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Etiquetas:   Reseña literaria   El asesino hipocondríaco  

Vademécum literario

Muñoz Rengel nos cura las dolencias (falsas o ciertas) con un genial vademécum (en serio y en broma) de literatura y carcajadas.
Luis Borrás
miércoles, 15 de febrero de 2012, 10:03 h (CET)

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Tengo manías mucho peores, pero yo soy de los que cuando van al súper siempre pican con las ofertas esas de paga uno y llévate dos. Por la compra de doscientos cincuenta gramos de jamón ibérico una botella de vino de regalo. Pues para los que hagan lo mismo que yo ésta es su novela. Jamón del bueno y tinto de crianza. Medicina curativa.

Porque este asesino hipocondríaco –identificado con doble inicial y pesadilla kafkiana- creado por Juan Jacinto Muñoz Rengel padece (o cree padecer) hasta catorce enfermedades, síndromes o minusvalías -a cada cual más disparatadas- que le convierten en el profesional del crimen más absurdo, patético e hilarante que yo haya leído. Y esa es la idea genial, la burla y la ironía: crear la antifigura del esteriotipado sicario con un típico hipocondríaco. Un asesino que a pesar de vivir asediado por la mala suerte, menguado por sus (múltiples) limitaciones físicas y de estar constantemente al borde de la muerte por sus (terribles) padecimientos no renuncia a cumplir su encargo y persigue a su objetivo intentando asesinarlo hasta en siete –a cada cual más surrealista- ocasiones. Obsesión, tragicomedia, constancia, fracaso y vuelta a empezar. Ingenio delirante, carcajada que llegado el punto en el que parece que la novela, repitiéndose, no va a llegar a ningún sitio; justo en ese momento Muñoz Rengel es capaz de dar un giro con una nueva ocurrencia que sostiene la trama y la hace avanzar sin renunciar a la coherencia y a la esencia de la historia. La paradoja: el tipo que quiere matarte es el culpable de tu desgracia y resulta que al final acabas debiéndole un favor y todo. Y como buena novela de intriga cumple con su clásica sorpresa en el roscón y una última página sin echar la llave.

Ese es el argumento; pero la oferta (el dos por uno), lo más atrayente de esta novela está en su estructura, su singular arquitectura de capítulos alternos y consecutivos en los que va narrando en paralelo las similitudes entre el protagonista y algunos escritores y filósofos geniales e hipocondríacos: Kant, Poe, los hermanos Goncourt, Swift, Descartes, Lord Byron, Colerdge, Tolstoi,Voltaire, Moliere y Proust. En sus síntomas compartidos; manías que se repiten una por una y pespuntan la trama: puntualidad, insomnio, soledad, fatalismo, aprensión, orfandad, drogodependencia, psicosis y el desprecio a los médicos que no los entienden. Biografías múltiples y coincidentes, miembros de un mismo club, hermanos solidarios de un mismo síndrome nunca citado. Y confrontar a todos esos Grandes Hombres, a esos espíritus sensibles, con un enfermo auténtico: Joseph Merrick, “El Hombre Elefante”, en una comparecencia onírica por la que les deja en evidencia a todos como quejosos y farsantes, auténticos impostores. Pero ningún reproche es capaz de curar a esos enfermos imaginarios y reales. Sólo la muerte les da la razón. Y al final, algún día, todos morimos. Lo que tarde en terminar alguna enfermedad con nosotros. O la determinación de un asesino de moral kantiana. Muñoz Rengel nos cura las dolencias (falsas o ciertas) con un genial vademécum (en serio y en broma) de literatura y carcajadas.

Juan Jacinto Muñoz Rengel. “El asesino hipocondríaco”. 216 páginas. Plaza y Janés. Barcelona, 2012.


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