudamos que quienes la utilizan sepan su verdadero significado. Recordemos el “do ut des”, yo te entrego algo para que tú me des otra cosa a cambio. Si yo quiero negociar no puedo pretender que la persona, el ente o la institución con la que negocio el acuerdo, me entregue lo que yo quiero a cambio de nada. Deberé ceder en algo y corresponder dándole satisfacción, total o parcial, a la otra parte. Es obvio que quienes están, al menos así se manifiestan, en contra de lo que ellos llaman guerra y culpan a la OTAN de lo de Ucrania, confunden invasión, ocupación, masacre o abuso de fuerza con lo que sería una guerra normal declarada entre dos países; lo que intentan es barrer para casa y justifican a Putín porque ellos, seguramente, si pudieran utilizarían los mismos medios para conseguir sus objetivos.


Pero, también hay multitud de personas poco informadas, desinformadas, ignorantes y propicias a dejarse convencer por cualquiera que quiera lavarles el cerebro, que hablan del no a la guerra sin tener en cuenta que, en ocasiones, si no se toma al toro por los cuernos desde un primer momento, puede que el morlaco no de ocasión de hacerlo otra vez, antes de haberte destruido. Europa y probablemente los EE.UU, por distintas razones, no han querido afrontar con valentía el órdago que Putín les ha lanzado, pretendiendo responder con medidas de tipo económico, que es posible que hagan mucho daño a la población rusa, de aquí a unos meses pero que, a la vista está, a quienes está empezando a perjudicar de una forma inmediata es a los propios europeos, que estamos viendo el fantasma del incremento de los costes energéticos, así como el aumento preocupante de artículos de primera necesidad, algunos de los cuales ya empiezan a escasear.


¿Quiere decir que, si ahora se cede ante Putín, permitiendo que se consuma el sacrificio del pueblo ucraniano por no intervenir a su favor, se va a evitar que, en una próxima etapa, el dictador ruso decida invadir Polonia, Moldavia, o a cualquiera otro de sus vecinos fronterizos por la misma razón por la que lo está haciendo en Ucrania? Sólo un necio o una persona incapaz de analizar la política internacional, puede esperar que si ahora se le deja actuar a su aire no va a aprovechar esta facilidad para chantajear a Europa y a EE.UU en cualquier otra ocasión en la que pueda pensar que va a conseguir la victoria.


A Biden este affaire ya le está costando una pérdida de popularidad que, curiosamente, puede favorecer las aspiraciones del señor Trump a regresar a su antiguo puesto de presidente en las próximas legislativas en aquella nación. No se puede intentar cerrar en falso un tema de la trascendencia de lo que está sucediendo en la nación ucraniana. Europa se juega su futuro, su estabilidad, su situación geo-política y, lo que es lo   principal, su seguridad si el señor Putin y sus generales, vuelven a las andadas en su objetivo de convertir, nuevamente, a la nación rusa en el gran ogro para occidente y sus intereses. China, aparentemente, ha adoptado una postura de no intervenir, sin dejar de apoyar la causa rusa, pero sin tomar decisiones que pudieran anticipar su intención de participar en una contienda que, evidentemente, no le conviene porque, sin duda alguna, espera sacar una tajada mejor si Rusia y los americanos con la OTAN se enzarzaran en una contienda, de la que ellos pudieran conseguir nuevos mercados en el resto de naciones, afectadas o no, por el enfrentamiento en Ucrania.


España, a estos efectos no es más que un cero a la izquierda por mucho que la señora Von del Leyen, presidente de la Comisión europea, seguramente fascinada por la buena presencia del nuestro señor Sánchez, con el que parece que se entienden de maravillas, se empeña en alabar nuestra “decidida” participación a favor de Ucrania. No parece estar tan entusiasmado el señor Biden, que no se ha dignado llamar al señor Pedro Sánchez ni una sola vez durante este ya largo peregrinaje en torno a la situación ucraniana. ¡Oulala la famme!


O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, resulta que nos hallamos en una situación verdaderamente peculiar en la que, por primera vez en muchos años, volvemos a percibir aquel nerviosismo que, de pequeños, sentíamos al ver a nuestros padres preocupados, tristes, acongojados y nerviosos pendientes de la radio y de los acontecimientos bélicos de aquella guerra civil que azotó España. A diferencia de entonces ahora, a nuestra vejez, ello supone revivir recuerdos de antaño y, por otra parte, sentir envidia del patriotismo de aquellos jóvenes que iban a luchar sabiendo que, probablemente, iban a morir, pero que no había otra solución si se pretendía salvar a España del comunismo moscovita. No vemos en las actuales generaciones, tan materialistas, tan poco implicadas en lo que es patriotismo y tan ajenas alos deberes que todo español debiera tener grabados en su conciencia, respecto a su solidaridad para defender el patrimonio de valores que nos ha sido trasmitido a través de nuestros mayores; poco o nada queda ya, en España, de aquellos valores de nuestros mayores.


Una frase de Minerva Mirabal como colofón: “Nadie puede desconocer la fuerza interna de un pueblo, ni sus valores, todo el que lo desconozca fracasará…”

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