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Cara a cara con el coronavirus (II)

Primera semana en casa
Áurea Sánchez Puente
@PuenteAurea
sábado, 21 de marzo de 2020, 09:28 h (CET)

Nos pones a prueba cada mañana, bicho. Nos despertamos angustiados pensando si tendremos síntomas o si nos hemos librado una noche más de la amenaza de tus tentáculos. Tocamos nuestra cabeza, nuestros brazos, y todo nuestro cuerpo por si algo nuevo acaece o para confirmar que todo permanece en su sitio. Nada nos duele. Respiramos profundo y nuestros pulmones responden, entonces tragamos saliva para tranquilizarnos. Un día más nos libramos, pero nos quedan por delante semanas para hacer frente al enemigo invisible. Pensamos, y damos gracias por ello. Quizá andes cerca, quizá incluso muy cerca, peno aún no has dado muestras de ello, de que estás a la acecho. Ya, porque sabemos que manejas tus tentáculos para esconderte, antes y después de la lucha que entablas en cada cuerpo, te escondes y no sabemos encontrarte. Eres escurridizo.

Solía ser por la mañana al levantarnos cuando nuestras madres descubrían si teníamos fiebre, si durante esas largas horas de descanso algo nuevo aparecía en nuestro despertar. También al atardecer podía darse a conocer la fiebre que nos indicaba una inflamación de garganta, pero nada grave. Sin embargo esta vez el aviso de la temperatura alta puede que nos indique algo nada bueno. Si nuestro cuerpo gana la batalla, bien, aplaudiremos porque hemos triunfado, pero puede que la perdamos y no queremos llegar a esa situación. Sabemos que los hospitales están llenos y no queremos ocupar esas camas tan disputadas. No queremos agarrar al enfermero o enfermera de la mano y pedirles que nos despierten, que no nos dejen morir con la máscara puesta.

No olvidamos la expresión de terror del joven médico de Wuhan con la mascarilla de oxígeno puesta, según la foto que se publicó en la prensa. Suponemos que ya sabía que iba a morir, porque le habría tocado previamente despedir a muchos pacientes en las mismas circunstancias. No queremos recordar su expresión porque nos produce terror.

Hablar de la muerte es una forma de defenderse de ella, de rechazarla y esforzarse por vivir. Sobre todo cuando hablamos de una muerte digna y coherente con el ser humano. Cuando la vemos como posible y tan cerca, tan generalizada, no hay más remedio que plantarle cara. Hacerle frente de una forma rebelde, nos robustece. No tenemos, sin embargo, ejemplos a seguir más que lo que vimos en el cine en tiempos de guerra, para poder comparar esta situación con alguna del pasado. Nada es igual, estamos ante un ser que solo lo conocen algunos científicos en el laboratorio. El enemigo es un bicho feroz y atrevido. Muy contagioso.

Estamos en guerra contra un ser desconocido para la mayoría de la gente y muy poco estudiado todavía. De ti tenemos esa foto en la que pareces pulular en el aire con determinación y acierto. Te dan a conocer como mortífero y no lo dudamos. Por eso estamos aterrorizados. Nos causas pavor y desconcierto. Tanto, que por ti nos pusieron en alarma sanitaria. No vemos a nuestros familiares, no vemos a nuestros amigos, no podemos salir de casa. No iremos a esa obra de teatro para la que ya teníamos entrada, no veremos ese concierto de nuestro cantante favorito. Celebraremos, por ti, virus, el Día del Padre online, en muchos casos, para no contagiarnos, para no contagiar a nadie.

De esta experiencia negativa que nos ha tocado vivir, seguro que saldrán magníficos ejemplos humanitarios. Los que sobrevivan podrán contar cómo ayudaron a los enfermos a salvar sus vidas. Médicos, sanitarios y voluntarios ya están recibiendo homenajes en agradecimiento por su esfuerzo y dedicación. Estos gestos de la ciudadanía nos reconfortan a todos.

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