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Opinión
Etiquetas:   Momento de reflexión   Ecología   Medioambiente   Residuos   Planeta  

Paraíso recuperado

​El hombre quiere convertir en un vergel la Tierra que Dios ha maldecido
Octavi Pereña
lunes, 4 de abril de 2022, 09:04 h (CET)

Según datos presentados por la Fundación Ellen McArthurd al Fórum Económico en Davos, en el año 2050 en el mar habrá más plásticos que peces. En el mar se vierten toneladas de plásticos, pilas, aceites sintéticos… No solo en los océanos. También la Tierra se ha convertido en un inmenso vertedero en donde van a parar los residuos que se generan diariamente. No se controlan del todo los desperdicios. Por allí por donde pasa una persona quedan los desechos que ensucian el paisaje. Mencionamos con mucho orgullo la racionalidad del ser humano, pero el hombre es el ser más sucio que se encuentra sobre la faz de la Tierra.


El interés por la ecología no es cosa de nuestro tiempo. El primero que se interesó por la ecología fue el Creador que como guía del pueblo de Israel en su travesía por el desierto en dirección hacia la Tierra Prometida dio esta instrucción a Moisés para que la transmitiese al pueblo: “Tendrás un lugar fuera del campamento para hacer tus necesidades, tendrás también entre tus armas una azadilla, y cuando estuvieses allí fuera cavarás con ella , y luego al volverte cubrirás tu excremento, porque el Señor tu Dios anda en medio de tu campamento, para librarte y para entregar a tus enemigos delante de ti, por tanto, tu campamento ha de ser santo, para que Él no vea en ti cosa inmunda y se retire de ti” (Deuteronomio 23: 12-14). 


Por la presencia del Señor en medio de los hombres, la tierra que pisamos tierra santa es y tiene que conservarse limpia. Santidad y suciedad son polos opuestos. A pesar que sabemos que el lugar donde vivimos tenemos que conservarlo limpio, por instinto natural nos convertimos en los seres más sucios del planeta. Nuestra condición sucia nos viene casi desde que fuimos creados.  Dios le dijo a Adán: “Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él, maldita será la tierra por tu causa, y con dolor comerás de ella todos los días de tu vida” (Génesis 3: 17). 


El pecado de Adán no solamente afecta a toda su descendencia hasta nuestros días, también repercute en la Tierra, el habitad preparado por el Creador para que el hombre habitase en él. El pecado echó a perder la belleza con la que Dios había adornado a su creación. Ya que no entendemos que por ser descendencia  de Adán somos corresponsables en su desobediencia, no queremos creer que “será asolada la Tierra a causa de sus moradores, por el fruto de sus obras” (Miqueas 7: 13).


Durante una persistente sequía en África del Sur un agricultor colgó en la valla de su finca un cartel que decía: “Se aceptan donativos para comprar unas gafas a Dios para que vea lo que sucede aquí abajo”. Persistimos en nuestra ceguera y no queremos ver que antes de las consecuencias existe una causa. La Tierra y sus habitantes, nos guste o no, tenemos que aprender que hemos de convivir juntos hasta que Dios borre la maldición debido a nuestro pecado y aparezca una Tierra nueva en donde no haya pecado y sus consecuencias perversas que nos fastidian.


Para comprender el grave problema ecológico del que tanto se habla y tan poco se hace para resolverlo debido a que los intereses económicos prevalecen en la solución del problema. Dada la condición humana, por más que nos esforcemos en quererlo solucionar no lo conseguiremos porque la solución no se encuentra en nuestras manos. Mientras el pecado siga operativo, el problema ecológico no tiene solución. No desesperemos. Dios nos dice que no tenemos que perder la esperanza. Lo que es imposible para el hombre para Él es posible. La palabra IMPOSIBLE no se encuentra en el diccionario divino. 


Para intentar despertar la esperanza en el lector transcribo un texto bíblico un poco extenso que aporta luz en la oscuridad: “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Porque el anhelo ardiente de la creación es aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujeta a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza, porque la creación misma será liberada de la esclavitud de corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una y a una está con dolores de parto hasta ahora, y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvados, pero la esperanza que se ve no es esperanza, porque lo que alguien ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos con paciencia lo aguardamos" (Romanos 8: 18-25).


El habitad en el que Dios ha puesto al hombre es inseparable. Con la entrada del pecado el jardín de Edén para convertirse en un habitad maldecido que “produce  espinos y cardos” (Génesis 3: 18). En la prosperidad y en la adversidad el binomio hombre-habitad están inseparablemente unidos. El apóstol Pablo personifica la Tierra otorgándole sentimientos humanos para exponer que la redención de los cuerpos de los cristianos en el día de la resurrección irá acompañada de la restauración de creación a una gloria infinitamente superior de la que gozaba antes de ser maldecida por Dios debido al pecado de Adán.


Los esfuerzos para preservar el Planeta y evitar su destrucción únicamente nos llevan al desengaño porque no está en las manos del hombre borrar el pecado que condujo a Dios a maldecir la Tierra. El jardín celestial que Jesús está preparando para recibir  los hijos de Dios es de una magnificencia inimaginable. Juan en una visión nos da un atisbo de su belleza incomparable para que “con paciencia lo aguardemos”: “No habrá allí más noche, y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol. Porque Dios el Señor los iluminará, y reinarán por los siglos de los siglos”,  (Apocalipsis 22. 1-5).

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