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Hombres G: 1983. Hace cuarenta años

Relato de las cuatro décadas de trayectoria del grupo
José Buitrago
viernes, 25 de noviembre de 2022, 12:00 h (CET)

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Voy recorriendo las calles del Parque de las Avenidas tropezando con mis zapatos de gamuza azul, con los pelos de punta y las manos en los bolsillos de mi vieja y gastada chaqueta de cuero, llena de chapitas de mis grupos favoritos, heredada de mi padre. Fumando un cigarrillo me dirijo a Rowland, el pequeño bar donde espero encontrar a mis amigos de toda mi vida para tomar unas cervezas en la calle con las manos heladas y a escuchar algunas canciones de Elvis Costello, The Police o los Dirty Looks antes de ir al Rockola a ver quien toca esta noche. Es sólo cruzar andando el puente que atraviesa la Avda. de América, ni siquiera hay que coger el metro. Entre risas y cerveza intento estar pendiente por si viene o pasa por allí la que era mi chica. Hablo con Javi y con Dani, tengo una canción nueva que me ronda la cabeza; tengo que vengarme de ese mamón…


Mañana he quedado con un nuevo amigo al que Javi y yo acabamos de conocer por casualidad haciendo un playback en TVE por el que nos han pagado cinco mil pesetas a cada uno, una auténtica fortuna para alguien que no tiene nada, como nosotros. Es un chaval un poco más mayor que nosotros, pero toca muy bien y sobre todo es muy simpático. Se llama Rafa, y vive a unas pocas paradas de autobús de mi casa, en la avenida de Aragón.


He quedado con él para enseñarle mis canciones en un local en Arturo Soria donde su hermano Felipe ensaya con su grupo, los famosísimos Tequila, del que éramos muy fans. Estoy inquieto, llevo ya un tiempo intentando formar un grupo, desde que el punk y la new wave me volaron la cabeza, contagiando de ilusión a mis amigos para que me acompañen y buscando la manera de hacerlo. No tenemos local, ni dinero, ni instrumentos, sólo unas cuantas canciones que he escrito en mi cuarto con mi guitarra española made in Korea. Y unas ganas enormes de tocar, de imitar a nuestros ídolos, de ser como ellos y subirnos a cualquier escenario para mirar y sonreír a las chicas guapas desde ahí arriba.


Antes de conocer a Rafa, Javi, Dani y yo habíamos estado ensayando en un local horrible que regentaba un legionario minusválido con muy mala leche que nos agarraba del cuello si nos retrasábamos dos días en pagar el alquiler. Allí empezamos a aprender a tocar juntos, a familiarizarnos con los instrumentos prestados que teníamos pasando las tardes de invierno haciendo ruido y soñando con nuestra música, escapando por unas horas de la vida real. Rafa tocaba con muchas bandas a la vez, colaboraba con unos y con otros, pero cuando ya se incorporó definitivamente a nuestro grupo de amigos empezamos a trabajar en serio y nacieron los Hombres G.


Tocábamos en cualquier sitio que nos dejaran; en Rockola, El Jardín, en pequeños bares, colegios, salas, discotecas… no ganábamos ni un duro, pero venían todos nuestros amigos. Cada concierto era una fiesta; borrachera asegurada, amigos, chicas… todo fuera de control, máxima diversión. Eran los años ochenta, teníamos veinte años, Madrid ardía cada noche, no hay habido época mejor, que yo recuerde.


Pronto la gente empezó a hablar de nosotros, nos hicimos famosos en el barrio, luego en el distrito y más tarde en la ciudad. Empezó a venir gente que no conocíamos de nada a nuestros conciertos. Chicas muy guapas desconocidas, amigos de amigos de amigos, gente de todo tipo; pijos, punkies, adolescentes borrachos… recuerdo una vez ver a Alaska entre el público, me impresionó mucho.


