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Juan Torres López
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Juan Torres López
​Estamos tontos si nos creemos que las empresas pueden multiplicar por miles y de la noche a la mañana su escala de producción

Casi todo el mundo analiza la pandemia para tratar de obtener enseñanzas de lo que nos está ocurriendo y no son pocas las que nos proporciona. Sea cual sea el enfoque desde el que se analiza, los intereses que se defiendan, la ideología o los prejuicios que tengamos a la hora de interpretar lo que está ocurriendo, el nivel de nuestro conocimiento, el país en el que vivamos o los ingresos o riqueza de los que disfrutemos… cada uno de nosotros extrae conclusiones de lo que ocurre a nuestro alrededor. Y con mucha más razón lo hacen también los dirigentes políticos, los responsables sanitarios, los científicos que tratan de saber lo que ocurre con el virus, los economistas que deben encontrar formas de financiar lo que se nos viene encima y de evitar que se destruyan las fuentes de ingresos de las que dependen la salud y la vida de docenas de millones de personas.

Unas personas habrán decidido que tras la enfermedad vivirán de otro modo porque dan un valor diferente a las cosas. Otras preferirán seguir igual. Habrá quien ahora defienda con más ahínco el fortalecimiento de los servicios públicos y esté dispuesto a hacerlos valer mientras que otra gente seguirá pensando que lo mejor es que cada uno sea libre para protegerse sin que los gobiernos expolien a la gente, como dicen los liberales, a base de impuestos y políticas redistributivas. Habrá empresarios que se reinventen y traten de sobrevivir a la crisis con innovación y cambios y otros que no serán capaces de entender que el mundo está cambiando de cabo a rabo….

Yo he tratado también de obtener y he obtenido conclusiones diversas sobre la pandemia y sus efectos en la economía y en la sociedad, pero últimamente tiendo a sintetizar todas ellas en una sola: estamos tontos. No de cualquier clase, sino de los que hablaba Ramón y Cajal, «tontos entontecidos».

Pondré a continuación algunos ejemplos extraídos de la vida económica que me han hecho llegar a semejante conclusión en los últimos meses.

– Vivimos una desgracia global que afecta o puede afectar más o menos por igual a cualquier persona y a todas las naciones y sucede, además, que el comportamiento de cada una de ellas afecta al resto. Sin embargo, en lugar de establecer inmediatamente una instancia de decisión global para poder adoptar medidas coordinadas y políticas comunes, y en lugar de cooperar y poner a disposición global los recursos imprescindibles para acabar con la pandemia, lo que hacemos es actuar cada uno por un lado.

Estamos tontos cuando permitimos que cada país actúe por su cuenta contra una emergencia sanitaria global.

– Parece evidente que la única manera de salir cuanto antes de la pandemia y de comenzar a normalizar la vida social y económica es la vacunación masiva. Es obvio, pues, que se debería garantizar que su producción y distribución queden garantizadas. Sin embargo, la realidad es que apenas de puede vacunar porque no se dispone de ellas al haber dado preferencia al interés privado de la industria farmacéutica.

No estoy hablando de nacionalizar o de expoliar a las empresas que las han descubierto. Ni mucho menos. Simplemente señalo que es evidente que si los gobiernos u organismos internacionales hubieran comprado a su justo precio las licencias de las diferentes vacunas y hubieran dispuesto las inversiones y recursos necesarios para producirlas y distribuirlas masiva y coordinadamente, ahora se estaría llevando a cabo la vacunación generalizada.

Estamos tontos si nos creemos que las empresas pueden multiplicar por miles y de la noche a la mañana su escala de producción. Es decir, que podrán proporcionar a su tiempo las miles de millones de vacunas necesarias para la inmunización masiva con el ritmo y la lógica con la que, lógicamente, puede operar la empresa privada.

– Los países más avanzados y ricos están comprando varias veces más unidades de los muchos millones de vacunas que necesitan para asegurarse así la inmunización y poder recuperar cuanto antes sus economías mientras que se desentienden de su suministro a los países más pobres, a los cuales ni llegan en cantidad ahora, ni van a poder llegar hasta que no pase mucho tiempo.

