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Etiquetas:   Justicia   Cataluña   Política   -   Sección:   Opinión

En España sí hay presos políticos

¿De aquí al 21D, qué pasará? ¿Y después qué?
Mario López
domingo, 5 de noviembre de 2017, 10:39 h (CET)
En democracia, la categoría de un preso la determina la motivación del delito cometido. Así que, si convenimos que España es un Estado democrático, tenemos que admitir que en España hay presos políticos. Los miembros del Govern de la Generalitat que actualmente están en prisión preventiva cometieron (presuntamente y a juicio del fiscal general del Estado) unos delitos cuya motivación es política. El fiscal Maza, nombrado por el Gobierno del PP y reprobado por el Congreso de los Diputados, presentó las mismas querellas ante la Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo contra, en un caso, los miembros del Govern cesados en sus funciones por el artículo 155 y, en el otro caso, los miembros de la mesa del Parlament que votaron a favor de la independencia de Catalunya el pasado 27 de octubre. La Audiencia Nacional impuso la prisión preventiva para los miembros del Govern y el Tribunal Supremo eximió de medidas cautelares a los miembros de la mesa del Parlament, por lo queda meridianamente claro que los tribunales españoles gozan de una extraordinaria holgura de juicio. Es fácil suponer que en esas sutilezas que hacen inclinar la balanza de la justicia a un lado o a otro, las voluntades de los jueces acaben determinando la suerte del justiciable.

El Gobierno de España y sus aliados se mueven dentro de la lógica autoritaria que les permite afirmar que en España no hay presos políticos o consentir que permanezca en su cargo un fiscal reprobado por el Parlamento. La misma lógica que les imposibilita concebir un país plurinacional o aplicar el artículo 155 por el supuesto mendaz de una declaración de independencia que nunca se llegó a proclamar; desde luego, el Diari Oficial de la Generalitat no hace la más mínima mención del asunto.

Hay presos políticos y un autogobierno desactivado. Con estos mimbres el Gobierno del PP convoca a los españoles a unas elecciones que se celebrarán el 21 de diciembre, tres días antes de que se nos atragante el turrón. Parece ser que todos los partidos, incluidos los independentistas, concurrirán a la convocatoria. Todo esto nos plantea unos interrogantes de caballo. De aquí al día 21 de diciembre, ¿qué pasará? Faltan alrededor de cuarenta días. ¿Pasará el independentismo del actual estado de confusión, de frustración, de humillación a un nuevo estado de euforia épica cuando se tenga que enfrentar a las urnas? ¿Ganarán las elecciones los independentistas con una mayoría más amplia? De ser así, ¿aceptará el Gobierno el resultado de las elecciones de carácter inequívocamente plebiscitario o volverán a aplicar el artículo 155? ¿Tendremos por fin la deseada paz confederada, seguiremos atrapados en los últimos amarres residuales del franquismo, se montará la Gloriosa 2.0 con Felipe VI retomando el camino de su chozna Isabel?

A este país le faltan aún unos cuantos hervores para llegar a la madurez democrática. El reto es evitar que en los hervores acabemos todos cocidos como codillos de ibérico.
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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