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Luis García Jambrina: «El Camino de Santiago es como un pequeño universo que encierra la vida»

En esta ocasión y por encargo del arzobispo de Santiago, Juan Pardo de Tavera, tratará de descubrir el origen de una serie de crímenes, que ocurren en el camino compostelano
Herme Cerezo
martes, 9 de febrero de 2021, 10:48 h (CET)

Dos mil veintiuno, con pandemia incluida, es año Xacobeo. Ocurre esto cada vez que el día 25 de julio, festividad de Santiago Apóstol, cae en domingo. El escritor Luis García Jambrina (Zamora, 1960), profesor titular de Literatura Española en la Universidad de Salamanca, rinde su tributo particular a esta efeméride con la publicación de ‘El manuscrito de barro’ (Espasa), la quinta entrega de la serie de novelas protagonizada por Fernando de Rojas, el autor de ‘La Celestina’, que también fue jurista. García Jambrina ha convertido a De Rojas, de cuya vida desconocemos casi todo, en un detective, en un pesquisidor en el decir de la época, que debutó en la ficción con ‘El manuscrito de piedra’. A partir de entonces, este pesquisidor nacido en la puebla de Montalbán, se ha visto inmerso en varios misterios, tejidos con el velo literario de una hibridación entre el género histórico y el policiaco. En esta ocasión y por encargo del arzobispo de Santiago, Juan Pardo de Tavera, tratará de descubrir el origen de una serie de crímenes, que ocurren en el camino compostelano. Contará para ello con la valiosa ayuda de su Watson particular, o de su Sancho, que viene a ser lo mismo, Elías do Cebreiro, clérigo y archivero de la catedral de Santiago. Corre el año mil quinientos veinticinco cuando «un peregrino es asesinado poco antes de llegar a la ciudad de Burgos; se trata de una más de una serie de extrañas muertes que se vienen produciendo en las diferentes etapas del Camino Francés…» Con este comienzo, tan prometedor para los amantes del género, arranca ‘El manuscrito de barro’. Aplicado el protocolo preceptivo para entrevistas desde la irrupción del covid-19 en nuestras vidas, apreté la tecla rec de la grabadora, y Luis García Jambrina y quien suscribe, teléfono móvil mediante, manos libres accionadas y bloc de notas preparado, comenzamos a charlar sobre esta novela y sobre algún que otro asunto literario. Corría el segundo día del mes de febrero del año dos mil veintiuno.

Luis Garcu00eda Jambrina

Luis, ¿por qué escribe o qué significa la escritura para Vd.?

Creo que en una persona lo más natural es la lectura, pero llega un momento en que uno siente la necesidad y la vocación de escribir. Y cada vez esta necesidad puede más, de tal manera que para mí la escritura se ha convertido en algo fundamental desde el punto de vista psicológico y también fisiológico. Eso se ha demostrado en este último año, ya que en los meses más duros del confinamiento yo me agarré a la escritura y, de este modo, pude sobrellevar mejor la situación y no pensar. En una coyuntura tan prolongada en el tiempo como esta, resulta indispensable tomar distancia y gracias a la escritura puedo sumergirme en otros mundos y realidades paralelas.

De la vida de Fernando de Rojas, autor de ‘La Celestina’ y protagonista de ‘El manuscrito de barro’, se sabe que fue jurista y no mucho más. ¿Cómo surgió la idea de convertirlo en el protagonista de una serie de novelas histórico-policiales, con el oficio de pesquisidor?
De Fernando de Rojas no se sabe prácticamente nada y eso lo convertía en un personaje atractivo para mí. Él era una figura de la Literatura Española, cuya vida está rodeada de muchos enigmas, como por ejemplo saber por qué abandonó la escritura tras haber publicado un bestseller de la época, como fue ‘La Celestina’, del que surgieron continuadores que escribieron secuelas. También me llamaba la atención su profesión de jurista, que ejerció en las últimas décadas de su existencia en Talavera de la Reina, observando una vida muy discreta, quizá porque era converso. Él fue jurista del concejo y alcalde mayor de Talavera, es decir, la persona encargada de impartir justicia en la población. Esta labor suya tiene mucho que ver con el oficio de pesquisidor, alguien que se ocupaba de efectuar pesquisas sobre los delitos que se cometían. Además, existe una gran relación entre su oficio de pesquisidor y el humanismo. Ser humanista significaba interesarse por todo, ya que para él no hay dogmas y esa curiosidad le llevaba a no conformarse con la realidad aparente y buscar la verdad. Por esa suma de razones decidí convertirlo en un personaje de ficción, protagonista de mis novelas, teniendo en cuenta también que no hubiera podido escribir una biografía suya por la escasez de datos existente.

