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El pizarrín

Estoy preocupado por la tarea de sacar a los pertenecientes al “segmento de plata” de la actual situación, en la que se les ha convertido en “analfabetos informáticos”
Manuel Montes Cleries
jueves, 10 de noviembre de 2022, 12:02 h (CET)

Sé que una serie de instituciones se están preocupando de solucionar esta carencia de formación, provocada por el rapidísimo cambio de los sistemas de comunicación y los nuevos soportes que conectan al emisor y los receptores de los mensajes. Pero las cosas de palacio van despacio. Para cerciorarse de esta nueva dificultad que sufren muchos mayores, basta con intentar hacer una gestión de cualquier tipo, personal o telefónica, en una entidad pública o privada.

     

No están tan lejos (por lo menos para aquellos niños que nacimos en los años posteriores a la guerra incivil) aquellos tiempos de la “miga”, precursora de la guardería, la escuela unitaria y posteriormente graduada, el instituto y la universidad. Esta última para muy pocos privilegiados. Ahora tendremos que volver a los inicios.

   

Pizarra

   

Todo está cambiado de una forma espectacular. La provisión de una tableta electrónica a uno de mis nietos de apenas ocho años, me ha hecho rememorar los “artilugios” de los que nos servíamos los tiernos infantes que hoy nos hemos convertido en abuelos. Recuerdo con nostalgia mi primera “tablet” y mi primer pizarrín: un pequeño trozo de pizarra de unos 20x15 CMS. enmarcado en madera, de la que pendía un trapito para borrar. En la misma escribíamos, pintábamos y realizábamos nuestras operaciones aritméticas con el uso de unos pequeños cilindros alargados en forma de lapicero (los pizarrines), que usábamos de forma parecida a la que se utilizaba la tiza para escribir en la gran pizarra de la clase.

    

Hasta hace muy poco ha estado rondando por casa uno de estos “ordenadores”. Por cierto; en mis primeros años de colegio me convertí en un acaparador de trozos de pizarrín. Descubrí que a los niños se les caían entre las rendijas del suelo de madera, y allí se quedaban hasta que yo hacía la recolección. Después los cambiaba por algún tebeo de la época.

     

En los años próximos al ingreso cambiamos la seda por el percal. Primero llegó el lápiz común (que se afilaba en un aparato que tenía el maestro en su mesa) y la goma de borrar (las Milán era el sumun). Después el lápiz tinta, un invento del demonio al que había que chupar la punta para impregnar el papel y los labios, de una asquerosa mancha azulada.

     

Para las labores más esmeradas, contábamos con unos tinteros colocados en unos orificios apropiados que tenían los pupitres escolares. Un niño de confianza, los rellenaba a diario de una especie de tinta realizada a base de anilina azul y agua del grifo. Normalmente el recipiente se derramaba con facilidad, llenando manos, baberos, libretas y demás material escolar de unas manchas indelebles. Una vez estabilizada la situación mojábamos en dichos tinteros nuestras plumillas “La Corona” engarzadas en un porta-plumas que llevábamos en un plumier (a ser posible de dos pisos).

     

Posteriormente llegó el milagro del bolígrafo. Los primeros se derramaban en los bolsillos y soportaban mal el calor. De Francia y de manos del señor Bich nos llegó el famoso boli Bic que sigue siendo el invento escolar del siglo.

    

La Enciclopedia Álvarez, el catecismo Ripalda, el libro de urbanidad, las libretas de caligrafía y de aritmética Rubio, las carteras de cartón y todo el resto de trebejos escolares se han visto reducidos a la dichosa “tablet” y como esto siga así, al chip que te implanten en el cerebro conectado con el “gran hermano”.

      

Hoy me ha dado por la añoranza. Al recuerdo de aquellos maestros con sus punteros, la tabla del ocho, los mapas de hule y el olor a colegio, a tiza, a pizarra y a pizarrín. Entretanto, me aplicaré en mis conocimientos cibernéticos y le diré a un aparato raro que yo no soy un robot. Pero que aun se multiplicar, dividir y hacer la prueba del nueve. Para que se chinchen los engendros virtuales.

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