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Jefferson y democracia

La mentira generalizada e institucionalizada es la ruina de la democracia
Octavi Pereña
lunes, 1 de febrero de 2021, 12:27 h (CET)

Según Jordi Llovet Thomas Jefferson es considerado como uno de los presidentes norteamericanos más valorado por los historiadores. En una carta que envió a John Adams el 28 de octubre de 1813, Jefferson se distanciaba de la aristocracia de sangre y de patrimonio ”pero apreciaba la aristocracia natural la cual consideraba el regalo más precioso de la naturaleza para la instrucción, los cargos públicos y el gobierno sociedad”. Con esto Jefferson venía a decir que las personas más idóneas para acceder a cargos en la Administración Pública dependía del “regalo más precioso de la naturaleza”, el destino impersonal considerado el rector del hombre. Yo diría que el valor de una persona no depende de la genealogía ni de la voluntad de los padres que se esfuerzan en ofrecer una buena educación a sus hijos, sino de la voluntad de Dios que otorga dones a los hombres según su voluntad.

Jefferson fue un demócrata convencido. Ante la posibilidad de que alguien llegase a ser presidente de los Estados Unidos sin estar a la altura de la responsabilidad que acompaña al cargo, decía. “Es suficiente para garantizar la democracia entre nuestros ciudadanos que las elecciones (a todos los cargos ejecutivos y legislativos) se efectúen cada pocos años, esto les permitirá echar fuera a un servidor desleal antes de que los desmanes que tiene en la cabeza se hagan inevitables”.

Ignoro si Jefferson fue deísta o teísta. Al decir que las buenas personas son “el regalo más precioso de la naturaleza” me hace pensar que no fuese teísta. Si ello fuese así explicaría porque consideraba que el ser humano no es creación de Dios y que al ser Adán padre de toda su descendencia, explica la Biblia, los registros históricos y la experiencia del día a día, que tengamos disposición a cometer las fechorías más horrendas.

Según Jefferson, limitar la duración de los cargos electos es una garantía que no cometerán fechorías que pongan en peligro la estabilidad democrática. El día a día democrático nos enseña que la cosa no es así. La corrupción, el amiguismo, las recompensas que se conceden a cargos electos una vez finalizado el mandato…pone al descubierto que la democracia, aunque se la considere la mejor de las filosofías políticas, no deja de ser muy imperfecta. La causa de dicha imperfección se debe a que “el gobierno del pueblo” que es ejercido por personas caídas en pecado no es el espejo en el que debemos mirarnos. Entre muchas, una breve descripción de cómo Dios ve a la humanidad: “Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír. Porque vuestras manos están contaminadas de sangre y vuestros dedos de iniquidad, vuestros labios pronuncian mentira, y habla maldad vuestra lengua. No hay quien clame por la justicia, ni quien juzgue por la verdad, confían en vanidad, y hablan vanidades, conciben maldades, y dan luz a iniquidad. Incuban huevos de áspides, y tejen telas de araña, el que come de sus huevos morirá, y si los aprietan, saldrán víboras” (Isaías 59: 2-5).

De la misma manera que nos molesta que alguien nos corrija, esta descripción tan realista de la condición humana, nos disgusta. Sería de necios esconderla debajo de la alfombra para hacer ver que no existe. El sistema democrático tiene que tenerla en cuenta si se quiere evitar que derive a la tiranía. El escandaloso ejemplo dado por Donald Trump que ha puesto en entredicho la democracia norteamericana, que por ser la primera del mundo moderno nos fijamos en ella. Es un aviso de la deriva dictatorial amenazadora si no se le pone remedio. “Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, echa las tuyas a remojar”, dice la sabiduría popular.

El versículo que encabeza el texto citado dice: “he aquí que no se ha acortado la mano del Señor para salvar, ni se ha endurecido su oído para oír” (v. 1). A pesar de nuestra persistente terquedad, Dios extiende su mano para sacarnos del lodazal en el que nos ha metido nuestra rebeldía. ¿La cogeremos? El Señor inclina su cabeza hacia nosotros y presta atención. ¿Le suplicaremos ayuda?

Seguro que el declive democrático no se detendrá. Iremos de mal a peor en el aspecto colectivo.

Como individuos es bueno saber que el “Señor (que) no ha acortado su mano para salvar, ni ha endurecido su oído para oír” es Jesús, el Buen Pastor que da su vida por las ovejas. El retroceso democrático nos conduce a tener que andar “en el valle de sombra de muerte. Es en este caminar doloroso cuando Jesús se nos presenta como “mi Pastor, nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar, junto a aguas de reposo me pastoreará, confortará mi alma, me guiará por sendas de justicia por amor a su Nombre” (Salmo 23: 1-3).

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