Pesquisidor y sus derivados, pesquisa (o pesquisición como decía Plinio, el personaje creado por Francisco García Pavón), facecia, jacobear, bordón, hospitalero, filandón… Palabras bellas, pero también olvidadas, esta novela le ofrecía la posibilidad de recuperarlas, ¿no?
Sí, a veces hay lectores que me hablan de palabras que hacía tiempo que no escuchaban, muchas de las cuales se han venido utilizando hasta hace muy poco, sobre todo en zonas rurales. Esto surge en el momento que decido de qué manera iba a escribir una novela histórica. Había dos opciones: hacer uso de un lenguaje similar al que se hablaba entonces y convertirlo en eso que llamamos un pastiche, o escribir con un lenguaje completamente actual. Yo me incliné por una solución intermedia, es decir, utilizar un lenguaje comprensible, que incluyese palabras, fórmulas de tratamiento y modismos de aquel momento, y que proporcionaran al texto un ambiente de época.

En ‘El manuscrito de barro’ y para descubrir a los autores de los crímenes, De Rojas viaja acompañado del archivero Elías do Cebreiro, que actúa como una especie de contrapeso. ¿Hay aquí un homenaje a Don Quijote y Sancho o a Sherlock Holmes y Watson?
A los dos [risas]… Está muy bien que me lo pregunte, porque esta es también otra de esas decisiones importantes que tomas a la hora de escribir. En mis novelas he tratado de mezclar la tradición literaria culta y la de la novela popular. Hoy en día ya no hacemos esas distinciones, salvo en el mundo académico y entre algunos críticos, pero desde mi adolescencia para mí era algo natural leer un día ‘El lazarillo’ y otro un libro de Agatha Christie. Yo no encontraba diferencias, para mí era lo mismo, literatura, libros que me podían apasionar…

Disculpe que le interrumpa, pero acaba de citar a Agatha Christie, a la que también le dedica un guiño notable al incluir en ‘El manuscrito de barro’ la canción ‘Doce peregrinos’, que, inevitablemente, retrotrae a la canción de cuna que aparece en la novela ‘Diez negritos’ de la escritora británica.
Pues sí, es cierto, la tenía en mente cuando escribí esa composición, vinculándola con la trama en la que van desapareciendo peregrinos. Muy bien visto por su parte. Me gusta esa pregunta porque es algo esencial en la novela. En general, la serie de los manuscritos está llena de estos guiños y cuantos más reconozca el lector mucho mejor, porque estos descubrimientos siempre producen placer durante la lectura. Regresando a su pregunta anterior, Watson y Holmes, Don Quijote y Sancho, son personajes que discuten entre sí, representan caracteres muy contrapuestos entre los que existe una cierta tensión, pero en mi caso, a medida que avanza la novela, De Rojas y Elías se van contaminando el uno del otro. Al final se produce una transformación, se vuelven más comprensibles y surge una cierta amistad entre ambos. Y esto también se observa tanto en el Quijote como en los relatos de Conan Doyle. En ‘El manuscrito de barro’, además, aparecen muchos pícaros, que se ganaban el sustento haciendo el Camino de Santiago.