Estamos tontos quienes vivimos en los países ricos si pensamos que esa estrategia puede salvar nuestras economías. Es evidente que todas ellas, sus empresas y sus inversiones, están interrelacionadas con las demás y también con las de los países empobrecidos, porque dependen de cadenas de suministros globales y de exportaciones e importaciones con el resto del mundo.

– Basta con contemplar lo que ocurre en el mundo para comprobar que quienes apoyan a los partidos que no gobiernan atacan sin piedad a los que han de tomar las decisiones contra la pandemia. Y lo curioso es que lo hacen con los mismos argumentos en todos los lugares.

Con independencia de reconocer que diferentes personas u organizaciones pueden tener distinto nivel de habilidad, cualificación y acierto, me parece que estamos tontos si creemos que los errores y limitaciones a la hora de afrontar esta pandemia dependen de la ideología de cada cual y que -en lugar de generar la mayor ayuda y complicidad posible con quien ha tenido que asumir el gobierno en una etapa como esta- lo que nos conviene es quitar a unos para poner a otros y, mientras tanto, atacar a cualquier precio y sin límites a quien gobierna para facilitar su derribo.

Estamos tontos cuando, en medio de una pandemia, permitimos que se fomente o nosotros mismos impulsamos la polarización y al enfrentamiento civil, en lugar de ayudar y de facilitar la cooperación y la complicidad social.

– Nadie en su sano juicio pone ya en duda que esta pandemia obliga a que los gobiernos realicen todo el gasto necesario para evitar el colapso de la economía y el cierre definitivo de millones de empresas. Y es evidente que ninguno de ellos disponía de los recursos necesarios para hacerlo sin disponer de financiación ajena. Por eso estamos alcanzando ya los niveles de deuda pública y privada más elevados de la historia y a una velocidad nunca vista.

Estamos tontos cuando permitimos que la financiación de esta emergencia se convierta en una losa que paralizará las economías durante decenios al salir de la pandemia, teniendo a nuestra disposición, como tenemos, fórmulas que podrían proporcionar todos los recursos necesarios para evitarlo. No me estoy refiriendo a no pagar las deudas sino a algo más sencillo: a no generarla sin necesidad.

Estamos tontos al no recurrir a los bancos centrales que pueden proporcionar financiación a los gobiernos (con todo el control necesario para que el gasto sea el preciso y no haya derroche ni corruptelas) sin generar deuda y cuando permitimos, en su lugar, que se aproveche una desgracia mundial para fortalecer el negocio bancario.

– Los estudios más rigurosos y el análisis de otras pandemias demuestran sin lugar a dudas que la normalización social y la recuperación de las economías se alcanza antes cuanto más pronto se imponen las restricciones a los comportamientos que propagan la pandemia y cuanto más tiempo se mantienen, hasta garantizar que se detenga por completo la propagación de los contagios.

Estamos tontos cuando decidimos que la forma de ayudar a las empresas y a la economía en general es relajar los controles y reducir los movimientos y el contacto social, es decir, alargando la duración de la pandemia y provocando que se produzcan oleadas sucesivas de contagios.

– Sabemos que muchísimas personas con empleos precarios o muy pocos ingresos no pueden dejar de acudir a sus puestos de trabajo para no perderlos aunque estén contagiados y, por tanto, que son potentes focos de difusión de la pandemia porque, además, sus empleos suelen ser los que llevan consigo mayor necesidad de contacto con otras personas.

Estamos tontos cuando nos oponemos al incremento de las ayudas a esas personas y cuando permitimos que se mantengan o aumenten ese tipo de empleos y condiciones de trabajo en medio de una pandemia.

– Me parece, en fin, que estamos tontos cuando, en lugar de hablar de temas, contradicciones y decisiones contra el sentido común como estos que he mencionado, nos dedicamos a discutir banalidades o cuestiones claramente de segundo o tercer orden, o permitimos que nuestros representantes o las autoridades lo hagan.

Vean ustedes de qué se habla en las tertulias, qué se escribe en las portadas de los periódicos, las noticias y los programas que salen en la televisión, sobre qué se debate en los parlamentos y cuáles parecen ser las prioridades de los partidos y me dicen si llevo o no razón cuando digo que estamos tontos. Tontos, además, cada día más fácilmente entontecidos.

