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Abel Pérez Rojas
Abel Pérez Rojas
Hay un fuego que radica en nuestro interior, es senda, refugio y es inextinguible

Es inevitable que los años pasen sobre nosotros y que nos dejen múltiples efectos.


Frecuentemente perdemos salud, amigos, inocencia, fe y muchas otras cosas que son innumerables.


Parece que lo único que permanece, y por el contrario se acrecienta, son los achaques y la desconfianza en la humanidad.


Pero nos equivocamos, porque no todo es así.


No todo es así, porque hay un fuego que radica en nuestro interior que es inextinguible pese al paso del tiempo.


Ese fuego –por llamarle de alguna forma–, es una llama que todos podemos experimentar y que identificamos como algo sutil y trascendente.


Ese fuego trasciende al tiempo.


Es de gran utilidad acudir al simbolismo, específicamente a la mitología griega, para adentrarse en lo que aquí se aborda.


Encaja en esta reflexión el pasaje por el cual Prometeo roba el fuego a los dioses para entregárselos a los humanos.


De acuerdo con distintas interpretaciones del episodio, el fuego robado a los dioses simboliza la chispa de la consciencia y la senda espiritual por la cual los humanos pueden ascender a estratos superiores del ser.


Ese fuego es senda y es refugio.


Es inextinguible, cada persona puede vivirle a través de una experiencia íntima e intransferible, difícilmente comunicable.


Pero, pese a que todos podemos comprobar su existencia, se requiere disciplina, constancia e intuición afinada para trazar una vereda hacia él.


Siempre se agradece la utilidad de la literatura para poder aproximarnos a este tipo de asuntos.


Por ejemplo, hace poco escribí:


Te das cuenta que los años han pasado,

porque te miras al espejo,

ves al mismo tipo:

más ojeroso, más arrugado, menos cabello;

y el fuego —ese que brota hasta por los ojos—,

ya no es igual,

dejó de estar a ras de las pupilas

para yacer detrás de quien mira.

El fuego inextinguible está por todos lados.

Anima todo, constituye la raíz de lo que somos y de nuestros potenciales.


“La cosa más bonita que le puede pasar a un ser humano es descubrir el fuego sagrado, el fuego de su alma. Y hacer de todo para que la vida entera sea la expresión de esa alma” (Annie Marquier)


No importa que los efectos de los años dejen huella en nosotros, mientras el fuego que nunca se extingue nos sea cada vez más evidente y hallamos marcado una ruta de ida y vuelta hacia él.


El brillante Octavio Paz, en su profuso ensayo La llama doble. Amor y erotismo (México.1993), trazó un vínculo directo entre el fuego que no se extingue y el amor que todo lo cubre:


Al nacer, fuimos arrancados de la totalidad; en el amor todos nos hemos sentido regresar a la totalidad original. Por esto, las imágenes poéticas transforman a la persona amada en naturaleza -montaña, agua, nube, estrella, selva, mar, ola- y, a su vez, la naturaleza habla como si fuese mujer. Reconciliación con la totalidad que es el mundo. También con los tres tiempos. El amor no es la eternidad; tampoco es el tiempo de los calendarios y los relojes, el tiempo sucesivo. El tiempo del amor no es grande ni chico: es la percepción instantánea de todos los tiempos en uno solo, de todas las vidas en un instante. No nos libra de la muerte pero nos hace verla a la cara. Ese instante es el reverso y el complemento del sentimiento oceánico. No es el regreso a las aguas de origen sino la conquista de un estado que nos reconcilia con el exilio del paraíso. Somos el teatro del abrazo de los opuestos y de su disolución, resueltos en una sola nota que no es de afirmación ni de negación sino de aceptación.


Los años pasan, pero el fuego permanece.


¿O no?

Artículos del autor

"El constructor de puentes intergeneracionales

es una especie de guía, mediador, facilitador,

traductor y educador en procesos individuales y sociales."

Filigramma, la revista del Círculo de Escritores Sabersinfin, publica su edición número ocho, con ello, nuevamente hay ocasión para reflexionar sobre el trecho andado, la adversidad, los aciertos, los desaciertos, y sobre todo, la invaluable oportunidad para crear un espacio impreso y multimedia en el cual los escritores y el artista plástico invitado, puedan aproximar su arte al público internacional.

Como desde hace más de veinticinco años, ha iniciado —del 25 de marzo al 29 de abril—, el XXIV Encuentro Internacional de Poesía del Estado de México, iniciativa organizada por el destacado escritor Francisco Javier Estrada, a través de las Casas del Poeta A. C.

La poesía no es simbólicamente un espejo, es un espejo; aunque si la queremos tomar solo en forma simbólica hay que ir más allá de la interpretación directa y simple. Hay que transitar por la indirecta, la tropológica y la trascendente.

Observé que algo parecido empezó a suceder con prácticas vinculadas a la meditación y el budismo. En las redes sociales empezó a solicitarse que a determinada hora se emitiera un mantra o se realizara un ejercicio puntual, a fin de elevar el nivel vibratorio del planeta, y con ello, se contribuyera a la salud de las personas.

A un mes de cumplir un año con #Poesíaalasocho (11/IV/2020), me doy cuenta que partimos de tres afirmaciones: la fuerte carga histórica de la etapa que estamos viviendo (todo lo que hagamos o dejemos de hacer será histórico), la poesía está dotada de un valor social que frecuentemente permanece invisible, y, la tercera, la educación permanente como cimiento de las dos anteriores.

Corresponder algo con la misma intensidad, frecuencia y orientación es complicado, porque generalmente se es tan subjetivo, que solo en ese ámbito de la percepción y valorización personal pueden comprenderse, por ejemplo, relaciones fraternas poéticas.

Como se recordará Abel Pérez Rojas, originario de Tehuacán, Puebla, México, lanzó en abril del año pasado una iniciativa independiente llamada #Poesíaalasocho, por la cual se busca, que, con motivo de la contingencia del covid 19, muchas personas de cualquier parte del mundo lean, compartan e intercambien poesía, de forma personal y a través de sus redes sociales.

 
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