Es verdad, su novela está llena de estos personajes que conforman el microcosmos del Camino. Entre ellos se encuentran los llamados «peregrinos de oficio», que, a cambio de dinero, marchaban a Santiago en lugar de otras personas, que les pagaban por ello para ganar la indulgencia prometida.
Sí, era un tipo de peregrino muy frecuente en la etapa medieval y, sobre todo, en la época en que se sitúa la novela, un momento de crisis y cambios en el que el perfil de los caminantes varió bastante. El archivero Elías cita a esos peregrinos de oficio, mercenarios, que se ganaban la vida peregrinando en nombre de otros. Incluso hubo gente que, en su testamento, dejaba mandas para que alguien peregrinase en su lugar para obtener el perdón de sus pecados. Con todos estos detalles he pretendido mostrar la decadencia del Camino durante aquellos años.

La época en que se ubica la acción corresponde con un momento histórico muy interesante, ya que apenas hace 30 años que se ha tomado Granada y se ha descubierto América, sin olvidar el auge de Lutero, que está expandiendo su Reforma. Son tiempos convulsos, de transición.
Precisamente por ese motivo escribí ‘El manuscrito de piedra’, la primera novela de esta serie. Al principio, mi intención era hacer un relato breve sobre Fernando de Rojas, pero entonces me di cuenta de que era un personaje que daba para mucho más, ya que su época iba asociada a los cambios producidos tras el paso de los Reyes Católicos a Carlos V, con todos los acontecimientos que sucedieron entonces. Los momentos de transición como ese son siempre muy interesantes. Y justo allí, en medio de todo eso, se encontraba el personaje de De Rojas.

Como ya hemos visto, el título de la novela es ‘El manuscrito de barro’, ¿por qué lo escogió?
Todas las novelas de la serie se titulan ‘El manuscrito’, seguido de uno de los cuatro elementos de la tradición clásica. El título lo tengo claro desde que comienzo a escribir, está siempre presente, aunque luego puede cambiar, y va cobrando sentido a lo largo de la escritura. En este quinto libro quise mantener esa idea y regresé a la tierra, como ya ocurría en ‘El manuscrito de piedra’. Pero en este caso hay algo más, porque el elemento simbólico fundamental de los peregrinos es el barro, que es una palabra muy cargada de significados. El barro forma parte del Camino, tiene que ver con el pecado y con la debilidad humana, sin olvidar que estamos hechos de barro, por muy elevados que sean nuestros pensamientos. Además, ya estaba presente en la Biblia y el primer soporte de la escritura fueron las tablillas de arcilla. Por lo tanto, como resulta fácil de comprobar, a este elemento se le puede sacar mucho rendimiento desde un punto de vista literario.

El Camino de Santiago está pleno de simbolismos. Por ejemplo, el bordón o bastón, como tercer pie, simboliza la Santísima Trinidad. Pero la novela guarda otras sorpresas, como la de descubrir que el célebre Juego de la Oca, con sus trece ocas y todos sus obstáculos, sea una representación de la peregrinación, dividida también en trece etapas.
Sí y eso se vincula con los templarios, que también forman parte de la historia del Camino de Santiago. Los templarios, con sus resonancias más o menos esotéricas, habitaban el famoso castillo de Ponferrada y eran un elemento natural del Camino. Hay gente que sostiene muy seriamente con argumentación escrita, que el recorrido del Juego de la Oca es una representación del Camino de Santiago con todos los peligros, obstáculos y ventajas que se pueden encontrar en él. Se trata de un camino de superación, que se dirige hacia lo sublime y estos aspectos se pueden visualizar muy bien en ese juego.

Tampoco podía imaginar que existiera un libro titulado ‘El camino de Künig a Compostela’, una guía de viaje escrita a finales del siglo XV, donde con todo detalle se le proporciona al peregrino una serie de recomendaciones para bien comer y mejor pernoctar.

