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Narraciones breves

Relatos cortos de Rolando Revagliatti
Rolando Revagliatti
martes, 12 de julio de 2022, 11:28 h (CET)

La corriente


Una anciana baja al pavimento y vuelve a subir a la vereda, sosteniéndose en un Ford Falcon bordó estacionado sobre J. A. Pacheco de Melo (y casi avenida Pueyrredón). El semáforo está descompuesto. Muchos taxis ocupados. Otra anciana, aferrada a una mujer con anteojos ahumados, cruza Pacheco de Melo, y recién entonces la primera, la amedrentada, emprende el esfuerzo superior de cruzar, más bien descuajeringándose.


Hoy, en análisis, me quedé en el repaso sustancioso y pormenorizado de mis padecimientos físicos. Y en que ayer conocí al médico de la familia de Susy, especialista en huesos. Le llevé las radiografías de espalda y rodilla derecha que me saqué a fines de septiembre por indicación del traumatólogo de la obra social, quien, además, determinara tratamiento kinésico en base a masajes, onda corta, ultrasonido, lámpara y ejercicios. Me preocupa la rodilla: molesta tanto al subir escaleras. Lo de la espalda es ya crónico, estoy resignado, hace media vida que me duele en ciertas posiciones y cuando escribo a máquina. El tratamiento kinésico resultó un paliativo, y exclusivamente para la rodilla. Pero desde hace dos semanas está la rodilla como antes de haberlo comenzado. Por otra parte, este médico le otorgó trascendencia a los vestigios de sangre detectados en la orina. En el examen de la rodilla localizó la movilidad excesiva de la rótula, me explicó la función de los ligamentos, confirmó que las radiografías no evidencian lesión, y encomendó placas de ambas rodillas con piernas flexionadas. Aseguró que no hay nada definitivo que pueda hacerse, ni por la espalda ni por la rodilla. Está al acecho un proceso de artrosis. Y él considera que la rótula podría, alguna vez, fisurarse.


A mi analista le hablé del Genozim. Y de la muestra de semen que el viernes llevé al laboratorio por prescripción del andrólogo, a propósito de la escasa movilidad de mis espermatozoides. Y claro, cuando oí “escasa movilidad de mis espermatozoides”, me resonó “excesiva movilidad de la rótula”. Me siento raro no tomando el Genozim. Percibía ternurapor ese remedio escrupulosamente ingerido durante meses, junto con uno de los tres (Control K, Holomagnesio y Vegestabil) ordenados por el nuevo cardiólogo (extrasistolia ventricular cumpliendo un lustro).


He bebido té de boldo (el cardiólogo me prohibió el café, el té común, el mate), y estoy con hambre. Me rondan ideas e ideítas, algunas sugerentes, ¿en cuál incursionar? ¿En la que abriría con un introito reflexivo sobre el enturbiamiento de algunos de nuestros mejores recuerdos? ¿En la concerniente a la ingratitud, a las bruscas o paulatinas desvinculaciones que nos inferimos irresponsablemente los unos a los otros? El caso de Jorge en el setenta y cinco (¡diez años ya!), o el de Ramón en el sesenta y tres. Y la disolución, la pulverización. Con mujeres con las que salí me quedó un sedimento...


He pedido un sándwich de pan negro, de crudo y queso, a un mozo zombi de esta confitería Alabama. Empecé garabateando en verde, pero la Edding 1700 agotó su tinta y la sigo en azul con una Sylvapen. Mi consumición en esta sentada ascenderá a un austral con treinta, según los tickets. Se sorteó la lotería de Navidad y no parece que nos hayamos favorecido Susy y yo con nuestras participaciones. Pasó una muchacha ofreciendo Curitas y ahora invaden el local chicos mendigando.


Me solazo con el tarjetón de un instituto de investigaciones agropecuarias y bromatológicas recibido por nosotros para la ex-propietaria de nuestra casa. Al lado de un dibujito con personajes aureolados, reza: “¡Paz y Bien! Con la confianza plena en el Amor Providente del Señor y en la intercesión omnipotente de la Santísima Virgen, ruego a Ud. y familia ante el Niño Dios, encareciéndole al Salvador del Mundo los colme de sus mayores Gracias durante 1986. ¡Que Dios les Prodigue sus Prístinas Bendiciones!” Y firma un otroseñor cuyo apellido nombra al instituto. Humm... Pergeñar las características probables de alguien capaz de redactar en serioo disponer la impresión con su clisé comercial de eso, supone un tránsito peligrosísimo y por ello fascinante, por los desfiladeros de lo írrito (para expresarlo con intriga).


