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Etiquetas:   Sudamérica   comunismo   Coronavirus  

​El peligro de acostumbrarse a que nos tomen el pelo

“Los hombres son tan simples y están inclinados a obedecer a las necesidades inmediatas que un tramposo nunca carecerá de víctimas para engañarlos” N. Machiavelli
Miguel Massanet
sábado, 13 de junio de 2020, 13:15 h (CET)

Se dice que los españoles somos temperamentales, que el carácter de nuestra raza es indómito y poco disciplinado, un pueblo difícil de dirigir y, en ocasiones, propicio a la rebeldía. Puede que tengan algo de razón los que piensen de esta manera pero, visto lo visto, quizá porque haya más izquierdistas de lo que nos creíamos o porque la derecha no ha sabido nunca vender sus éxitos ni tampoco defenderse de la propaganda pertinaz, demagógica, basada en tópicos de siempre y en magnificar lo que son defectos de algunos, que se desacreditan a sí mismos y a la mayoría del empresariado que, en general, está compuesto de personas trabajadoras, emprendedoras, respetuosas con sus empleados, cumplidores de las leyes y con una sólida formación; identificándolos a todos, con esta minoría deplorable de comportamiento insensible, falto de humanidad, egoísta, despótico e intolerante. Esta sinécdoque en la que basan la propaganda los que intentan, a toda costa, desprestigiar al empresariado, valiéndose de tomar el comportamiento odioso de una parte para intentar generalizarlo atribuyéndoselo a todos aquellos emprendedores en los que se basa la economía de un país y, gracias a los cuales, los ciudadanos tienen trabajo, pueden ganarse la vida y gozan de un bienestar que, para sí, quisieran aquellos que han tenido la desgracia de vivir en países dirigidos por gobiernos totalitarios y absolutistas.

Sin embargo, si tenemos que dejarnos guiar por lo que ha estado ocurriendo en España desde que la crisis del coronavirus ha afectado a cientos de miles de personas que han quedado contagiadas y cuarenta y cuatro mil fallecidos como consecuencia del virus ( en cifras reales, no las oficiales maquilladas por nuestros gobernantes), por la desvergüenza de quienes teniendo la responsabilidad sanitaria de proveer de medios de protección a los profesionales, como médicos, enfermeras, celadores, policías etc., habiéndose mostrado incapaces, durante meses, de conseguir los medios de defensa contra el Covid 19 para los españoles, cometiendo la torpeza de negociar con irresponsables que les han engañado, estafado y, en muchas ocasiones, han enviado material que ha tenido que ser desechado por ser inservible para los fines para los que fueron adquiridos. Sobre todo ello, el Gobierno y estos personajes que se han hecho tristemente famosos por manipular los datos, negar las realidades, mentir con toda desfachatez y negar las evidencias, ha añadido el haber cometido el gravísimo error de permitir la celebración de actos públicos con la presencia de cientos de miles de personas, como fue la metida de pata de autorizar la concentración feminista del 8 de marzo pasado conociendo, como conocían nuestras autoridades, que el virus ya estaba presente en España y ya existían las recomendaciones de la OMS de que se evitase el contacto entre personas, por la posibilidad de contagios que ello podía comportar.

Pero nuestros gobernantes, en lugar de buscar apoyo de todos los partidos de derechas y de izquierdas, en vez de olvidar las diferencias de carácter político ante una pandemia de tal magnitud, para hacer un frente común que redujese al máximo los efectos de la enfermedad, demostraron a las claras que no estaban dispuestos a escuchar las opiniones de nadie; que no querían, en modo alguno, dar ni una pizca de protagonismo a los partidos conservadores, mientras les exigían que, cuando fingían pedir su colaboración y pedían su apoyo, se tragasen sin rechistar todo lo que dispusiera el Gobierno, sin permitir otras opiniones o rectificaciones que, seguramente, hubiesen evitado los continuos bandazos del Ejecutivo, se ha visto obligado a ir rectificando sobre la marcha cada vez que la decisión que había tomado se ha demostrado que era errónea, inviable y contraproducente.

No han querido reconocer que, un gran número de personas que se han visto afectadas por la pandemia, lo han sido por las meteduras de pata del ministro de sanidad, o los consejos desafortunados y pretendidamente tranquilizadores de la opinión pública, dados por quien tenía la obligación de alertar a todos los españoles de los peligros de no estar preparados ante la epidemia, el señor Fernando Simón, un sujeto que, a la postre, ha demostrado ser un simple monigote en manos de un Gobierno sin escrúpulos, cuando ha reconocido públicamente que si no se recomendaba el uso de mascarillas ( ahora obligatorias para todos) era porque no tenían suficientes para todos los españoles, ¿cuántos españoles se contagiaron estando en la creencia que las mascarillas no eran necesaria? Ustedes mismos pueden hacer el cálculo, sin necesidad de tener estudios universitarios, seguramente serían todos aquellos que ahora nuestras autoridades se niegan a reconocer pero que, según fuentes solventes, puede que sumen más del doble de las que oficialmente se han dado.

