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Opinión
Etiquetas:   Religión   Iglesia  

¿Es fiable la Iglesia?

¿Merece confianza la iglesia que no está edificada sobre la Roca que es Cristo?
Octavi Pereña
martes, 24 de enero de 2017, 00:18 h (CET)
“La Iglesia hoy y aquí no es valorada e incluso podríamos decir que algunos intentan arrinconarla y echarla de las plazas públicas. El mensaje de Jesucristo no interesa y, en todo caso se deja para las sacristías o para el interior de la conciencia individual. Sobre la Iglesia cae una avalancha de críticas que los medios de comunicación airean con mucha efectividad y con toda clase de detalles. Estos hechos nos hacen pensar en el misterio de Belén, el misterio del Hijo de Dios, para quien no había lugar en el mesón a la hora de venir al mundo y que murió en la cruz ”fuera de la ciudad” de Jerusalén rechazado y escarnecido” (Joan Josep Omella, arzobispo de Barcelona). La lectura de este texto de la glosa dominical del 25/12/2016 me ha impulsado a hacer una reflexión. Me da la impresión que refleja una cierta nostalgia del pasado nacionalcatolicismo durante el cual la Iglesia católica ocupaba un lugar preferente en la sociedad española, gozando de la protección del gobierno y exigiendo una práctica religiosa que violaba las conciencias de los españoles. En aquella época no tan lejana los españoles llevaban puesta una careta de religiosidad para evitar represalias instigadas por la misma Iglesia. Hoy, aquel poder sobre las conciencias lo ha perdido, pero se resiste a abandonar la parte del pastel que le corresponde al Cesar.

¡Casualidad! No creo en las casualidades. Los designios de Dios aparecen por doquiera sin apenas darnos cuenta de su presencia. El mismo 25 de diciembre en que se publica la glosa del arzobispo Omella y en el mismo periódico se divulga la entrevista que la periodista Núria Escur le hace a la escritora irlandesa Lisa Mcinerney, que tal vez el arzobispo de Barcelona considerará que forma parte de “la avalancha de críticas que los medios de comunicación airean con mucha efectividad y con toda clase de detalles”, que no es una condena anticatólica , sino la descripción de una realidad que debería avergonzar para un arrepentimiento sincero y no intentar tapar los hechos para salvaguardar el prestigio de la Iglesia. No debe olvidarse que “desde los cielos miró el Señor, vio a todos los hijos de los hombres, desde el lugar de su morada miró sobre todos los moradores de la tierra. Él formó el corazón de todos ellos, está atento a todas sus obras” (Salmo 33. 13-15). Cuando se tenga que comparecer ante el tribunal de Cristo cada uno recibirá conforme a sus obras.

En respuesta a las preguntas que Núria Escur le hace a Lisa Mcinerney sobre los abusos sexuales que se cometían en Irlanda, la escritora dice: “Ocurrían cosas horrorosas: hijos de madres solteras arrancados de sus brazos, adolescentes que terminaban de dar a luz y las ponían a trabajar en las llamadas lavanderías como verdaderas esclavas…Por esto la gente ha empezado a distanciarse, por fin de una cosa que durante años ha hecho mucho daño…¿Cómo hemos de confiar en aquella institución después del escándalo que estalló en los años ochenta de miles de abusos sexuales en niños? Esto minó la autoridad moral de la Iglesia. ¿Cómo vamos a creer nada que venga de ella después del caso de las Magdalenas?”

Pienso que el arzobispo Joan Josep Omella se equivoca cuando pone en el mismo saco el hecho de que no hubiese lugar en el hostal a la hora de venir Jesús al mundo y que cuando murió en la cruz fue fuera de Jerusalén, rechazado, escarnecido, comparándolo con la avalancha de críticas que caen sobre la Iglesia católica. El rechazo y escarnio de Jesús tiene que ver con su condición de Mesías, el Justo cargando con los pecados de los hombres para borrarlos con su sangre. Cuando Jesús compareció ante el Sanedrín y fue abofeteado por uno de los guardias, le dijo: “Si he hablado mal, testifica en qué está el mal, y si bien, ¿por qué me golpeas? (Juan 18:23).

Vayamos al rechazo y persecución de cristianos. Jesús dijo: “Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Juan 15: 20). El trato que recibió Jesús por ser el Justo, es parecido al que padecen quienes creen en Él por el hecho de hacer buenas obras que acreditan que por la fe en el Nombre del Señor han sido hechos justos. Los impíos no pueden soportar las buenas obras que realizan los justos porque denuncian su maldad. Al inicio de su ministerio público Jesús dijo algo muy interesante respecto a la persecución que padecerán sus seguidores. Pensamiento que no debe olvidarse a la hora de analizar por qué padecen persecución los cristianos: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo” (Mateo 5: 11). Jesús está diciendo que por causa de Él sus seguidores serán vituperados y perseguidos, pero no serán bienaventurados y felices si la verdad de las acusaciones está por medio. Si las acusaciones son ciertas, entonces la “avalancha de críticas que los medios de comunicación airean con mucha efectividad” es merecida. Entonces no existe motivo de crítica sino de arrepentimiento y abandono de los pecados que las han provocado. Son muy duras las palabras que Jesús dirige a quienes con sus obras impías impiden que los pecadores vayan a Jesús para perdón de sus pecados: “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuese que se le cuelgue al cuello una piedra de molino de asno, y que se hunda en lo profundo del mar” (Mateo 18:6). Si se persiste en poner obstáculos que impiden que los pecadores puedan encontrarse en Jesús para perdón de sus pecados, significa que quienes los ponen no han recibido la absolución de Dios.
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