Artículos del autor

Lagarde ha sido muy directa y contundente, hasta el punto de que el diario El Mundo afirmaba que había “abroncado” a quienes realizamos la propuesta. Concretamente, la presidenta del Banco Central Europeo afirmó: “si la energía que se gasta en pedir la cancelación de la deuda por parte del BCE se dedicara a un debate sobre el uso de esta deuda, ¡sería mucho más útil!”.

Dicho informe calcula que la financiación que faltaría poner para proporcionar una vacuna a toda la población del mundo que la necesita sería de unos 27.200 millones de dólares. Es decir, 338 veces menos del daño que produciría no hacerlo.

No hace falta insistir sobre el peso tan grande que tiene el sector hostelero en la economía andaluza. Antes de la crisis, había unos 55.000 establecimientos que aportaban más o menos el 6% de toda la producción regional y ocupaban a unas 315.000 personas. Unos porcentajes y magnitudes algo más elevadas que las del conjunto nacional, pues en este caso el sector representaba en el mismo momento un 4,7% del PIB español. Su importancia para la economía andaluza está, pues, fuera de toda duda.

Estas críticas a la decisión de Twitter muestran que la alternativa liberal de la autorregulación de los medios o las plataformas no siempre garantiza la libertad de expresión y opinión que, como dice el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, implica el de poder “difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.”

El mejor clima para los negocios y el desarrollo de la actividad empresarial es el que fomenta el poder adquisitivo y no el que lo destruye, el que impulsa de verdad la competencia y combate la concentración del poder sobre el mercado, el que proporciona financiación sin crear empresas y hogares esclavos de la deuda, el que garantiza que el Estado proporcione los recursos y bienes públicos que los mercados no pueden proveer, y el que destina recursos suficientes para hacer frente a la incertidumbre, la excepcionalidad y la emergencia para que no solo puedan enfrentarlas con seguridad y éxito los más grandes y poderosos.Lo que estamos viendo en las últimas semanas alrededor de la normativa que ya ha empezado a generar el gobierno para el reparto de los fondos para la reestructuración es lo mismo de siempre: toman posiciones de ventaja las grandes empresas de siempre, lo que equivale a decir el gran poder económico y financiero, pero no la inmensa mayoría de las empresas españolas, las más afectadas.Las grandes que controlan los mercados e imponen sus privilegios e ineficiencias, no solo a los consumidores sino también al resto de las empresas, buscan la continuidad, la inercia, mantener las asimetrías e imperfección en los mercados, que no cambien el statu quo, que todo siga igual que siempre… Es decir, lo peor que puede pasarle en esta coyuntura a la gran mayoría de las empresas españolas y mucho más a las que han sido afectada en mayor medida por la pandemia.O las empresas españolas siguen confiando en el paso que le marcan las más grandes que dominan las patronales y los foros y centros de decisión, creyendo con ingenuidad que se salvarán individualmente de la debacle que saben que se avecina para la generalidad, o hacen suya una estrategia diferente de refortalecimiento del mercado interno y de creación de nuevos tipos de negocios con la complicidad del sector público y de las clases trabajadoras y profesionales.

La pandemia nos ha mostrado, sin que tampoco parezca que lo hayamos entendido, que no se puede dejar al albur de lógicas mercantiles globales la disposición de recursos esenciales básicos, sanitarios, tecnológicos, alimenticios, o incluso culturales que se pueden obtener con más eficiencia, menos coste energético y mayor seguridad en la economía de proximidad, en el interior de las naciones.

Este reconocimiento, sin embargo, no significa que se pueda considerar que Calviño esté defendiendo todos los intereses que dice defender mayoría del gobierno. No hay declaración suya en la que no se esfuerce en proteger los intereses de la gran patronal y de la banca así que, con independencia de que tenga o no el carné del PSOE (lo que yo desconozco) se puede decir de forma más que metafórica que forma parte de otro partido, ese de las grandes empresas, el IBEX y los banqueros que no se presenta nunca a las elecciones pero que actúa como si las hubiera ganado todas.

Es lógico que los grandes milmillonarios oculten el origen de sus grandes fortunas; que no reconozcan lo decisivo que ha sido a la hora de acumularla la disposición de bienes y recursos públicos por los que no están dispuestos a pagar.

 
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