Y ¿qué ha sido de todos estos españoles que, según nuestra Historia, se atrevieron a enfrentarse con todos aquellos invasores, dictadores, oligarcas, monarquías absolutistas y repúblicas criminales que, a lo largo de los siglos han venido dominando periódicamente a las sucesivas generaciones de españoles? Ya no los hay. Por lo visto todos estos años de bienestar que hemos estado viviendo en España, incluidos los que vivimos bajo la dictadura del general Franco ( solamente los que intentaron derrocarla, los que nunca admitieron que el periodo de paz de cuarenta años fue una bendición para las personas de orden, que no se metían en política, que trabajaban y que podían circular por las carreteras y las calles de las ciudades, a cualquier hora, sin tener miedo de ser acuchillado para ser robados, ni tener que enfrentarse al vandalismo callejero o soportar las reivindicaciones separatistas de Cataluña y el País Vasco, además de tener la ventaja de disponer de una Seguridad Social y una Asistencia sanitaria de primer orden y, para los trabajadores, la protección de un sindicato, el Sindicato Vertical, y de unas Magistraturas de Trabajo que garantizaban los derechos de los menos favorecidos por la fortuna, con una rapidez y un celo envidiables, además de una legislación laboral más garantista que la actual y unas dificultades para poder despedir a la gente, mil veces más eficaces y más costosas, para aquellos empresarios que pretendieran despedir a sus empleados. Y esto señores, nadie me lo ha explicado, nadie me ha aleccionado porque, personalmente, fui testigo de todo ello en los años en los que me dedicaba a la legislación laboral durante el llamado “franquismo”.

Es evidente que las nuevas generaciones, aquellas que se consideran pobres si no tienen un coche, no pueden viajar al extranjero o no disponen de un piso en propiedad, sin hablar del privilegio de poder estudiar que tiene cualquier persona en una universidad, toda una serie de ventajas, que muchos españoles no tuvieron durante aquella post guerra, gracias la propaganda negativa contra el régimen de aquellos españoles que, en el exilio, en lugar de ayudar el pueblo español que pasaba los efectos de la posguerra, se dedicaron a pedir a todas las naciones, que dicho de paso se dedicaron a cometer barbaridades y crímenes de lesa humanidad durante la contienda de la II Guerra Mundial, pero que cuando se traba de reprochar al general Franco por haberse levantado en armas contra la oprobiosa dictadura de los dirigentes de la II República, no escatimaban acusaciones por hechos de guerra similares o menos graves que lo que los generales aliados, ya no hablamos de Hitler, cometieron contra Alemania, como los famosos bombardeos sobre Berlín que, evidentemente, causaron cientos de miles de víctimas en la población civil alemana y, sin embargo, parece que todo el mundo lo aplaudía cosa que no ocurrió en el caso del bombardeo de los aviones de la Lufwaffe sobre la localidad de Guernica que, si es cierto que fue una acción reprochable, ni por la dimensión de la operación ni por el número de fallecidos tuvo comparación alguna con la gran masacre cometida por “los aliados” contra el pueblo alemán, en la capital del Tercer Reich. Pero ellos fueron unos héroes y Franco un “asesino”

Pero aquí estamos, los belicosos españoles, como corderitos inofensivos, mientras desde el Gobierno filocomunista de socialistas y comunistas, aprovechando un estado de alarma injustificado, que se ha alargado muy por encima de lo que hubiera sido razonable, gracias a las izquierdas y a los separatistas vascos y catalanes, últimamente con el apoyo de Ciudadanos (convertidos en meros figurantes dispuestos a traicionar a España solamente para seguir subsistiendo) como si el utilizar una crisis sanitaria para hacer cambios políticos, prescindiendo de la oposición. Lo cierto es que la pandemia del coronavirus ha sido utilizada por nuestros gobernantes para ir introduciendo, de matute, sin que el parlamento, dominado por todos ellos, hiciera otra cosa que votar a favor, en todos los casos en los que les ha sido sometida una nueva norma para ser validada, fuera cual fuese la ignominia que se aprobase y sin que, en ningún momento, se atendiese a las propuestas o correcciones que llegaban desde las bancadas de la oposición. No se extrañen que, ante una pasividad semejante de los españoles, ante la evidencia de una manipulación encaminada a instaurar un nuevo régimen político de vocación comunistoide y antimonárquico, con la obvia intención de convertir a este país en una más de las repúblicas comunistas bolivarianas que tanto mal han causado en Suramérica y tanta miseria han creado en aquellos pueblos sometidos a el yugo de sus dictadores.

Hete aquí que, estos españoles con fama de intratables, vamos encajando sin protestar como los gobernantes, poco a poco, paso a paso, van introduciendo cambios básicos en nuestras instituciones, cambios que cada vez son más atrevidos y más encaminados a establecer un control exhaustivo sobre los ciudadanos, los medios de producción, las religiones ( con el propósito de irle cortando cada vez más su ámbito de actuación) y la economía en general, algo que, ante el anuncio de la grave crisis que se nos anuncia desde todas las instituciones económicas del país y de fuera de él, no parece que haya quién se muestre preocupado y, si lo está, que se atreva a protestar ante el peligro de que España acabe siendo una más de estas naciones en la que las libertades se hayan perdido y la pobreza iguale a todos los ciudadanos bajo el nivel de la más insostenible miseria.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, vemos con estupor como aquellos partidos que tendrían que alzar la voz contra la balcanización de la nación española, parecen conformarse con alguna que otra discusión, más o menos aparatosa en el Parlamento, pero luego aprueban por unanimidad una Ley de Salario Mínimo Vital, con un coste para el país de más de 3.000 millones de euros que, aparte de la repercusión en los impuestos de los españoles, ya sobradamente elevados, sin duda va a producir, como ya mencionamos en un comentario anterior, el renacer de la habitual picaresca de los avispados de siempre, que van a intentar aprovecharse para vivir sin dar golpe a expensas del resto de españoles, convertidos en paganos a la fuerza por obra y gracia de este Gobierno de perfectos inútiles. Y aquí viene como anillo al dedo aquella frase de un anónimo, que dice: “Trampeando y mintiendo, vamos viviendo, mintiendo y trampeando, vamos pasando.”

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