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Opinión
Etiquetas:   La tronera   Política  

Degeneración frente a regeneración

Aquellos polvos trajeron estos lodos y no va a ser fácil que la corriente se lleve toda esa ‘porquería’ social y política
Jesús  Salamanca
miércoles, 23 de agosto de 2017, 12:47 h (CET)
El caos actual lo debemos a Rodríguez Zapatero aunque algunos no se lo crean. Sí, a ese siniestro personaje le debemos que lo peor de cada casa y lo más esperpéntico de la sociedad haya acabado en las instituciones españolas; lo mismo en diputaciones que en parlamentos regionales, ayuntamientos o en el parlamento nacional; con la excepción del ámbito proetarra que, dicho sea, no es esperpéntico y sí terrorista y asesino. Echen un ojo –si les cuesta creerlo– a formaciones como Bildu-ETA, CUP, PDcat, Mareas, Compromís,… Parece que se han puesto de acuerdo para dañar, destruir y deshacer. ¡Nunca tan pocos hicieron tanto daño! Pero de todos es sabido que –como decía R. Tagore– la verdad no está de parte de quien grite más.

No me cansaré de repetir que todo el desorden y caos que hoy alumbra España se lo debemos a ese personajes atolondrado, desnortado y despersonalizado que es el expresidente Rodríguez Zapatero; el mismo que no se cansa de acudir a Venezuela a apoyar a Nicolás Maduro y sus sanguinarios, amenazar a la legal oposición venezolana y se deja llevar por el innecesario afán de protagonismo. Lo que no puede entender es cómo el Gobierno español permite que un personaje de esa guisa vaya por el mundo dañando la imagen de España, ganándose innecesarias enemistades y representando a nadie; salvo que el PSOE se sienta identificado con lo que zETAp defiende, en cuyo caso estamos ante una ‘rabada’ apoyada por el apoyo a una dictadura e inclinación hacia sectores proterroristas y dictatoriales. Si Zapatero secó las ilusiones de los españoles y nos puso en el centro de la crisis, los nuevos desnortados que han llegado a las instituciones secarán todo lo demás. “La miseria seca el alma y los ojos, además”, decía Rosalía de Castro.

También hay que dejar constancia de que todo empezó con la famosa ley de ‘memoria histérica’ (sectaria, parcial e intemporal), que tanto daño ha hecho a la convivencia entre españoles. La transición había conseguido asentar las diferencias tras decenas de años de convivencia pacífica, tremendas indemnizaciones a muchas de las familias de los perdedores y transición a la democracia, pero –miren ustedes por dónde– tuvo que aparecer el emponzoñador, Rodríguez Zapatero, para que todo se viniera abajo; precisamente el nieto de un ejecutor del pasado. Sí, con él empezó todo. Por cierto, hablando de ejecutores, no pierdan de vista la procedencia procesal y terrorista de Pablo Manuel ‘Mezquitas’, actual líder de la formación española podemita con su fuerte carga de proterrorista, chavista y bolivariana, pero eso lo abarcaremos otro día.

Hoy es llegado el momento en que existe una tremenda preocupación social por la deriva del PSOE y el nulo horizonte de las formaciones recién surgidas, procedentes del descontento y que han acogido a todo aquello que se rechazaba socialmente por nefasto, caótico e inservible y, en muchos casos, con todos los vicios sociales más despreciables. Tanto en el PSOE como en las nuevas formaciones surgidas de lo más rechazable no entienden que la libertad no es más que una oportunidad de ser mejores, algo a lo que parecen oponerse aunque se les llene la boca con ese concepto; lo mismo sucede con la liberta de expresión: si perjudica se agarran a ella, pero si el contrario se lo aplica a ellos es fascismo y otras ‘lindezas’ muy propias, no de la izquierda, pero sí de la ‘izmierda’ radical.

Esa preocupación social a la que aludía antes es casi mayor que el paro, el terrorismo musulmán y el peligro de las jubilaciones. Tal vez buena parte de la culpa esté en la corrupción y el desmesurado aprovechamiento de algunos personajes públicos. Aquellos polvos traen estos lodos y no va a ser fácil que la corriente se lleve toda esa ‘porquería’ social y política. Ah, y que nadie diga que es una mera tontería porque lo que nos hace sufrir nunca es una tontería, precisamente por hacernos sufrir.
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