La ‘Guía’ fue un descubrimiento que hice mientras me documentaba sobre el Camino. Fue escrita por un monje alemán, Hermann Künig, y publicada en 1495, poco antes del comienzo de la novela. Fue la primera guía que se publicó en el mundo sobre el Camino de Santiago y fue también una de las primeras guías turísticas que vieron la luz. Estaba escrita en verso para que el peregrino pudiera memorizarla más fácilmente. Pero no es muy conocida y creo que no se le ha otorgado la importancia que en verdad merece. De hecho, hace unos meses se publicó por primera vez en castellano. Hasta ahora solo existía en gallego, aunque había sido incluida en una enciclopedia eclesiástica, que resultaba inaccesible. En la actualidad, se ha producido también una recuperación de la figura del monje Künig, del que tampoco se sabe mucho. Atando cabos de aquí y allá lo he convertido en un personaje más de la novela. Desde luego para un novelista los detalles que proporciona son fundamentales y a mí, entre otras cosas, me ha permitido conocer el día a día de la peregrinación.

En ‘El manuscrito de barro’ aparecen mujeres que recorren el Camino, pero ¿en la vida real, las mujeres tenían permitida la peregrinación?
No, no estaba prohibido. Había peregrinas y hay libros que hablan sobre ellas. El camino es como la existencia, un pequeño universo que encierra la vida de entonces y ahí cabían las peregrinas. Lo que ocurre es que los teólogos católicos recomendaban que las mujeres no hicieran el Camino porque, dentro de la mentalidad social de entonces, constituían una tentación y justamente a un camino de penitencia ellas llevaban el pecado. Por lo tanto, no querían que peregrinasen, ni que salieran de casa o del convento. Además, si para un viajero el Camino en aquella época era peligroso, para una mujer lo era cien veces más, así que ellas optaron por peregrinar menos y hacerlo en grupo, acompañadas por sus maridos y criados. Las que caminaban en solitario por alguna penitencia, recurrían al disfraz. La mujer disfrazada de varón forma parte de la Literatura Española y es un elemento que incorporo mucho en mis novelas, porque da ocasión a situaciones literarias muy interesantes. Las monjas también peregrinaban y no podemos dejar sin citar a Egeria, una mujer apasionante, que peregrinó a Tierra Santa algunos siglos antes y dejó testimonio escrito de su viaje.

En una peregrinación jacobea, ¿lo más importante es llegar a la meta o lo es el camino recorrido, como dice el poema ‘Itaca’ de Kavafis?
Lo importante es el camino, no la meta y creo que esto lo dejo claro en el libro. El sepulcro de Santiago es un pretexto. Yo lo comparo con eso que Hitchcock llama macguffin, un elemento aparentemente importante de la trama, pero que en realidad no lo es. Es indudable que llegar a Santiago es importante, pero el término de la peregrinación es Finisterre, donde Fernando de Rojas acaba su recorrido en la novela. Allí se encontraba el final del mundo conocido y era el lugar donde, simbólicamente, estaba la muerte. Porque el Camino era muerte y renacimiento, marchar para regresar renacido, nuevo. Eso era lo trascendente. Además, el Camino de Santiago está lleno de bifurcaciones y cada uno elige las suyas. La peregrinación es algo que va más allá de las creencias católicas, porque lo hace todo tipo de gente, sin olvidar, claro está, sus repercusiones políticas y sociales.

Vamos con la última por hoy: en verdad, ¿a quién pertenecen los restos que se encuentran en la catedral de Santiago de Compostela?

Lo primero de lo que se reía Lutero era de que en la catedral de Santiago estuvieran los restos del apóstol. Y lo mismo ocurría con Erasmo de Rotterdam. Esa es la gran pregunta: no sé sabe qué hay allí y, si hay restos, a quién pertenecen. Las reliquias eran relevantes para la mentalidad medieval y no tenemos que despachar este aspecto de una manera despectiva, porque constituían un símbolo de lo trascendente. Era importante que pertenecieran a alguien destacado dentro de la tradición del cristianismo. En el mundo que yo retrato en ‘El manuscrito de barro’ eso entra en crisis y creo que en el fondo es mejor no pronunciarse sobre los restos. Sobre todo si admitimos que ese es el pretexto para movilizar a mucha gente diversa en una misma dirección. Es como la cajita que aparece en la película ‘Belle de jour’ de Luis Buñuel. ¿Qué más da lo que haya en ella? Dejémoslo así, como un misterio sin resolver.

Manuscrito barro portada



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