En uno de esos conciertos, en una sala que se llamaba Autopista, apareció un tipo llamado Paco Martin, que vino a vernos con Ricardo Chirinos, cantante de los Pistones, un grupo al que yo adoraba. El concierto fue aún más caótico de lo habitual, pero, no me preguntes porqué, a Paco le encantó y nos propuso grabar un disco. Un disco grande, un LP. Habíamos grabado cuatro canciones con un sello pequeño que no tuvo mucha repercusión más allá de nuestra familia y gente más cercana, que ahora son piezas de coleccionistas muy valoradas, aunque lo hicimos con un presupuesto mínimo en una tarde de estudio. Paco nos ofrecía la posibilidad de hacer algo un poco más importante. Le dijimos que si, por supuesto, y a los dos meses, en la Navidad del 84, estábamos grabando. Fuimos a un estudio ya desaparecido, como tantos, y grabamos por las noches, porque era más barato.


Nevaba. Salíamos a la calle a pisar la nieve en la noche helada. No teníamos sueño, la ilusión de estar en un estudio de grabación de verdad, con esos micros, botones y aparatos nos hacía estar con los ojos como platos, trabajando desde las diez de la noche hasta las ocho de la mañana. Creo que fue una semana o diez noches de grabación, no mucho más. Grabamos nuestro primer disco grande. Venezia, Vuelve a mí, Lawerence de Arabia, Sufre mamón…Costó un millón de pesetas, seis mil euros.


Yo traje una foto de una de mis películas favoritas, “El profesor chiflado”, con Jerry Lewis y Stella Stevens, y sin pedir permiso la pusimos de portada. Paco tenía unas previsiones de vender unas dos o tres mil copias, con eso era feliz. Era lo que solían vender los grupos de la movida, lo previsible. Tuvimos suerte. Vendimos medio millón en unos meses gracias a esa canción con la que yo seguía queriendo vengarme del mamón que me robó a mi chica, porque tenía algo que yo no podía ofrecerle; un ford fiesta blanco y un jersey amarillo. Nunca podré agradecérselo lo suficiente. Mi vida y la de mis amigos cambió para siempre.


En ese momento nos montamos en un tren de alta velocidad que aún no ha parado, no sólo no ha parado, sino que ni siquiera ha bajado la velocidad. En ese tren nos hicimos hombres, descubrimos todo en la vida, lo bueno y lo malo, hemos reído, cantado, saltado y también llorado, aunque he de reconocer que han sido más las risas que las lágrimas.


A veces hemos intentado pararlo un poco, pero nunca hemos podido. Nos ha llevado a recorrer cada rincón del mundo y de nuestra alma, llevando nuestra música y nuestra felicidad primero a España, luego a toda Latinoamérica, México, Estados Unidos, Suiza, Inglaterra, Italia… a nosotros, a estos cuatro amigos del barrio que ni siquiera lo habíamos soñado cuando cruzábamos el puente de la Avda. de América volviendo borrachos a casa después de ver un concierto en el Rockola.


2023. Cuarenta años. Después de más de tres mil conciertos, millones de discos vendidos, películas, viajes, hoteles, humo, sudor, sujetadores, miles de kilómetros, aeropuertos, carreteras infinitas, curvas, baches, bares, teatros, estadios, garitos, fotos, libros sobre nuestra vida, críticos, amigos, traidores, bellezas, documentales, sonrisas hipócritas y besos de amor que llevo enredados en mi corazón, aquí estoy, aquí estamos, en este incendio que nunca se apaga, con la camiseta y las guitarras colgadas, y con más ilusión que nunca por que llegue el próximo concierto, la próxima gira, la nueva canción. Ensayando, riendo, empezando todo otra vez, soñando ilusionados con la próxima gira, la de nuestro cuarenta aniversario, que nos va a llevar incluso a países y ciudades donde no hemos tocado, como Chile y Canadá, además de volver a recorrer por enésima vez los que nos lo han dado todo, a los que debemos tanto… y será un placer inmenso. Como siempre.


David Summers

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