Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos El Viajero Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Mario López
Opiniones de un paisano
Mario López
Protágoras triunfa en la política española del siglo XXI
La sofística empezó bien, pero acabo mal; como casi todo lo bueno que se pone en manos del común. Eurípides habla de “la sabiduría práctica del buen gobierno”. El caso es que los autoproclamados sofistas se debieron de extraviar un poco, pues el bueno de Píndaro acabó despreciándolos, llamándolos “charlatanes”. En un principio, sofista era aquel que se dedicaba a la enseñanza de la sabiduría, creo yo, en términos socráticos; es decir, para el buen gobierno de la ciudad uno ha de ser virtuoso, ha de perseverar en el cuidado de uno mismo, entendiendo –como pensaba Sócrates- que uno era su alma, el cuerpo algo que pertenecía al alma (pues era aquella la que gobernaba a este y no al revés) y los zapatos, camisetas y abalorios varios y diversos, propiedades del cuerpo. De tal manera que uno era, básicamente, su alma. Por lo tanto, era a ella a la que debía dedicar especial atención aquel que pretendía gobernar a sus semejantes.

Luego llegó la quinta de Protágoras y la cosa cobró un cariz muy distinto. Protágoras fue el primer sofista profesional de la Historia; mucho antes que Antonio Garrigues Walker, Luis Romero, Le Morne Brabant, o tantos otros picapleitos de fortuna. El sofista, al estilo Protágoras, era aquel capaz de engordar todo argumento débil y dotar a sus clientes del don de la impunidad; obviamente, cobrando un pastón y despreciando la máxima virtuosa que predicaba Sócrates y que, al fin y al cabo, le llevó a la cicuta. Sorprendentemente, Protágoras (por encargo de Pericles) fue el primer redactor de una constitución en la que se recoge la enseñanza universal y gratuita.

De la manera en que Heráclito, Hegel y Feuerbach componen el forjado histórico sobre el que se ha construido el materialismo histórico (pensamiento epistemológico que nos permite, con cierta solvencia, explicar las transformaciones sociales a través de la historia), la sofística podría iluminarnos en la compleja construcción del individuo quien, cuidándose de sí mismo –desde el punto de vista socrático-, acaba siendo capaz de gobernar, de hacerse cargo de los asuntos de la comunidad de manera virtuosa.

Pues, para no extenderme más (y yendo al arroz), he de manifestar mi percepción de que en este país hay dos categorías de representantes públicos: los sofistas al estilo Eurípides (repúblicos de la política) y los sofistas estilo Protágoras (especuladores del politiqueo). En definitiva, cuando a Podemos se le califica de “populista”, el que lo hace se está definiendo como “elitista”. De modo y manera que, si he de elegir entre el populismo y el elitismo, sin duda, me quedo con el primero. Pueblo contra élite, son ellos, los elitistas los que la tal dicotomía han significado. No yo (si no, que se lo pregunten a Sócrates).

Artículos del autor

Me pregunto por qué la muerte de Rita Barberá ha tenido un impacto tan formidable en los medios.
Desde un principio supimos que nos la habían colado de rigodón, pero no sabíamos cómo. Han tenido que pasar veintiún años para que la televisión pública “descalificara” el documento gráfico que nos lo aclarara.
Así que todo es una farsa. Le llamaban antisistema, populista, fascista bolivariano, el podemita americano, pero era y es multimillonario.
He perdido toda mi fe en el sistema democrático. Me acabo de enterar de que hay diputados del PP, PSOE, Ciudadanos y Podemos que se pajearon en los urinarios del colegio.
Clamé al cielo, y no me oyó. Más, si sus puertas me cierra, de mis pasos en la Tierra, responda el cielo, no yo. Esto puede llegar a pensar el soberano pueblo de perseverar en su actitud sorda los dirigentes del PP y PSOE.
Hipérbole. Cuando digo que mi amigo tarda en mear lo que yo tardo en fumarme un cigarrillo, se me puede dar la vuelta a la oración y decirme que yo me fumo un cigarrillo en lo que mi amigo alivia la vejiga. Con lo cual, mi afirmación carece de significado.
Lo primero que me produce profunda tristeza es que los Centros de Internamiento de Extranjeros le hayan robado el nombre a esas maravillosas islas gallegas, las islas Cies. En segundo lugar, me ofende el eufemismo: centro de internamiento.
En términos laclaudianos (si se me permite la expresión) la palabra “fascista”, a día de hoy, se revela como un significante flotante; solo así se puede explicar cómo todo el mundo considera malo ser fascista y, a la vez, todos somos fascistas según para quien.
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris