Los contrastes en nuestra sociedad son muy grandes, la diversidad de situaciones humanas es sorprendente, el abismo existente entre los que viven en todo momento pensando en tener más, comprar, enriquecerse, y los que apenas tienen para comer, para mantener un miserable piso compartido con varias personas más para costearlo, es vergonzoso. El problema más habitual es que los primeros no se asoman para nada al mundo de los segundos.
Es más, les molesta encontrarse con un hombre andrajoso, sentado en una esquina confiando en que le llegue alguna limosna. Más de una vez he escuchado la excusa de quien asegura que ese miserable pobre se está aprovechando de nuestra caridad. El hecho es que no es capaz de darle ni cincuenta céntimos. Y acto seguido entra en el bar de la esquina por una necesidad o por un capricho.
El problema es que nos convertimos en duros inmisericordes. Miramos para otro lado, todo por no dar un euro a un necesitado. En ningún caso podemos juzgar a quien pasa y no da nada, porque quizá sí le ha dado algo a otro que está un poco más allá. O porque un día sí das algo a este, pero no siempre, no todos los días. Cada uno sabrá. Pero da pena el comentario despectivo, “este es un caradura que…”.
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