Redondear, redondear la crónica antes de que la corriente me abandone. Pienso en esta materia prima, en estos enunciados. Pienso en la novela que planeo. Y especulo, también, organizando un relato con esta recortada información: En una aldea siciliana, Enzo Gennaro Basunca es agraviado por dos amigos, hermanos entre sí. Jura vendetta. Ofensores y familia desaparecen sin dejar rastros. Dos décadas después, Enzo se entera de que esa familia reside en la capital de una provincia norteña. Llega a esa ciudad, los descubre, y asesina a cinco integrantes. Es condenado a cadena perpetua. E indultado, tras cuarenta y seis años en la cárcel, excelente conducta y precaria salud. Viaja a Buenos Aires para visitar a su único hijo vivo, su nuera, nietos, bisnietos y tataranietos. Y en un hospitalito de Gerli muere, antes de cumplir los cien. Fin. Desde dónde el planteo, allí hay una historia; seca, brindarla económica; toquecitos para clima, alguna línea de diálogo, y tal vez un título a obtener del remate.


Fin, fin. Dejaré en la mesa una cifra en billetes y monedas que incluirá propina, me levantaré, le haré un gesto al mozo y me iré cantando, remando, sin dolor, transportado por mis ensoñaciones, plausible, sagrado, y también yo atravesaré J. A. Pacheco de Melo, reafirmando imprescriptibles condiciones, de prisa.


Grupo


Somos ocho. Estoy desde hace tres años. Y tenemos una sesión individual con alguno de los dos terapeutas. Ella es médica y él es psicólogo. Nos reunimos en el consultorio de Elsa los miércoles a las diecinueve. Tanto Elsa como Fernando son mesurados. Elsa, a veces, efectúa interpretaciones humorísticas, brillantes, pero sin perder la seriedad. Fernando interviene menos y, por lo general, hace el cierre.


Cuando empecé, mi fragilidad emocional me destrozaba. Por cualquier boludez me ponía colérico o destemplado. En mi casa no me aguantaban. Cuando mi hermana me encaró blandiendo la tarjeta de Fernando, no opuse resistencia. Mi hermana temía mi reacción. Me tomé cuatro días para darme impulso y llamé al número de Fernando y concerté una entrevista. Venía él como con mucho recorrido con adolescentes. Y con adolescentes jodidos: drogadictos, chorros... No como yo.


Rendía poco en el industrial, repetí segundo año. Nunca había agarrado a una chica del brazo, siquiera. Me mandé una...: me hice operar innecesariamente del dedo de un pie. Yo sostenía que ese dedo estaba “flojito”, “debilitado”, sin la consistencia de los otros. Así que los hijos de puta del sanatorio me rebanaron.


Al principio de tratarme, quería superar mi timidez. Y me masturbaba sin convicción. Ahora, en cambio, salgo con una mina que, si bien no me copa, me conforma, me... Procuro largarme más en la cama. Con la primera que cogí estuve rígido. Siempre. Todas las veces. Y con la actual, no soy un fenómeno. Para despabilarme, aporta Nico, el mayor del grupo; tiene cinco hijos. Es respetado por su franqueza y su tacto. Opina que lo que sea puede ser dicho. Es librero de volúmenes usados y de ocasión.


Clarisa es una chica triste. Bueno, no tan chica. Y, sin embargo, sí. Y el pescado sin vender. Sin pareja, es un garrote, no hace valer sus atractivos. Es eficiente en lo suyo: computación científica. Mantiene al padre, postrado, atendido por una empleada. Está con que su madre murió por su culpa, en un accidente tremendo en la ruta interbalnearia. Ella cursaba la primaria cuando sucedió. Volvían de vacaciones.


La contrafigura es Amalia. Amalia Noemí. Es un tiro al aire, estuvo internada en un neuropsiquiátrico de Venezuela. Convivió con varios tipos desde que se fugó de su casa. Y se las rebuscó. Con uno, yiró por la India. Con otro, incursionó en artesanías en Bruselas. Con amigas, recorrió miles de kilómetros en jeep. Cómo me gustaría que me diera bola. Aunque si me diera bola habría que declararlo, y no podríamos seguir juntos en el mismo grupo.


Que fue lo que pasó con Marta y Adolfo. En abril estaban los dos. Pero empezaron a verse por separado, ocultándolo, hasta que cuando resolvieron comunicarlo hacía ya semanas que se encamaban. Produjo revuelo en los demás; en Clarisa, indignación. En Josecito, otro compañero, un pobre de espíritu, gracia. Yo me sentía atontado. También me calentaba Marta. Y hubiera calzado conmigo más que con Adolfo. Por edad y temperamento. Adolfo le lleva quince años y Marta me lleva dos. Quedó Adolfo con nosotros. Es uno de esos obsesivosparsimoniosos que no sé qué pudo haberle visto Marta. Adolfo es traductor de alemán y da clases de gramática castellana a ejecutivos de una red de bancos.


