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​Las cosas del hombre

Antonio Carrasco, Valladolid
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martes, 25 de junio de 2024, 08:58 h (CET)

Cualquiera que me conozca afirmaría posiblemente que soy creyente, católico, para más señas. Yo, honestamente, conociéndome, no me atrevo a sostenerlo, porque esta es una palabra de gran hondura, que implica un enorme compromiso; más bien, diría que soy un eterno aspirante a ser creyente. Y esto —mi naturaleza de candidato suplicante—, para mi conciencia, significa varias cosas.


La primera —no exenta de debilidades y deslealtades— es que existe un Dios que me ama incondicionalmente, haga lo que haga como ser libre, porque permanentemente está dispuesto a perdonarme y a redimirme —siempre que yo lo desee y lo permita—, tanto que se encarnó para conocer mi fragilidad y dar su vida por la mía. 


La segunda, que soy un ser humano y, por tanto, imperfecto, no por procedencia, sino por ascendencia y por el ejercicio de mi mundanidad soberana, que, a menudo, se ciñe a amarme a mí mismo en detrimento de los demás: soy incompleto por egoísmo, por soberbia, por vanidad, por desconfianza, por miedo, por indiferencia, por comodidad, por pereza, por deseo de supervivencia efímera, por enjuiciar... 


La tercera es que no creo en absoluto que pueda salvarme ni a mí mismo ni de mí mismo; pero creo que puedo ser salvado por la misericordia de Dios, si me dejo guiar por su gracia en vez de por mis incertidumbres y temores. 


La cuarta es que no me estimo digno de ser salvado; pero confío en serlo, porque me siento querido, acompañado y amparado y, por tanto, considero que, si yo soy tratado así —a pesar de mis frecuentes ingratitud y vileza respecto de lo gratuitamente recibido, causa por la que, en ningún caso, tengo motivos para valorarme como mejor persona que otra cualquiera, sea creyente o no—, con más razón, puede serlo el resto de la humanidad. 


La quinta es que creo que la alegría y la felicidad son un “con Dios”, la tristeza, un “sin Dios”, una supervivencia sin finalidad. 


La sexta es que creo en el bien y en el mal como frutos de mi actitud ante Dios y ante mis semejantes: si Lo acepto, los acojo como hermanos, como hijos Suyos que son, al igual que yo; si no Lo acepto, los considero como extraños, acaso como rivales o enemigos a quien hay que combatir sin piedad. 


La séptima es que creo que hay que rechazar el mal y oponerse a él sin titubeos, con firmeza, repudiando conmiserativamente al que lo ejerce, no con el ánimo de humillarlo, sino de conmoverlo, de desligarlo de la exclusión fanática, para que pueda ser libre de elegir su propio camino. 


Cuando veo y escucho lo que está sucediendo en Oriente Próximo, en Ucrania o en Nigeria, entre otros lugares, mi condición materialista, desgraciadamente, se superpone frecuentemente a la trascendente, a la vital, y tiendo a pensar solo como hombre: en buenos y malos, en vez de en bondad y en maldad; tiendo a tomar partido por unos o por otros, en vez de por una y en contra de la otra; tiendo a pensar en cómo Dios puede permitir estas cosas, en vez de plantearme por qué hemos expulsado a Dios de ellas; pienso en por qué, precisamente, reparamos en las cosas, en vez de en la vida; tiendo a pensar en quién empezó, en vez de meditar sobre qué, sobre por qué y sobre cómo se inició; tiendo a pensar en cuál es el pueblo elegido, en vez de concebir que lo somos todos, con la libertad de aceptar o rechazar el llamamiento; tiendo a confundir mundanidad con humanidad, en vez de fundir ésta con espiritualidad; tiendo a ver “yo, conmigo” y “tú, contigo”, en vez de “yo, contigo” y “tú, conmigo”. 


En fin, cuando pienso en “mi” y en “tu”, respecto a “mí”, y no en “nuestro”, respecto a “nosotros”, solo puedo esperar ser salvado, porque soy yo quien me condeno, quien me traiciono a mí mismo; y así es como triunfa la muerte del ser, antes o después de la del cuerpo. Ojalá que, más pronto que tarde, la vida se abra paso para siempre en nuestro entendimiento. 

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