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Opinión
Etiquetas:   The Washington Post  

La mujer y su peso en la política

Acerca del peso de Chris Christie: no se hablaría de ello si fuera mujer
Ruth Marcus
sábado, 8 de octubre de 2011, 14:45 h (CET)
WASHINGTON -- . Pensará que porque es demasiado peligroso entrar en ese jardín, mencionar el peso de una mujer metida en política. No, aunque también sea cierto.

No estaríamos teniendo este debate más bien porque la gorda Christine Christie, por así llamarla, probablemente no habría salido elegida gobernadora de Nueva Jersey para empezar. Los líderes de la formación y los adinerados donantes desde luego no estarían rogando que se presentara a presidenta.

La imagen importa en política, en el caso de los candidatos y las candidatas. Pero es una realidad irrecusable de la vida política que en el caso de las candidatas, la imagen pesa más. La mujer metida en política con éxito no tiene por fuerza que tener la figura de una modelo, pero los niveles de obesidad tipo culo-que-ocupa-dos-asientos-en-los-aviones son infrecuentes entre las mujeres de la política. En una candidata presidencial potencial, tener el volumen de Christie sería impensable siendo mujer.

No es casualidad -- aunque sean malos modales políticos decirlo -- que las dos mujeres del Partido Republicano más destacadas hoy en día, Sarah Palin y Michele Bachmann, son delgadas y atractivas.

El peso de Christie es sin duda bagaje político inconveniente. Después de todo, el ex gobernador de Arkansas Mike Huckabee perdió más 45 kilos antes de su campaña presidencial. El Gobernador de Mississippi Haley Barbour, cuando estaba - perdón - sopesando una campaña presidencial, bromeaba diciendo que la gente sabría si se presentaba si perdía 16 kilos.

Pero esos ejemplos también ponen de manifiesto un cierto grado de comodidad entre los políticos varones con su peso extra. Hay una faceta de cercanía en un político con la curva de la felicidad. Puede lamentarse de su peso sin verse humillado por él.

La obesidad de Christie ofrece un contraste cotidiano con la barbilla cincelada y el pelo esculpido de Mitt Romney. "Peso demasiado porque como mucho", confesaba tras ser ingresado este verano por un ataque de asma. "Y también como algunas cosas poco saludables". ¿Quién no se identifica con eso?

Es difícil imaginar a una mujer en política hablando de su peso con ese grado de ecuanimidad. Cuando la revista Vogue entrevistó a Kirsten Gillibrand después de que la senadora de Nueva York perdiera peso, ella puso reparos inicialmente a decir la cantidad exacta. "¿Puedo decírselo en privado?" preguntó a la redactora de Vogue antes de reconocer pasado un rato que había perdido 20 kilos.

La colega de Gillibrand en Missouri, la senadora Claire McCaskill, acudió con valentía a Twitter a obligarse a perder peso a base de vergüenza. "Estoy cansada de parecer y sentirme gorda", escribió en mayo. "A lo mejor hablar de ello públicamente me ayuda a no apartarme del camino mientras intento ser más disciplinada".

Y la por entonces senadora Hillary Clinton, en un foro religioso durante la campaña presidencial de 2008, decía que a veces buscaba la intervención divina. "A veces digo: 'Oh Señor, por qué no me ayudas a perder peso'", confesaba Clinton.

Ninguna de estas mujeres se aproxima a volúmenes Christie-escos.

Claro, el peso de Christie será tema si decide postularse. Si fuera una mujer, no obstante, habría sido el final del debate. No es una queja, solamente una observación simple de la realidad cuando hablamos del sexo en política.

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