Tenemos un homosexual proletario en el grupo: Facundo. Vende cosas. Sobre todo, en los trenes del Ferrocarril Sarmiento. A Adolfo le regaló bolígrafos; a Josecito, una guía de calles; a Mariana, una tijera de podar; y a mí me arregló con una perchita. Es bastante ocurrente, aunque por ahí se zarpa. ¡El sí que se esfuerza por costearse la terapia!


Mariana fue la última en incorporarse al plantel. A ella la paso cuando no se pone en estrella. Y ahora que me oigo me viene un bajón, pero un bajón, como si me licuara, como si los estuviera traicionando. 


Lineal


Parido es el niño el día de su santo.


Su tío materno, sólo él, lo duerme con facilidad. Ya camina. En un hotel de Santiago del Estero se escabulle por los corredores. Queda constancia fotográfica de su satisfacción montando burrito en Río Ceballos, sostenido por su papá.


Se entretiene rompiendo papeles, arrojando monedas y jugando con un cesto de mimbre y broches para la ropa. Sigue costándole conciliar el sueño. Hace palotes un poco antes de cumplir cuatro años, guiado por una maestra jubilada. Lo operan de las amígdalas.


La mamá cuenta en una postal gigante, con motivo ciudadano, enviada a una cuñada, que su hijo extrañacuando el micro del jardín de infantes, los días feriados, no lo viene a buscar tempranito. El hijo, en cambio, disfruta mórbidamente quedándose en la cama, en especial, durante esas mañanas de calamitoso invierno.


Cursa el colegio primario salteándose primero inferior.


Sufre cuando su padre abandona el hogar y la madre llora y maldice. Lo operan de un sobrehueso en una sien. Se alegra cuando el padre retorna. 


Persisten sus dificultades para descansar mientras duerme. Lee Robinson Crusoe. Recibe como regalo de reyes su primera bicicleta. Lo sorprende y emociona. 


Estrábico, acude a un oftalmólogo, quien detecta astigmatismo. Usa lentes. 


Estudia piano y flauta dulce. Pero, con intensidad, sólo prosigue el estudio del piano. Lee a Evaristo Carriego.


Inicia el colegio secundario. El y su primita, en secreto, se imaginan casados y papis. Las pesadillas lo hostigan.


Compone un tema musical. Colecciona estampillas. Aprueba materias con notas mínimas. Se corrige su estrabismo, operándose.


Es desflorado sin contemplaciones por una amiga de su prima, mucho más práctica. Se reitera con la misma persona la experiencia genital. Vende su colección de estampillas. Lee el tomo uno de En busca del tiempo perdido.


Fallece la madre. Anda por las calles durante la noche en que es velada. Amengua su interés por el piano. No atina a ocuparse de los trámites de internación de su padre en un sanatorio.


Se aleja por completo de la música. Culmina con zozobra el colegio secundario. Intenta en vano concentrarse en la lectura del Quijote.


Zafa del servicio militar. Trabaja en una empresa inmobiliaria. Mantiene contactos aislados con algunas chicas.


Después de pasar un domingo de sol en el countrydonde su patrón había inaugurado una formidable casa de tejas azules, y percatarse de que cada miembro adulto de la familia del patrón dispone de su propio automóvil, queda perturbado. Segundo intento con el Quijote.


Escribe, a un amigo radicado en Austria, frases que a éste llaman su atención en la relectura de la carta. “Redacción eleganteen ese breve tramo”, califica su amigo en la posdata. Este es el tramo: “Oh, por cierto, dormirme no es muy sencillo para mí. Antes debo leer. Cansarme leyendo. Casi siempre. Ha ocurrido que me he quedado leyendo por horas, antes de deponer mi condición vigilante”.


Trabaja en el Banco de Galicia: con sus respuestas al interrogatorio al que es sometido en el examen ideológico previo a su ingreso, logra que no se sospechen sus simpatías por el socialismo. Fallece su padre. Conoce a Beatriz. Se enamora. Pero no es debidamente correspondido. Concluye con la lectura del último tomo de la novela de Proust.


Es operado por un cirujano odontólogo de abscesos en ambos lados de la base de la nariz. Se desmoraliza cuando se convence de su carencia de talento para ganar “dinero grande”. Fallece el tío materno que lo dormía con facilidad.


Consigue un segundo empleo atendiendo un kiosco. Se angustia asistiendo a la proyección de un film en el que una camarilla de oligarcas escarnece a un hombre humilde. Recuerda a otro infeliz con el que también se había identificado: en una festichola de copetudos, Luis Sandrini era dejado en calzoncillos.


Traspone los límites de Argentina: visita Asunción. Cuando supera, con inconvenientes, las quinientas páginas del Quijoteen su tercer intento, y en franca rentrée con aquella Beatriz que parece ahora atraída por él, fallece, mientras es operado de peritonitis.


Octava internación


Muy delgadita, parece púbera, y, sin embargo, es mayor de edad. La madre la visita los miércoles, le lleva galletas de sémola y desodorante, ropa y la TV Guía, y cincuenta centavos de austral para que se compre una gaseosa en el bar de la clínica. Deambula por los corredores, va al parque, juega en la única hamaca y en verano, cuando hay agua limpia en la pileta y sol, se pone la malla y se sumerge.


Esta es su octava internación. Conversadora, en un estilo a borbotones; simpática y con una voz que, si gritara, fácilmente llegaría al chillido. Si se la mira con persistencia, simula vergüenza: agacha y gira la cabeza, revolea los ojos, masculla y cuando uno sigue de largo, se recobra, contesta, inquiere sobre algún profesional que la haya atendido en otra época (“¿Hace mucho que no la ve a la licenciada María Eugenia?”) o sobre el signo astrológico de una mucama de la tarde, o induce a evocar cómo era la institución antes de las recientes modificaciones edilicias. A veces, correteando, se aproxima y descerraja: “¿Me da plata?” Se esfuma su ingenio cuando ceden las aristas deliroides y el cliché; se agazapa y desconoce pretéritas familiaridades.


Todavía no está por irse de alta. En la última salida hirió a su hermanito. Con un sacacorchos lo atacó delante del padre, quien a su vez la golpeó con los puños. Ella no menciona el episodio, desestima los moretones e insiste en interrogarme sobre asuntos fuera de lugar.


Recién nacida


Mi papá está preso. En La Plata. Porque mató a mi mamá, siempre me acuerdo. Yo estoy acá, vivo con una señora. En el barrio nos llevamos bien con todos. La señora es muy religiosa. A veces conmigo se pone un poco pesada con eso. Tiene un negocio. No sé, afuera. Yo acá hago las compras, ayudo, voy al colegio, pero me cuesta el colegio. 


Un día la maestra hablaba de los planetas y me preguntó en cuál estábamos. En Marte, le dije. Y las chicas se rieron. La maestra me retó, creía que yo hacía chistes, que me burlaba. Los del colegio, me mandaron con una señorita, una señorita especial. Y me mostró unas láminas, unos dibujos. Hablábamos de mí y de cosas que yo tenía que haber aprendido en el grado, de sumas y de países, cosas que no me entran. ¿Y qué te gusta hacer?, me dijo. Ir al almacén, a la frutería, a lo del tintorero.


Pero lo que más me gusta es comprar carne. Y cortar la carne, agarrarla, golpearla contra la tabla, el hígado, tirarle un pedacito al gato, esperar que se lo coma, tirarle otro, esperar que se lo coma, escucharlo maullar, entonces le hago desear el pedacito, se lo muestro, se lo acerco, lo huele y me mira, y yo le digo: ¿Qué quiere usted?, y él me contesta. Y mirar al carnicero, cómo afila la cuchilla, con esos brazos que tiene, unos brazotes así, todo peludo, como el novio de la señora, cómo corta los bifes. Me causa impresión. Y las milanesas. Silba siempre lo mismo, músicas españolas. Aunque esté sudando se sonríe, hace movimientos grandes, se toca las puntas de los bigotes con el labio de abajo. Y levanta las cejas. Él, la goza cuando lo miran, y yo, cuando quito la grasa a la “tortuguita” para el gato. La señora me dice que soy una artista para eso. Como el carnicero. Y como ella. Ella bailaba y hasta cantaba en un teatro. 


Una tarde puso un casete y bailó para que yo viera. Cuando era más joven le sacaron fotos en una revista. En la misma revista en la que salió mi papá cuando le tiró un tiro a mi mamá, delante mío. Mi papá estaba chupado y gritaba que las arañas no me dejan tranquilo; me decía: Nena, sacame las arañas, y yo no veía nada, veía a mi mamá. Me acuerdo de todo, de mis hermanitos, de mi abuela, de mi padrino, de todos, de todos todos. Todos los días me acuerdo de todos. Desde que nací. Y de más ahora me acuerdo que el novio de la señora me quería tocar y que yo estoy en la edad del desarrollo, y la señora cuando lo supo me pegó a mí, a él lo puteaba y le tiraba tazas y platitos, y él se la agarró conmigo, me corrió, decía que yo lo buscaba, me escapé por la ventana del baño y estuve en la calle tres días, medio renga. Después volví; porque llovía y tenía hambre. La señora se enojó por los nervios, pero es muy buena. Ella me sacó del instituto. ¿Les conté el cuento de la bebita recién nacida que vio cómo el padre la mataba a la madre de un tiro en la boca?





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